Pájaros en la boca, Samanta Schweblin

Schweblin
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Quince cuentos en 180 páginas. Se trata de cuentos breves que se parecen entre sí, creo, porque todos intentan provocar efectos similares y lo hacen utilizando una gama de recursos más bien homogéneos y recurrentes. El tono semejante aglutina los textos y le da al volumen su espíritu de cuerpo. Esa es la ventaja: este es un libro de cuentos, no una reunión de cuentos. La desventaja es que el efecto global podría llegar a ser agotador por lo monótono.

¿Qué cuenta Schweblin? Historias extrañas o que tienen la vocación evidente de causar extrañamiento y que para eso buscan el borde de las cosas: la ambigüedad y la intencionada indeterminación. El extrañamiento surge en el texto como resultado de todo lo que no se dice, lo que no se sabe y lo que no se ve. La explicación queda siempre fuera de cuadro. Sistemáticamente, cada cuento establece una negociación con ese centro descentrado y de esa negociación depende las cotas que el cuento alcanzará de suspenso, tensión e intensidad -elementos estructurantes de la narrativa de Schweblin-. La resolución de cada texto puede llegar por el lado de la alegoría u optar por el camino de lo grotesco, la farsa, lo fantástico y, a veces, rozar el horror.

Como indicio de la intención de extrañamiento, puede bastar enumerar los nombres de algunos de los personajes del libro: Oliver, Irman, Weisman, Gismondi, Duvel, Kito, Tego, Pol, Nabel… Nombres que suenan raro a la vista, nombres a los que hay que acostumbrarse, pero no hay tiempo para eso, la extrañeza del sonido lo va a acompañar a uno las pocas páginas que dure la historia. Como muestra de indeterminación podemos fijar la atención en los escenarios en los que transcurren los hechos: paradores junto a carreteras desoladas; pequeños pueblos perdidos en medio de la nada; muelles junto a ríos o mares sin nombre; casas que parecen no estar asentadas en ninguna ciudad… como si no hubiera nada alrededor de los personajes, ningún contexto, como si flotaran en el vacío de una narración endogámica que ha decidido expresamente no construir nada que no vaya a necesitar. La misma indeterminación se extiende al plano temporal: de acuerdo a los escasos indicadores a nuestro alcance, podemos decir que las cosas ocurren en algún momento de la segunda mitad de la década del siglo XX (preferentemente, no la última).

Hay que decir que aquí los personajes no importan mucho, son entidades desprovistas de interés y cuyo valor es únicamente funcional a la trama en la que están ubicadas. Este detalle emparenta los textos de Schweblin a la mayoría de los cuentos de Cortázar, en los que es evidente que el mecanismo de relojería es el que subordina a todos los demás elementos narrativos.

Este es un libro bajo control, me parece importante señalarlo. El estilo de Schweblin hace gala de una férrea contención que se traduce en eso de buscar la frase justa, la palabra medida, la duración adecuada de cada pasaje. Esto otorga a los textos cierto aire de impecabilidad. Se me ocurre que habría que tomarse su tiempo para hablar de los riesgos de la literatura impecable, o de lo que las posibilidades que la literatura impecable desecha cuando decide ser impecable.

Hay un asunto con el lenguaje del libro. Al menos dos asuntos, en realidad. El primero tiene que ver con las voces de los personajes. Suenan siempre igual. Eso es coherente con el hecho de que los personajes no son importantes en sí mismos y, por lo tanto, no tienen por qué ser reconocibles individualmente, de modo que el padre de la muchacha que come pájaros suena igual que el hombre que alquila una casa en la costa y se encuentra con el misterioso cavador, o igual que el dueño de la juguetería en la que trabaja el extravagante Duvel, o muchos más… Una misma voz es reflejo de una misma configuración psíquica, una especie de equivalente mental al “español neutro” de algunos doblajes, sin inflexiones perceptibles. El segundo asunto, ligado al anterior, tiene que ver con la aparición ocasional de frases o expresiones que parecen remitir a otras obras de ficción, a modo de pastiche. Así, en “Bajo tierra”, un viajero llega a un bar junto a la ruta y el barman le dice que le invite una cerveza a un viejo que está en la barra, y lo dice así: “-Vamos, amigo –dijo el gordo, y me guiñó el ojo-, sólo es una cerveza para el abuelo”. A partir de aquí, un aire de profunda falsedad inunda todo el relato. No es un tema de verosimilitud, es de otra índole, es un tema de mediación. La presencia del autor se enfatiza cada vez que el lector tiene que ajustar su modo de lectura, y eso pasa todo el tiempo en este libro, especialmente en aquellos textos tan evidentemente alegóricos que ni siquiera por un segundo pueden ser leídos en su significado literal. Hablo de textos que no se sostienen si uno, apenas lo nota, no se dice a sí mismo “este es un cuento metafórico sobre los desaparecidos” o “aquí está hablando figuradamente sobre el hambre en los pueblos olvidados del interior” o “debe estar refiriéndose a la drogadicción”.

La de Schweblin es, en mi opinión, una literatura autoconsciente y premeditada, no particularmente imaginativa o rica en connotaciones, correctamente ejecutada y muy dueña de sí misma. Creo que la resumiría así: muy dueña de sí misma.

Los hombres del gobernador dieron vueltas por el pueblo, revisaron algunas casas, y no volvieron nunca más. Entonces empezó la locura. Dicen que una noche, una mujer escuchó ruidos en la casa. Venían del suelo, como si una rata o un topo escarbara bajo el piso. El marido la encontró corriendo los muebles, levantando las alfombras, gritando el nombre de su hijo mientras golpeaba el piso con los puños. Otros padres empezaron a escuchar los mismos ruidos. Arrinconaron contra las paredes todos los muebles. Arrancaron con las manos las maderas del piso. Algunos abrieron a martillazos las paredes de los sótanos, cavaron en sus patios, vaciaron los aljibes. Llenaron de agujeros las calles de tierra. Tiraban cosas adentro, como comida, abrigo, juguetes; luego volvían a taparlos. Dejaron de enterrar la basura. Levantaron del cementerio los pocos muertos que tenían. Dicen que algunos padres siguieron cavando noche y día en el descampado, y que solo se detuvieron cuando el cansancio o la locura acabaron con sus cuerpos.

Calificación: regular.
Emecé, Buenos Aires, 2009.
ISBN 978-950-04-3172-9

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Un comentario en “Pájaros en la boca, Samanta Schweblin

  1. Toca averiguar un poco mas de esta escritora, tenía su nombre encerrado en un círculo porque la había escuchado muy referenciada por autores latinoamericanos, claro que cada lector es un mundo, aun así iré con tiento. Saludos.

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