Sultanes del ritmo, Leonardo Oyola

Oyola
Oyola
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El policial del Oyola no tiene complejos: va a lo que va y a cada momento uno puede percibir la pulsión placentera que subyace a la historia. Lo que se cuenta podrá ser truculento, abyecto, ominoso, grotesco, no importa, la voz que mantiene andando la narración siempre nos deja ver que la mueve el goce y un tipo de amor que no tiene miedo de ser ingenuo ni de mostrar su lado más cursi. Ese es el ánimo con el que Oyola parece tomar cada uno de los ocho cuentos que forman parte de Sultanes del ritmo, el onceavo título de la colección Cosecha Roja, de Estuario.

Vamos cuento por cuento. El primero, “Matador”, es una historia tumbera que comienza casi exactamente igual que aquella película con Tim Robbins y Morgan Freeman, Sueños de libertad (Frank Darabont, 1994) (film basado en la novela breve de Stephen King: Rita Hayworth y la redención de Shawshank). El caso es que en “Matador” tenemos a dos recién llegados al presidio, el narrador y un gordito anónimo, y la primera noche de ambos es casi calcada a la de la película de 1994, con los demás presos gritando cosas tales como “chancha, ¡estás en el horno!” o “cómo me voy a morfar esos jamones”. Y pasa lo que tiene que pasar. En su brevedad, el cuento no llega a volar demasiado alto (de hecho, es uno de los puntos bajos del libro), pero sirve para demarcar el terreno de juego: el lenguaje, el tema, los personajes, la forma, el ritmo. El lenguaje es llano, coloquial, voluntariamente desprovisto de construcciones que suenen demasiado afectadas por lo “literario”, y aunque tiene el sabor del habla de los habitantes del bajo, claramente no hay nadie que hable así (hay que decirlo aunque sea una obviedad). El tema de Oyola son sus personajes, sus perdedores, gente que se jodió la vida o a la que se la jodieron o gente a la que la vida ya le vino jodida: ladrones, rapiñeros, cirujas, chorros, ex convictos, pastabaseros, secuestradores express, habitantes de la franja más marginal y lumpen del conurbano bonaerense. El tema, entonces, podría ser, si queremos ser amplios, la libertad. Y si no lo queremos, podría ser esta pregunta: ¿qué posibilidad tenía cualquiera de estos personajes de no ser quien es? ¿Dónde estaba el punto de no retorno para ellos? Eso, hacia el pasado; ¿y hacia el tiempo del relato? ¿Qué posibilidades de no hacer exactamente lo que hacen? ¿Cuál es su verdadero margen de acción? El entorno presiona con tal fuerza que una imagen del cuento “Rick Astley” podría servirnos para ilustrarlo: “Pensá en una manguera tapada en el extremo por donde debería salir el chorro. Presión en ambas bocas. Si no cede ninguna, ¿cómo va a terminar?”. Curiosamente (o no) lo que ocurre es que la falta de opciones es liberadora. Si ya no hay que elegir, si solo basta con hacer lo único que se puede hacer, todo dilema ha sido abolido. Esa es una forma de la libertad, quizá: soy absolutamente libre de hacer lo único que puedo, sería el lema. La frase final de “Matador” es la síntesis de la sumisión de Tavo, el narrador, a un contexto en el que no se vislumbra ninguna salida limpia: “Y yo lo tiré a Fran a la mitad de la cancha para que siguiera el partido”. Porque todos, en Sultanes del ritmo, están metidos en un partido que no termina nunca.

El segundo cuento, “Oxidado”, también viene de la tumba y también tiene aromas cinematográficos, en este caso, provenientes de “Un oso rojo” (Adrián Caetano, 2002). Aquí tenemos al Polaco, que sale de la prisión después de 37 años, condena que cumplió sin delatar nunca a su compañero en un asalto que salió mal, el Diablo Riganelli. La premisa es conocida y, de hecho, puede considerarse clásica. Lo que sigue es una historia de revancha que Oyola desarrolla de forma algo apresurada (quizá por eso todo se siente tan cerca del tópico) hacia un final bastante predecible.

El tercero “Rick Astley” no es mucho más que una broma, una viñeta con cierta gracia que tiene un par de momentos verdaderamente nauseabundos, y cuyo mérito es, en todo caso, asumir sin pretensiones extra su carácter de anécdota mínima en una “comisaría del orto en Laferrere”.

Luego viene “El fantasma y la oscuridad” y Oyola se pone serio. Este es el cuento más por fuera del conjunto por donde se lo mire: por coordenadas temporales y espaciales, por tema, por personajes. Este relato está ubicado en la década de 1970 en un ingenio azucarero de Tucumán, donde Lucho, “subversivo”, perseguido por la dictadura, se esconde entre los jornaleros. El cuento es de lo mejor del libro por un par de motivos: primero, porque en su brevedad encuentra el tiempo de crear climas tangibles (la sensación de asedio, de cerco que se estrecha); segundo, por la forma en la que la superstición de los pueblos del norte argentino encuentra su forma de encastrarse en una historia de terror concreto, de oscuridad real.

“Animétal” es otro de los pilares del libro, su anécdota mínima de una noche cualquiera en boca de Sang-Jin Kim, un coreano de Koreatown (bajo Flores) es divertida, dura y un poco demencial. Oyola muestra aquí, especialmente, su capacidad de sultán del ritmo, porque el relato es un pequeño prodigio de velocidad en sus escasas 14 páginas.

No muy lejos de “Animétal” se encuentra el siguiente relato: “De caravana”, que cuenta, también en primera persona, el tour (violentísimo, desbocado) de un pastabasero por conseguir más base. Igual que en “Animétal”, lo que sobrevuela el relato es la noción de que nada de lo que se está contando es excepcional, por el contrario, se trata de noches ordinarias, días ordinarios y momentos ordinarios que solo pueden parecer extraños o chocantes cuando se los ve desde la distancia segura del extranjero. Algo hay en la fuerza narrativa de Oyola en estos relatos que se mimetiza con su asunto, que adquiere la forma de una escritura también inercial, de caravana, que tiene que ir y seguir yendo porque no hay otra forma de avanzar, solo se puede avanzar de un tirón, durante el tiempo que dure ese tirón. Y después se verá. Después, siempre se ve.

Luego de las alturas conseguidas en este pico triple formado por “El fantasma y la oscuridad”, “Animétal” y “De caravana”, el libro desciende hacia el final con dos relatos menores: “Diablo III” y “Estocolmo”. Pero ni siquiera en los momentos menos logrados del libro, Sultanes del ritmo deja de tener una fuerza que Oyola dosifica a lo largo de toda su obra, una fuerza seductora que implica al lector y lo invita a disfrutar.

Para terminar, voy a discutir con algo que dice en la contratapa de la edición de Estuario, donde se señala que “El autor nos atrapa con una singular mezcla de registros, para mostrarnos mundos tristemente célebres, la cárcel, el bajo, los pibes chorros, las drogas; sin juicios, con amor…”. ¿Sin juicios? No. Oyola sí hace juicios. Que no sean los juicios que hace la mayoría no quiere decir que él no se reserve el derecho de juzgar. Que Oyola no encuentre culpables a los que “la opinión pública” condenaría sin siquiera un juicio no significa que no haya, en los mundos aquí narrados, espacio para la discriminación, para separar las cosas. Oyola separa las cosas. En “Matador” no es lo mismo ser Fran que ser el Chelo; en “Oxidado” no es lo mismo ser El Polaco que ser Riganelli; en “El fantasma…” no es lo mismo ser Don Pablo que ser Yuyín… lo que quiero decir es que hay, a lo largo de todo el libro, momentos para mostrar que incluso en la miseria y la degradación hay espacio para la dignidad, para esos detalles en los que un personaje decide pensar antes en el otro que en sí mismo, cuando ve al otro como a una persona que puede sentir frío, miedo, dolor. Esa es la diferencia radical. El que puede sentir eso no va a ser un animal. Como ejemplo de esos momentos, bastará este: en “Animétal”, el linyera Ticky-Taka se saca su abrigo y su polera para abrigar a dos chetos a los que les acaban de afanar el Peugeot 206. ¿Por qué lo hace? Porque está bien.

El Yuyín me mostró la rabia y quién era cuando me contestó, no sin antes asegurarse de que yo era el único que lo iba a escuchar:
-El sobresueldo… las propinitas… eso es lo que me pagan en dinero. Porque lo que yo doy se compra. Cuando empezó todo esto era mucho más embromado, sepa. Si había diez sospechosos, a los diez se los llevaban y les daban una cagada que no se la iban a olvidar en lo que les quedara de vida. Se llevaban de a diez porque sí o sí aunque sea uno iban a encontrar.
El Yuyín se prendió un cigarrillo.
-El que era, el que es, termina hablando. Siempre. No puede soportar ver el castigo a los que no tienen nada que ver. Confiesa. Se entrega. Se comprueba que esté diciendo la verdad. Y se lo llevan. Y no se vuelve a saber nada de él. A los otros nueve se les pide disculpas y se los suelta. Y al otro día, a primerísima hora, de vuelta a la zafra.
Después de darle dos pitadas al 43/70 concluyó:
-Desde que yo cobro ese dinero, no se llevan a diez. Vienen por quien tienen que venir. Y hay nueve familias inocentes que, sin saberlo, me agradecen en sus rezos.
-Buchón hijo de puta.
-No, primo. No. Mire: yo soy un apóstol de la paz y la no violencia.

Calificación: bueno.
Estuario Editora (Montevideo, 2013)
ISBN: 978-9974-699-73.1

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