Los mecanismos de la ficción, James Wood

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James Wood (Inglaterra, 1965) es una celebridad del ambiente intelectual gringo. Graduado de Cambridge, reseñista insigne de The New Yorker desde 2007 a la fecha (y antes de eso en The Guardian y en The New Republic), también dicta cada año un exclusivo seminario en Harvard sobre la evolución de la conciencia en la ficción y otro sobre la literatura norteamericana y británica de post-guerra. El caballero es un erudito y un nombre central en la galaxia (más pequeña de lo que uno creería, sospecho) de la crítica académica anglosajona actual. También se ha vuelto popular a través de al menos un par de polémicas públicas con escritores de cierto renombre (es bastante conocida la modesta trifulca que tiene con la británica Zadie Smith, a quien Wood le ha otorgado el dudoso honor de considerarla el exponente más claro de lo que él llama “realismo histérico”). Para los que estén interesados, aquí tienen una extensa entrevista a Wood en la que dice cosas como: “Si uno considera a los escritores norteamericanos de mi edad –como Michael Chabon, por ejemplo–, uno encuentra que lo que realmente les gustaba cuando niños o adolescentes no eran los libros sino las historietas: Marvel Comics, Superman, etcétera. Y creo que eso se puede ver en su trabajo. Y si a eso se agrega una dosis masiva de televisión y de películas, uno entiende por qué se fugan de la novela. Al menos desde mi idea de la narración”. Y ahí tenemos a Wood, estimados.

En Los mecanismos de la ficción, Wood se para frente a cuestiones básicas de la literatura (¿es real el realismo? ¿cómo reconocemos una metáfora afortunada? ¿qué es un personaje? ¿cómo reconocer el uso brillante del detalle en la ficción?, etc.) e intenta darles una respuesta llana y práctica: “Espero, pues, que este libro plantee cuestiones teóricas, pero las responda de una manera práctica… o digámoslo de otra manera, haga preguntas de crítico y ofrezca respuestas de escritor”. Quizá de esa intención de ser asequible surge la sensación de que Wood está siendo condescendiente, pero bien puede tratarse sólo de eso: una sensación. Aparte: aunque el subtítulo del libro dice “Cómo se construye una novela”, y de esa forma tiñe todo con cierto aire de manual, acá hay poco de eso; no estamos ante un manual, sino ante una especie de guía de lectura, una serie de pautas para aprender a leer como lee Wood, a prestarle atención a lo que él le presta atención.

Los primeros capítulos del libro (en particular, el primero, “Narración”), son especialmente buenos. Las cuestiones básicas que afronta Wood en ellos son expresadas de forma clara y con abundantes detalles y argumentos: su análisis de la porosidad del narrador omnisciente y su fluctuación hacia el riquísimo “estilo indirecto libre” está muy bien y ayuda, realmente, a comprender el asunto. Sin embargo, cuando Wood intenta realmente hacer lo que se propuso (ofrecer “respuestas de escritor”) es cuando queda claro que quizá debería limitarse a ser crítico y a tomar sus ejemplos de otros escritores en lugar de intentar elaborarlos él. Y, de hecho, lo hace. Wood recurre a cada momento a su arsenal personal de nombres intocables: Flaubert, Chéjov, Dostoievski, Jane Austen, Henry James, Barthes… Cada cita y cada alusión sirven para apuntalar la (casi siempre) convincente exposición de Wood, pero a medida que uno avanza en la lectura, toda la solidez de la construcción teórica de Wood es arrastrada por la idea del capricho, de la arbitrariedad. A esta altura uno ya debería haber notado que Wood deja fuera del juego, intencionalmente, todo lo que podría refutar su construcción. No está poniendo a prueba su pensamiento, está poniéndolo a resguardo. Porque es bastante evidente que uno podría emular el procedimiento de Wood, recoger su propio arsenal de nombres y citas, y construir una refutación punto por punto de lo que Wood postula. El propio Wood podría hacerlo, y eso sería algo realmente interesante de leer. Pero no. En cambio, Wood decide que va a amurallar su perspectiva crítica personal. Ese procedimiento funciona, como dije, al principio, pero a medida que el libro avanza se vuelve más endeble hasta que se convierte en lo que fue todo el tiempo: en Wood diciendo que las cosas son así porque él las dice. Y tampoco es que esté mal. Tiene su valor. Lo que está mal, en todo caso, es que esta fruta esté envuelta con la cáscara de una pretendida autoridad confiable y bienintencionada, y pretender que nos la traguemos sin lavarla.

Y, por último, quizá lo más importante: la manera de leer de Wood, que es la que naturalmente su libro pretende imponer (de modo sutil y de modo grosero, dependiendo del momento) me resulta una manera muy árida, lo que me hace pensar, una vez más, en los pobres límites del análisis puramente intelectual para entender la literatura no como un dispositivo autosuficiente, no como un objeto autónomo que flota a varios metros del suelo, sino como un subsidiario siempre incompleto de la vida.

Para terminar, los dejo con un fragmento a modo de ejemplo del peor lado de Wood, cuando lanza sentencias y se siente excusado de explicarlas, como si el hecho de que él las pensara fuera más que suficiente:

Volviendo al caso de Iris Murdoch, que tanto deseaba crear personajes libres y que tan a menudo fracasaba, su fracaso no se debe a la falta de atención psicológica o superficialidad metafísica (más bien de lo contrario), sino a una devoción tipo Fielding a una trama excesiva. Sus historias son improbables, melodramáticas y débiles, todavía muy deudoras de la teatralidad de los siglos XVIII y XIX, y no son lo bastante adultas para resistir la tensión de su complejo análisis moral.

Recomiendo fervientemente esta estupenda reseña (mucho mejor que la mía, en verdad) de Rafael Lemus.

Calificación: regular.
Título original: How fiction works (2008)
Traducción: Ana Herrera.
RBA Libros, Barcelona, 2014
ISBN: 978-84-9056-319-9

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