El atlas de las nubes, David Mitchell

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Mitchell
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Publicada en 2004 por el escritor británico, nacido en Southport en 1969, y siendo su tercera novela El atlas de las nubes repetía algunos esquemas anteriormente utilizados por Mitchell en Escritos Fantasmas- como ser la pluralidad de voces narrativas y los distintos escenarios geográficos alrededor del globo- y tuvo un correcto reconocimiento por parte de la crítica y el público. Sin embargo, se transformó rápidamente de “culto” en los círculos adecuados y el año pasado fue objeto de una adaptación cinematográfica por parte de los hermanos Wachowski (los mismos de Matrix) y Tom Tykwer (el de Corre, Lola, corre) lo que disparó del todo su popularidad y propició esta edición en castellano que provee Océano (con la conveniente sobrecubierta que utiliza imágenes de la película). Se puede asegurar sin dudas que El atlas de las nubes es un triunfo literario. El desafío adquirido por Mitchell en estas casi 600 páginas es lo suficientemente ambicioso como para hacer desconfiar al más confiado- se trata nada menos de vincular seis historias distintas, en seis períodos históricos diferentes, en seis lugares geográficos distintos, enmarcada cada una en un género literario propio- y el alcance de su logro es para sacarse el sombrero. Cada una de las seis historias funciona perfectamente por separado y vinculada a las otras cinco. Cada género es cuidado hasta el más mínimo detalle (y Mitchell alterna géneros tan dispares como son la aventura, el drama, el thriller, la comedia y dos subgéneros de la ciencia ficción, la distópica y la postapocalíptica). El libro es un completo disfrute de leer- incluso, como es mi caso, habiendo visto la estupenda adaptación cinematográfica antes- y sus seiscientas páginas se pasan volando. Recapitulemos: El atlas de las nubes contiene seis historias entrelazadas. A saber, la de un abogado estadounidense que viaja por la Polinesia a bordo de un barco en 1849. Su diario íntimo- publicado posteriormente por su hijo- cae en manos de un resentido compositor británico, quien en 1936 se refugia en Bélgica en casa de un legendario pero decadente colega para el que cumple funciones de amanuense. Las cartas que este compositor escribe a su amante son leídas- gracias a las vueltas de la vida- por una periodista que investiga, y arriesga su vida por ello, una planta nuclear cercana a San Francisco a mediados de la década del setenta. La novela escrita sobre esta periodista y su investigación es ofrecida a un poco escrupuloso editor inglés, quien la lee mientras escapa de unos mafiosos en nuestro presente. La historia de este editor será luego película, película que será vista por una clon en algún lugar de Asia, que habita un futuro dónde la sociedad se ha dividido en castas y se encuentra condenada a muerte por romper el status quo. Y por último, esta misma clon es adorada como una diosa más adelante incluso en el tiempo, en un lugar indeterminado, luego de un apocalipsis no del todo detallado. Como conexión extra a esta muñeca Matrioska de historias, todos sus protagonistas comparten una marca de nacimiento con forma de cometa. Y Mitchell se las ingenia para que en ningún momento la narración sea confusa, sin caer en que sea simplona, sino que por el contrario todo fluye naturalmente. El autor también hace propio los géneros literarios que frecuenta con engañosa facilidad. En un determinado momento, la narración ambientada en los setenta con aire de thriller aparenta ser algo fallida y- genial detalle- es un punto que critica el editor que la estudia casi treinta años luego. Parece que Mitchell se permite emular todos los géneros que pretende, incluso a costa de cumplir con los defectos. Por supuesto, estará en el lector encontrar el relato entre los seis de su preferencia, algo que evidentemente irá de la mano de su propio gusto y preferencia de lecturas. Quien esto suscribe se queda con el delirante humor de El tremendo calvario de Timothy Cavendish- la parte que corresponde al atribulado editor en fuga en nuestra época- que es sencillamente maravillosa. No se queda atrás la historia del trágico compositor de mediados del treinta tampoco. Pero en definitiva, todo el libro (y si me permiten la digresión, la adaptación cinematográfica, que está a la altura del desafío) comprende una apasionante lectura, un libro por demás logrado, extremadamente efectivo por su logro ante tamaño desafío pero también por lo contundente de su prosa y construcción de situaciones y personajes.

—¡Daniel! ¡Vuelve aquí! ¡Daniel! ¡Sé que me estás oyendo! ¡Te voy a dar una azotaina! ¿Me has oído? ¡Una azotaina! —Se volvió hacia su esposa—. ¡Señora Wagstaff! ¿Es que quieres que tu hijo se convierta en un salvaje? ¡Por lo menos no lo dejes salir desnudo! ¿Qué va a pensar el señor Ewing? Si embotellasen el desprecio que la señora Wagstaff siente por su joven marido, podrían venderlo como matarratas. —El señor Ewing es libre de pensar lo que le dé la gana. Mañana se largará en su goleta, llevándose consigo sus pensamientos. No como tú y como yo, señor Wagstaff, que habremos de morir aquí. Y rezo a Dios para que sea pronto. —Y dirigiéndose a mí—: Mi marido no pudo completar los estudios, señor, así que me toca a mí explicarle las cosas más evidentes, veinte veces al día.

Calificación: muy buena.
Duomo Ediciones, 2012
Título original: Cloud Atlas
Traducción: Víctor V. Úbeda
ISBN: 978-607-400-916-3

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Un comentario en “El atlas de las nubes, David Mitchell

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