Del boxeo, Joyce Carol Oates

Una de las paradojas del boxeo es que el espectador habita una conciencia tan distinta a la del boxeador que sugiere un antimundo. La “libre voluntad”, la “cordura”, la “racionalidad” –nuestros modos de conciencia característicos- son irrelevantes, cuando no perjudiciales, para el boxeo en sus momentos más extraordinarios. Incluso cuando se desviste ceremonialmente en el cuadrilátero, el gran boxeador debe despojarse tanto de la razón como del instinto de precaución mientras se prepara para luchar.

*****
*****
Oates
Oates

¿Por qué me sorprende que una mujer haya escrito un libro tan bueno como este sobre el boxeo? Supongo que en mi mente hay construcciones (de las que sólo he participado parcialmente) que podríamos resumir como: el boxeo es cosa de hombres. Hay hechos que sustentan esta idea (¿juicio? ¿prejuicio?), pues si bien hay registros que datan del siglo XVIII sobre peleas reglamentadas entre mujeres, no fue sino hasta 1993 (según wikipedia) que la asociación USA Boxing, reguladora del boxeo amateur en Estados Unidos, aceptó regular el boxeo femenino en todo el país, luego de que la adolescente Dallas Malloy, de 16 años, le ganara un juicio federal por discriminación. De modo que podemos decir que la historia oficial del boxeo femenino es, todavía, breve. Pero pensar que el boxeo es cosa de hombres, no es sólo pensar en que las mujeres no deban o puedan pelear (refutado en los hechos), es una exclusión que no se limita al ámbito de lo concreto; es, al final, una exclusión de la mujer de todo el universo simbólico del boxeo y de lo que el boxeo representa. Hay un hilo invisible que va de una exclusión a la otra y vincula la supuesta imposibilidad de pelear con la de pensar y crear un sentido a partir del combate. Esta exclusión crea otra parcela vedada en un mundo de parcelas vedadas.

La forma en la que Oates piensa y escribe sobre boxeo es tan perspicaz y profunda que es capaz de imbuir a su asunto de un interés e intensidad que, probablemente, el lector que no fuese, también, un aficionado al boxeo, podría no haber imaginado. ¿No es esa una de las tareas (¿funciones? ¿fines?) de la literatura?: ampliar nuestra noción del mundo, ensanchar ese mundo al ofrecernos una experiencia mediada, una posibilidad de comprensión. En ese sentido, el ensayo de Oates consigue algo difícil, conjugar erudición, talento narrativo y capacidad de análisis y convertirse así en una especie de obsequio para el lector.

Uno de los puntos fuertes de este ensayo es una idea que Oates declara apenas comenzar acerca de su interés por el tema: “tampoco pienso en el boxeo en términos literarios como metáfora de algo más”. Esto es extraordinario, se me ocurre, porque lo usual es exactamente lo contrario, que la intelectualidad, al ocuparse de un objeto de la cultura popular, lo haga con condescendencia y un afán puramente hermenéutico, como si se inclinara hacia él para encontrar su verdadero sentido, sus profundas connotaciones, y luego quisiera explicarle a los protagonistas del fenómeno (y a todos los demás) lo que realmente significa eso que hacen. En cambio, Oates explica su concepción del boxeo, no como metáfora de la vida, sino como “mundo único, cerrado y autorreferencial”, cercado por unas reglas que son las que le dan cohesión y que fuera del espacio que ellas mismas determinan serían pasibles de ser juzgadas como signos de insensatez o simple demencia.

Se dice que la tarea más difícil de un entrenador de boxeo es convencer a un boxeador joven de que se levante y siga peleando después de haber sido derribado. Y si el boxeador ha sido derribado por un golpe que no vio venir –lo cual suele ocurrir-, ¿cómo puede abrigar la esperanza de evitar que lo derriben una y otra vez? El golpe invisible es, al fin y al cabo, invisible.

Oates se aficionó al boxeo gracias a su padre, quien la llevaba con él a presenciar combates desde su más tierna infancia. ¿Perturbador? Probablemente. Pero agradezcamos a Mr. Oates, porque gracias a haber traumatizado a su hijita, nosotros podemos disfrutar del resultado de su experiencia como observadora analítica. Gracias a esa experiencia ella puede pensar en aspectos no evidentes del combate, como los diferentes “tiempos” que transcurren en un mismo espacio, o esta verdad (casi siempre desapercibida): el precio de la victoria para un boxeador es consumirse, es acercarse un paso más a la derrota y al retiro. El dolor, la sangre, el miedo, la derrota, la locura, la voluntad, el salvajismo, la frialdad, la pasión, cada aspecto del boxeo es atendido e ilustrado por Oates mediante datos, anécdotas, fragmentos de entrevistas y citas de artículos de viejas revistas: boxeadores que se entrenan de una forma tan obsesiva que llegan al límite de lo monástico; otros que sólo comienzan a pelear realmente luego de que prueban su propia sangre; otros que confiesan que apuntan a la nariz del rival porque quieren enterrársela en el cerebro; otros que reconocen que cierta paliza casi mortal que recibieron una vez fue la clave que los ayudó a convertirse, más tarde, en campeones; boxeadores que abandonan su retiro y vuelven a pelear con hombres más jóvenes que les machacan los huesos y la carne; alguien afirma que si le abrieran su cabeza encontrarían un guante, que eso es todo lo que es; la devoción; la brutalidad; el instinto; la danza, la chispa de belleza; el incendio del pánico; muertes en el ring, hombres derribados como árboles; una constelación de nombres puestos unos junto a otros, los eternos junto a los olvidados, todos tienen algo para decir si uno escucha: Harry “el Molino Humano” Greb, Marvin “El Maravilloso” Hagler, Ray “Boom Boom” Mancini, Livingstone Bramble, Thomas “The Hitman” Hearns, Carmine “Carmen” Basilio, Jake “El Toro del Bronx” Lamotta, Rocky Graziano, Rocky Marciano, Sugar Ray Robinson, Sugar Ray Leonard, Gerardo “Kid Gavilán” González, Archie Moor, Floyd Patterson, Luis “El Toro de la Pampa” Firpo y Jack Dempsey (protagonistas del primer round con fama de ser el más salvaje de la historia del boxeo); Joe “Bombardero” Louis y Max Schmelling (aquí, un documental sobre sus ya míticos enfrentamientos), Cassius Clay y Joe Frazier (basta ver su primera pelea, el 8 de marzo de 1971), y muchos más, cada referencia es pertinente, cada fragmento engarza con el anterior para componer un conjunto de inusitada lucidez.

Hombres y mujeres sin razones personales o de clase para sentir rabia tienden a descartar, cuando no a condenar piadosamente, las emociones de los demás. ¿Por qué tal descontento? ¿Por qué el desasosiego? ¿Por qué tan estridente? Sin embargo, este mundo se concibe en rabia –y en odio, y en hambre- tanto como se concibe en amor, esa es una de las cosas de que trata el boxeo. Es algo tan sencillo que podría pasarse por alto.

Calificación: excelente.
Título original: On Boxing (1987).
Traducción: Jorge Arconada.
Alfaguara, Barcelona, 2012
ISVN: 9788466325714

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s