Otra noche de mierda en esta puta ciudad, Nick Flynn

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Jonathan Flynn, padre de Nicholas Flynn. Falsificador, taxista, autoproclamado como uno de los tres más grandes novelistas de Estados Unidos (junto a Mark Twain y J.D.Salinger), autor de El hombre del botón o Las aventuras de Christopher Cobb (inéditas, pero indiscutiblemente geniales, asombrosas, serán publicadas pronto, asegura Flynn, muy pronto) y Memorias de un tarado (también inédita, claro está, pero una obra maestra del nivel de Archipiélago Gulag, de Solzhenitsyn); Jonathan Flynn, padre ausente, hombre sin hogar, muerto de hambre, alcohólico, violento, megalómano, intolerante, racista, misógino, en su eterno mundo de fantasía: un sobreviviente. Este Flynn es el centro de la novela que su hijo escribe, una historia que ocurre predominantemente en el escenario de las zonas más inhóspitas de Boston, donde está el refugio para indigentes Pine Street Inn (el hijo trabaja allí; el padre es ocasional residente). Decididamente fragmentaria, sin intenciones de trazar una línea clara que le otorgue unidad a hechos dispersos, Nick Flynn estructura su novela a partir de pedazos de recuerdos que saltan de 1989 a 1984 para llevarnos, diez páginas después, a 1964, 1962, y luego a 1999, y así todo el tiempo, como si la decisión expresa de no ordenar sucesivamente estos recuerdos viniera a decir que la memoria no es sucesiva, sino simultánea, que lo que tiene una apariencia independiente en realidad no lo es, que escribir sobre cualquier cosa (pero mucho más si se escribe sobre el padre) es escribir sobre los pedazos irregulares e incongruentes que nosotros podemos juntar y armar, a duras penas, para que tengan la forma de esa cosa, dándole una ilusión de completud, de identidad.

Así puesto el asunto, la novela de Flynn tiene un par de problemas a sortear, algo que no siempre consigue. Uno de ellos: para un lector clásico (me refiero aquí puntualmente a un lector acostumbrado a cierto orden secuencial que le ayude a intuir el plan detrás del texto) este puede ser un libro desmadejado y redundante. Sin la ficticia sensación de avance que otorga sentir que la historia tiene una dirección, uno puede caer en la idea de que lo que le están contando es siempre lo mismo, una y otra vez el mismo punto, sin progresión, sin nuevas revelaciones o descubrimientos. Solo si uno abandona esta pretensión (si deja de pedirle al libro algo que el libro no pretende ser) puede leerlo en sus propios términos de existencia. ¿Cuáles son? En cierta forma, ya fue dicho: buscar, mostrar, entender algo que no puede ser encontrado, enseñado o comprendido. Sus términos de existencia, entonces, desde su regocijante título, hablan del fracaso. Y aún así… La verdad es que siempre hay espacio para un “y aún así…”. ¿Qué hacés cuando no se puede hacer nada? ¿Qué decís cuando no hay nada para decir? Tenés que encontrar la manera de hacer algo, decir algo, porque si te quedas quieto y callado, lo que sea que esté ahí va a seguir ahí, no se va a disolver como se disuelve un cálculo biliar mediante la ingesta programada de zumos e infusiones.

Hay algunos puntos en los que la novela de Flynn se toca con otras novelas. Por momentos, esos puntos parecen guiños, intertextualidades que vienen a establecer un diálogo subterráneo. Un ejemplo claro es el puente que une a la novela de Paul Auster, Retrato de un hombre invisible. Auster dice cosas como: “A veces tengo la sensación de que estoy escribiendo sobre dos o tres personas diferentes, distintas entre sí, cada una en contradicción con las otras. Fragmentos. O la anécdota como forma de conocimiento”. Y en líneas como esas puede encontrarse una clave de lectura para la novela de Flynn, que se encuentra a la caza de su propio padre invisible:

Ve una manta tirada en la parte de atrás de la biblioteca; más cerca, un hombre acurrucado sobre una rejilla. Chorros de aire caliente y húmedo brotan de la rejilla, convirtiendo al hombre en una bola de pasta hervida. Eso ya lo ha visto antes, vagabundos tirados en el suelo y bebiendo, pero nunca ha estado sobre uno de esos conductos de ventilación, dejando que el calor le traspase la ropa. Es aire extraído de la biblioteca, percibe la tenue vibración de la maquinaria bajo los pies, el exceso de calefacción: incluso en las noches más frías hace demasiado calor ahí dentro, los libros cociéndose en las estanterías sobrecalentadas, bastaría para caldear las aceras, para templar el aire de la calle. Cuando nieva, no cuaja en la rejilla, un punto húmedo, oscuro, en medio de la ventisca. Los borrachos se dejan caer ahí, acosados por la policía, las porras, el frío. Algún radar interior los mantiene con vida, atraviesan tambaleantes la tormenta, ciegos y atontados por el alcohol hasta que encuentran el chorro de calor y entonces se derrumban. (…) Son una especie de cárcel, esos conductos, porque una vez que se aterriza en ellos es imposible abandonarlos, ya no se tiene sitio adonde ir ni otro destino, y un paso más allá de la rejilla todo es frío, hipotermia, ahora con la ropa empapada de vapor. Las mantas se alzan sobre el cuerpo impulsadas por el aire cálido, se ciernen sobre el durmiente (…) Mi padre entra en ese ámbito, hombre invisible en una habitación invisible, en una ciudad invisible. Se sienta junto al hombre tirado en el suelo, el vapor subiendo, calentándolos.

La locura de Jonathan impregna toda la vida de Nick: le llegan cartas delirantes, le llegan historias de segunda o tercera mano, no importa el tiempo que pase o la distancia que haya entre ellos, tampoco importe lo mucho que Nick se esfuerce en negarle a Jonathan el poder de influir en su vida, allí está el viejo, siempre como posibilidad, como problema o pregunta que necesita solución y respuesta. Un aspecto que puede parecer escenográfico, pero que no lo es, es el de la indigencia. El retrato colectivo de los usuarios del Pine Street Inn y del Fort Point Channel es, en sí mismo, una crónica descarnada del último paso antes de la degradación total de miles de hombres perdidos. Sin romanticismos que vengan a maquillar el paisaje humano de la desolación, y con un pesimismo al que poco puede uno reprocharle (viene, después de todo, de la pura experiencia), la mirada de Flynn acerca de la tarea de los refugios nocturnos es la siguiente:

El que inventó el albergue de Pine Steet no lo veía como un bote salvavidas, sino como unas roca donde descansar un momento, recobrar el aliento, orientarse un poco. Paul Sullivan, el fundador de Pine Street, era consciente de que los mendigos, en su mayoría, nunca volverían a ganar la orilla. El asilo era concebido como una parada, una estación de tránsito, pero sin especificar hacia dónde. El jergón, el techo, el plato de comida sólo servían para ayudar a pasar el chaparrón. No era un bote salvavidas. Que, además, solo vale para transportar al náufrago desde el barco que se hunde a tierra firme, no para quedarse a vivir en él, para andar años y años a la deriva, avistando la costa pero sin acercarse nunca demasiado.

Calificación: muy buena.
Título original: Another bullshit night in suck city (2004)
Traductor: Benito Gómez Ibáñez
Anagrama, 2007
ISBN 9788433974471

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