El inglés, Martín Bentancor

Bentancor
Bentancor
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Cuando de literatura uruguaya se trata, pensar en el campo es pensar en la gauchesca del siglo XIX, en el nativismo de los años ‘20 y ‘30, en el estilo payadoresco: es decir, en una suerte de relato constitutivo de algo así como la identidad nacional, la idiosincrasia rioplatense, la esencia primitiva uruguaya, o bien la barbarie, el oscuro opositor de la civilización montevideana.

Afortunadamente, comienza a haber una literatura que “desnativiza” el campo, que lo abre a lo que es el mundo actual: a los camperos de hoy en día también les llega un mensaje de texto al celular con la noticia de que una dama reclama su compañía.

Martín Bentancor (Los Cerrillos, 1979) nació y vive en un ámbito rural, o semirrural, lugar donde se conoce de faenas y labores de tierra adentro, pero al que también se puede acceder tomándose un ómnibus. Bentancor conoce el paño y entiende que el campo ya no es el mismo que el que era hace un tiempo no muy lejano. Es que los cambios vertiginosos que han tenido lugar en la postmodernidad también han afectado al campo uruguayo. Y si el campo y su estética criolla vuelven a la literatura actual como tema o como estilo (un ejemplo es el empleo de las décimas en “Las arañas de Marte” de Espinosa o en “Muerte y vida del sargento poeta” del propio Bentancor), lo hacen sin duda para ponerse al día en aspectos esenciales de la posmodernidad.

No de otro modo leemos “El inglés”: es la actualización o posmodernización del tema campero. Se corrobora, por ejemplo, el uso de ciertos símiles o comparaciones que no se comprenden alejados de una cultura del siglo XXI: “Muchos de los que abandonaban el velorio lo hacían de golpe, como si un dispositivo secreto en su cabeza se encendiera y disparara la orden de partir.” La comparación entre retirarse de un lugar de improviso y que esa reacción sea como una orden digital de un chip metido en el cerebro solo puede ser creada por una imaginación inserta de lleno en la posmodernidad. La postura de Bentancor con respecto al campo la vemos reflejada en la mirada escéptica e irónica del maestro, quien percibe el ritual “ocultando apenas una sonrisa”, y quien parece burlarse de las viejas que rezaban “ese rosario de frases comunes que hablan del destino, la disposición incuestionable de Dios…”.

Más o menos recientemente ya se había vuelto a una “ruralización” de los escenarios, como en dos cuentos de “No vi la luna” (2010) de Leonardo de León (“La fuerza del campo” y “El tala de los angelitos”), pero el minuano concibe al campo desde la lógica de la modernidad: es el lugar retirado de la cultura, de la moral, lleno de oscurantismo, violencia, severidad y barbarie.

En Bentancor el campo no es severo, es risible: su mítica es parodiable. Es el escenario propicio porque se revela, justamente en un contexto tecnológico y de cultura de imagen (la mención del “biógrafo” es relevante a este respecto), el poder que aún conserva el relato oral. Los personajes, mientras dura un largo y empantanado velorio, primero desencantados y luego cada vez más entusiasmados, se entregan a la misteriosa voz de Samurio, el sabio druida de la aldea, un personaje que nos parece mítico, como un anacronismo de carne y hueso, entre personajes típicos de los tiempos que corren: el camionero Fagúndez, el yerno del finado Ferreira y el maestro, que se debate entre la urgencia posmoderna de responder los mensajes del celular, y la paciencia necesaria para oír el relato. En este sentido, Samurio nos recuerda al ingenioso y siempre ocurrente protagonista de “Madadayo”, la excelente película de Akira Kurosawa. Samurio, como el profesor de “Madadayo”, es la fuente del saber, el documento o archivo viviente de la era mítica de la Tercera Sección.

El narrador de “El inglés” es externo, es decir, extradiegético, pero narra desde el punto de vista o la focalización del maestro, el protagonista de la novela, y esto nos da la impresión de que es el maestro quien narra su propio encantamiento ante la historia que desenvuelve Samurio: la historia de William Collingwood, apodado por todos los pretéritos pueblerinos de la Tercera Sección como “el inglés”, individuo enigmático que aparece en el pueblo del mismo modo como desaparece: abruptamente y sin aparentes razones. Se abren varios enigmas entorno a su paso y estadía por la Tercera Sección, como el odio que le propina el vasco Urroz, la compañía breve y misteriosa de Emilia Bártora, o la vinculación con un chino que funge como su sirviente (el chino, sin duda, es el personaje mejor definido entorno al efecto risible que, indudablemente, persigue la novela).

También cabe destacar la buena ocurrencia de introducir un elemento vanguardista en el texto: un manchón negro que impide la lectura de un par de renglones. Tuve la oportunidad de estar en el momento justo para presenciar una escena en una librería, donde un comprador preguntaba a la vendedora, con “El inglés” entre las manos, si la editorial se había equivocado con esa página manchada. La vendedora no supo qué responder; ninguno de ellos percibió la referencia a un manchón similar en las páginas de “El limonero real” de Juan José Saer, autor de cabecera para Bentancor. Por ende, y aunque para los lectores más acostumbrados a este tipo de técnicas narrativas el manchón de “El inglés” no sea impedimento alguno para comprender la historia, puede haber generado cierta incomodidad entre algunos receptores, lo que demuestra la tendencia del público lector a un tipo de lecturas más bien ramplonas y carentes de extravagancias estilísticas.

De todos modos, “El inglés”, dejando de lado la mancha negra, no es para nada un texto dificultoso ni apela a ninguna técnica narrativa rupturista: apenas una intercalación entre el presente del relato (el velorio donde Samurio cuenta la historia del inglés) y el pasado (la historia del inglés propiamente dicha, el “showing” o la “mímesis”, como diría Gerard Genette); por otro lado, intercalación bastante común, empleada, por poner un ejemplo también relativamente actual, en “El fondo” de Damián González Bertolino, entre las narraciones del segundo plano, las supuestas vivencias del padre mentiroso, y los hechos del primer plano.

Resta decir que “El inglés” es una novela contundente, que deja sobradas muestras de la madurez literaria de Bentancor, y que se lee de manera amena, aunque no rápida, debido al estilo barroco, de frases largas, del cerrillense. En otras palabras, una novela ampliamente recomendable.

Esto es mejor que el biógrafo, maestro, dijo Fagúndez reposando las patas delanteras de la silla en el suelo y exhibiendo una sonrisa de auténtico goce, entreverado aún en la narración de la historia del Inglés […] Al biógrafo usted iba, pagaba la entrada, le apagaban las luces y le llenaban un vidrio con gente corriendo y hablando. Después le metían una música, le prendían las luces y usted salía. Al menos así era cuando yo fui a un biógrafo una vez, siendo muchacho, no sé si sigue siendo así el asunto, dijo Fagúndez. El maestro le respondió que sí, que pese a los avances de la tecnología, las proyecciones de cine mantenían la misma dinámica, la misma rutina.

Calificación: Muy bueno.

Estuario editora, Montevideo, 2015.

ISBN: 978-9974-720-11-4

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3 comentarios en “El inglés, Martín Bentancor

    1. Editorial Rama negra, Casa Editorial HUM/Estuario está en facebook. Escribiles. Son gente copada. Encontrarán la forma y verán posibilidades de circulación.

  1. Agustín, te aconsejaría que le escribas a la editorial Estuario editora para poder corroborar si el libro está en Buenos Aires. Saludos cordiales y gracias por leer en Catadores.

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