Contarlo todo, Jeremías Gamboa

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Gamboa
Gamboa

Había escuchado la recomendación de este libro en la columna radial que lleva Natalia Mardero en el programa de Figares en El Espectador. Me quedó la sensación del oleaje que estaba provocando esta novela de un autor que, para los estándares de la literatura, es un juvenil que apenas se asoma a la cuarentena. Creo haber escuchado que contaba con el apuntalamiento de Vargas Llosa, cosa que para algunos podrá ser un demérito pero que se me ocurre relevante, ya que el arequipeño es tan buen escritor que ganó el Nóbel sin decir que es de izquierda y con el rechazo visceral de muchos que dicen que son de izquierda. Por suerte, anoto a modo de tranquilizante, la novela que nos ocupa no es de política.
Se trata del relato de la vida, a partir del ingreso a los estudios terciarios y del primer trabajo en un periódico, de un personaje que se muestra como uno de esos seres castigados por la circunstancia familiar adversa, ha sufrido un fuerte abandono, tiene la contrapartida de que unos tíos benefactores lo acogen y lo impulsan. La adversidad es también fruto del medio social del que proviene, concretamente de las capas desfavorecidas de Lima. Ambos factores confluyen para que el personaje, que narra su historia en primera persona durante la primera parte del libro, tenga la sensación persistente de sentirse una especie de mosca en la leche. Y, si se suma el hecho de que debe estudiar como un animal para mantener una beca universitaria, el periplo de Gabriel Lisboa, nombre con trazas de álter ego, adquiere un cariz heroico y, como hay mucho de los cocainómanos años noventa en la historia, también antiheroico, con lo cual logró convencerme la construcción de la densidad y el relieve del personaje.
Si me dedicara a resumir la trama, podría hacerlo en un párrafo breve. Podría parecer banal. No obstante, el ritmo de la prosa, potente, veloz y efectiva desde la primera página, es el que manda en este libro. Es la historia de un tipo que tiene éxitos trabajosos y fracasos fáciles y, a su vez, de su sufrimiento a la hora de intentar dedicarse a la literatura, a la escritura de narrativa, a la que consagra sacrificios, dudas, frustraciones y renuncias y sobre cuya utilidad o futilidad terminé preguntándome (una vez más), mientras me condolía del patetismo de Gabriel, al que ninguno de nosotros es ajeno, y me unía a las farras con sus amigos, que tan cruciales son. También me quedé pensando, me lo hizo cuestionar una y otra vez, acerca de las oportunidades y los peligros de lo autobiográfico, o lo que al menos parece serlo. Pero esto es nada más que un prurito mío, que me siento tocado en mis culpas, que le dio otra perspectiva a mi lectura, porque oscilaba entre el fragor insomne de la lectura y la objeción tonta. Disfruté mucho. Y me quedo con la pincelada que describe al poeta Antonio Cisneros, que anduvo por Maldonado y nos obligó a todos a tomar con él porque “el poeta Antonio Cisneros no toma solo” y tal vez “carajo”.
Léanlo.

-¿Quién es el hombre masa al que odia tanto Parra?
-Antonio Cisneros -me respondió.
Una hora más tarde, después de despedir a Montero, me fui a la biblioteca a sacar un libro de Cisnerios y lo empecé a leer en una de las salas de lectura, vacía a esa hora. No solo me di cuenta de que podía entender esos poemas como ninguno de los que habían escrito los miembros del taller de Parra sin que además me tocaban de una manera definida. Recuerdo especialmente uno. En él un hombre solitario, parado en el edificio de un campus universitario como el mío, pero en Inglaterra, le escribe una carta a un amigo peruano desde el desarraigo y la vulnerabilidad de estar en un lugar absolutamente alejado de su país y completamente solo. Desde ese edificio -que él llama Torre de Vidrio- divisa las otras torres de los departamentos académicos, las siluetas de los chicos más fuertes que él y de un país próspero que no es el suyo, protegidos por el fuego del hogar, la seguridad, los automóviles que los esperan en los estacionamientos. Yo estaba en una Torre de Vidrio igual a esa, y de alguna manera ese poema, que fue escrito en otro hemisferio antes de que yo naciera, era completamente mío; es decir, me pertenecía. Recuerdo que aquella vez salí de la biblioteca cerca de las diez de la noche y percibí los edificios de la Universidad de Lima como animales luminosos en la oscuridad húmeda de junio. Recuerdo que memoricé rápidamente el poema y que lloré en silencio al volverlo a leer camino a casa. Al día siguiente esperaba con ansias encontrarme en algún momento con la figura huidiza de Santiago Montero para contarle lo que había vivido la noche anterior -salvo el llanto, claro-; para decirle que yo también había entendido la poesía del hombre que él admiraba tanto.

Calificación: muy bueno
Mondadori, Barcelona, 2013
ISBN: 978-987-658-239-1

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