Necrocosmos, Héctor Galmés

Galmés
Galmés
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Ángel Rama escribió una vez que “El perseguidor” (1959) de Julio Cortázar había servido de base para el desarrollo posterior de la forma narrativa de “Rayuela” (1963); había sido una “rayuelita”, sentenció el crítico uruguayo.

Si tuviéramos que buscar una “rayuelita” uruguaya, aunque en este caso posterior a la escritura de “Rayuela”, una de las opciones más claras sería “Necrocosmos” (1970) de Héctor Galmés.

Lo es por la atmósfera que crea (cuatro artistas conviven en su taller, conversan sobre el arte y la vida, trabajan en sus obras siempre inconclusas, caminando por las calles derruidas de la ciudad, agazapados, prontos para escapar de las garras de El Cambrón), y por ese tipo de discurso narrativo en el que se interna constantemente la poesía, el lenguaje lírico (en este sentido, el realmente admirable el uso de la segunda persona gramatical que utiliza Galmés) y la percepción sumamente individual y subjetiva con que el narrador describe el entorno que lo rodea.

Al igual que en “Rayuela”, uno vacilaría si tuviera que contarle a otro el argumento de la obra (en este tipo de textos, en estas propuestas literarias, los argumentos pasan a un segundo plano): los amigos del narrador, quienes conforman el grupo de artistas previamente mencionado (El Sordo, Alondra y Sebastián), están prontos para exiliarse hacia Australia. El narrador, sin embargo, ha decidido quedarse y continuar con su labor artística en el país, en concreto, terminar un gran lienzo llamado “Necrocosmos”. Y de allí en más, todo es idas y venidas de ese motivo principal: la decisión del narrador de quedarse, a pesar de El Cambrón (que sería una especie de dictador, pero muy sutilmente sugerido por parte de Galmés).

La búsqueda que este protagonista hace del “Esquema” para darle un sentido a la existencia es muy similar, también, a la búsqueda metafísica de Oliveira, a las referencias constantes al “mandala” y a las “epifanías” en Rayuela.

Por último, toda la discusión religiosa de la vida (el descrédito de las “nuevas religiones” y una fuerte valoración mítica del Antiguo Testamento) nos puede traer a la memoria las lecturas de las dos novelas de Juan Carlos Somma: “Clonis” (1961) y “Forma de piel” (1967). También en ese discurso narrativo-poético de la novela podemos percibir parentescos con Somma, con el Carlos Denis Molina de “Lloverá siempre” (1953) y con los pasajes más líricos de Juan Carlos Onetti.

En suma: “Necrocosmos” es una novela que, como obra estética, como logro discursivo, integra el grupo de las joyitas de la narrativa uruguaya, sin lugar a dudas.

 (No conocés la ciudad en que vivís. No, no la conocés. Si marcaras en el plano los lugares que te son verdaderamente familiares, apenas dispondrías de casas, calles incompletas, esquinas, plazas y azoteas para armar un pueblo grotesco. Antes, cuando eras muchacho, y te aventurabas con la pandilla a caminar y caminar sin rumbo fijo, y hacia el atardecer rompían algún farol, apretaban todos los timbres de las casas de apartamentos, corrían, entraban en un edificio abandonado, destruían allí lo poco que quedaba por destruir, tiraban piedras a los perros de los bichicomes, y huían cuando estos surgían de su siesta infinita de entre montones de desperdicios para mandarlos al carajo, antes, conocías mejor la ciudad. Pero se te ha ido borrando. Cada vez te quedan menos esquinas, se hundieron las azoteas, las plazas apenas existen. No, no la conocés. Tampoco a la gente que habita en ella, y menos aún a los misioneros que vienen por salvar la ciudad perdida, los ángeles para la paz, saludables e higiénicos, que saben cómo hacer para ganar amigos e influir sobre las amistades, e indican el camino, la verdad y la vida).

Calificación: muy buena.

Ediciones de Banda Oriental, Colección Lectores, Montevideo, 1986.

ISBN: –

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2 comentarios en “Necrocosmos, Héctor Galmés

  1. Es raro encontrar hoy en día una comparación de una obra con “Rayuela” en un tono elogioso. Felicitaciones al reseñista por no subirse al carro del momento de los que miran con desdén la obra de Cortázar.

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