Pecados sin cuento, Richard Ford

Ford
Ford
***
***

El título original de este conjunto de relatos es A multitude of sins, mucho más fuerte y directo que Pecados sin cuento.  La elección del traductor es, cuando menos, extraña. Se me ocurre que el título en castellano proyecta algo de su inanidad sobre el texto a la vez que postula un modo de lectura o anticipa excesivamente lo que el lector puede encontrar más adelante. En el sintagma Pecados sin cuentohay un juicio que no se encuentra en el más descriptivo A multitude of sins. ¿Cuál es el “cuento” del que carecen estos relatos, a juicio de sus editores castellanos? No puedo dejar de pensar que aquí se habla de la tensión, de una concepción de la narración breve que se apoya especialmente en la idea de la tensión como principal valor estructurante. La escritora argentina Samanta Schweblin (uno de los exponentes más visibles de la cuentística actual en español) declara frecuentemente que para ella “es imposible narrar sin esa sensación de tensión sosteniendo todo el relato. Lo considero un pacto imprescindible entre el narrador y el lector (…) Es la idea de que algo nuevo va a suceder, o que algo nuevo se develará de un momento a otro, un descubrimiento, una revelación…”. Esas palabras pueden ilustrar la diferencia esencial entre el cuento y el relato. Schweblin no escribe relatos, escribe cuentos, y un cuento, tal cual lo piensa Schweblin, probablemente necesita esa tensión e intensidad que lo sostenga, lo necesita a tal punto que esa necesidad acaba por configurarlo como un artefacto que existe solo para conseguir que la tensión se produzca.

Los textos de A multitude of sins no funcionan, entonces, como cuentos así entendidos, sino como relatos de cierta laxitud que no tienen metas tales como el vértigo, la intensidad o  el ímpetu. No se lo proponen, por lo que no parece justo exigir que lo consigan. ¿Qué es lo que sí se proponen? Veamos. El primer relato, “Intimidad”, marca pautas de estilo que sirven para todo el libro. En él, mientras la esposa duerme bajo una tonelada de mantas en un departamento sin calefacción, el hombre se levanta todas las noches, durante una semana, y observa a una mujer que se desnuda parsimoniosamente en su casa, al otro lado de la calle. Guarda esa pequeña traición para sí mismo, envuelto en una frazada, descalzo, observando a la extraña en ese espacio de voyeurismo que es, al fin y al cabo, el de una intimidad anónima y secreta. Paso a avisarles que voy a contar el final del relato, por motivos de su análisis. El hombre deja de levantarse a espiar a la mujer y una noche cualquiera se la cruza en la calle: descubre que es china, que es una anciana, que le tiene miedo, que entra en su edificio con mucha prisa cuando ve a ese extraño caminar hacia ella. Punto. “Y entonces seguí andando; me sentía traicionado, lo cual me parecía extraño, aunque, por otra parte, no me sorprendía en lo más mínimo, y, simplemente, acabé de recorrer la calle camino de mi habitación y de mis propias puertas, y mi vida entró en aquel momento en lo que sería su primer y largo ciclo de deprimente frustración”. Más allá de lo que uno pueda pensar acerca del valor de las anécdotas elegidas (ricas, pobres, mediocres, intrascendentes), lo que puede verse aquí es un procedimiento que se repite no solo en otros relatos del libro, sino en gran parte de la narrativa breve de Ford: un acontecimiento cotidiano establece un diálogo con la situación actual del protagonista (casi siempre es también el narrador) hasta el punto de convertirse en una especie de síntesis simbólica cuyo significado se amplifica y extiende.

En el segundo relato, “Momentos exquisitos”, Wales va al encuentro de su amante cuando, ante un semáforo en rojo, ve cómo una mujer pierde el equilibrio sobre la nieve endurecida y luego es atropellada. Yace muerta cuando el semáforo cambia de color y Wales reemprende la marcha. Otro voyeur -en este caso, involuntario-, Wales es tocado por lo que ve: “En su mente Wales lo desmenuzó: primero, como si nada de lo ocurrido hubiera sido inevitable. Y luego como si todo fuera inevitable, un sereno desarrollo de los hechos”. Este fatalismo se ramifica en el relato como por capilaridad hasta convertirse en la única forma de interpretar, no solo el encuentro de Wales y Jena, sino toda su relación y la forma en que ambos llegaron a ella. La muerte de la transeúnte desconocida se convierte en símbolo del fin del affaire de estos dos personajes anodinos, del mismo modo que en el relato anterior la frustración del narrador-mirón se vuelve un símbolo de  su decepción vital.

El tercer relato se titula “Resignación”, una historia de padre e hijo: el padre que ha dejado a la madre hace ya muchos años, tras declararse homosexual e irse a vivir con su nueva pareja, el doctor Francis Carter, vuelve un día para llevar a su hijo a cazar patos. En estas páginas, uno se cruza cada tanto con sentencias como la que sigue: “En realidad, en el mundo hay muy pocas cosas misteriosas. Casi todo acaba teniendo una explicación decepcionante, por extraño que parezca al principio”. Y ese espíritu atraviesa todo. Esperar que la decepción llegue más tarde o más temprano vuelve a los personajes de Ford seres desalentados: la única sabiduría (también la única felicidad) a la que tienen acceso es la de la resignación, la de saber que al menos no se están mintiendo a sí mismos: “Oí la respiración de mi padre, vi sus nudillos pálidos y húmedos apoyándose temblorosos contra los tablones, hasta que me llega el olor de su pelo, un olor fuerte, mohoso. Y comprendí que tendría que conformarme con eso, que no tendría ni otro padre ni otra cacería mejor que aquella”.

Resignarse, conformarse, aceptar, por ejemplo, que difícilmente salga algo limpio y redentor del cruce entre Mack Bogler y el narrador del cuarto relato, “Encuentro”. Porque el narrador se enredó con Beth Bogler (o se enredó en Beth Bogler), enredo que Mack descubrió luego de unos meses y que tuvo a bien solucionar con un par de guantazos bien dados en un hotel de Saint Louis. Mucho tiempo después, desafiando a las probabilidades, estos dos hombres se cruzan en la estación Grand Central de Nueva York. El narrador, tentado quizá por las ganas de creer que esta excepción estadística debe significar algo más que la coincidencia fortuita que es, se acerca a Bogler. Unos cuantos flashback rearman la historia, más bien vulgar, del amorío, mientras la conversación avanza a cuentagotas. Este es uno de los puntos más bajos del libro. De hecho, la reflexión final del narrador podría leerse, con un poco de mala leche, como una declaración del propio Ford acerca de su relato: “Naturalmente, me había equivocado con la conexión de los momentos, lo que era preliminar y lo que era primario. Aquello no había sido una buena idea”.

Luego viene el relato “Cachorro”: alguien abandona un perro de mal talante en el patio de la casa de los suburbios de una pareja madura sin hijos. La aparición del cachorro los obliga a tomar decisiones: ¿se lo quedan, buscan a su dueño, le buscan un dueño nuevo, lo abandonan? Este pequeñísimo dilema pone en movimiento un trasfondo muy poco idílico: la pareja vive horas bajas. Bobby tiene la sospecha de que, hace un tiempo indefinido, Sallie tuvo una aventura con un tal Paul Thompson. No hay nada evidente que relacione la historia del perro con los temores de Bobby, de hecho, la idea de la infidelidad pasada y nunca descubierta solo se manifiesta en los sueños de Bobby. De todos modos, creo que el relato tambalea especialmente en su tercio final, cuando Ford se pone demasiado explicativo, de hecho, parece que, al notar que a esa altura no ha podido establecer un vínculo significativo entre sus dos asuntos (el superficial y el subyacente), decide intervenir de modo explícito: “Aunque, a lo mejor, Sallie tenía razón en una cosa: en que el cachorro podía haber sido un mensaje para hacernos reflexionar acerca de algo que alguien pensaba de nosotros, o acerca de algo que alguien pensaba que necesitábamos saber”. Y es por ese estrecho sendero, abierto sin sutileza, que se desliza más adelante la convicción de Bobby, sostenida del aire, de que efectivamente Sallie tuvo una historia con el tal Thompson. ¿Por qué? No hay problema en que la información necesaria para comprender el descubrimiento de un personaje no esté a la vista, pero debe estar en alguna parte, debe proceder de algún lugar. En este caso, ese conocimiento llega al personaje (y al lector) a través de una especie de epifanía onírica que no deja de ser una trampa, por más que sea una trampa escrita con oficio.

En “Centro de acogida” estamos ante el viaje, por las vacaciones navideñas, de una muy disfuncional familia a un centro de esquí. Centrado en la figura de Faith (abogada de relativo éxito, 37 años, rubia, “tienes unas tetas realmente grandes. Entiendo por qué le gustas a Jack”, sin hijos, sin una relación estable más que algo en ciernes con el Jack de la cita) el relato vuela bajo y se limita a ocuparse de las tribulaciones internas de esta mujer mientras debe lidiar con su bienintencionada madre, Esther, sus dos pequeñas sobrinas, Jane y Marjorie, mientras la madre de éstas y hermana de Faith, Daisy, “se está haciendo un favor a sí misma”, tratando de desengancharse de la metanfetamina en un centro de desintoxicación. La frutilla de la torta es el padre de las niñas, Roger, un bueno para nada bastante detestable. Aunque el relato no es gran cosa, hay que aceptarlo, Ford consigue que sintamos la tribulación de Faith, esta bella mujer con un pie en la mediana edad que comienza a entender que su mundo es patético, insignificante, y que sus opciones se reducen cada vez más, bajo la sombra de un temor: ha vivido su vida de un modo equivocado, pero ¿cuál era el modo correcto? ¿Hay posibilidades, todavía, de una corrección?

“Bajo el radar”, en tanto es un relato mucho más lineal, que la mayoría de los demás, aunque también aquí es fácil entender por qué Richard Ford es esencialmente un novelista: aquí, la acción es extremadamente simple y todo ocurre en un periodo de tiempo muy corto, sin embargo, la intención narrativa es la de ensanchar el relato: Steven y Marjorie Reeves se dirigen a una cena en casa de los Nicholson cuando Marjorie decide confesarle a su marido que un año antes había tenido una aventura con George Nicholson. Así que Steven saca el auto de la carretera, estaciona y se queda en silencio, mirando al frente, pensando en lo que tiene que hacer o decir, si es que tiene que hacer o decir algo. A partir de esto, que es el núcleo de la historia y que es planteado en los primeros dos párrafos, el relato se despliega como esos libros infantiles troquelados, en un procedimiento que por momentos me hizo pensar en la novela de Ian McEwan, Chesil beach. Hay que anotar que este es de los pocos relatos del libro que tiene un turning point en toda regla.

Uno de mis favoritos del libro es “Canadiense”. Nos encontramos con Henry y Madeleine, juntos en una habitación del Hotel Queen Elizabeth II, para asistir al calmado final de su aventura extramarital de dos años. Amantes durante todo ese tiempo, Henry y Madeleine se quieren, pero no están enamorados (ambos lo admiten) y lo más sensato es terminar en buenos términos. Ambos son personas sensatas y mesuradas. Y mientras están en la habitación, charlando mesuradamente sobre cómo recordarán todo eso en el futuro, con un poco de nostalgia anticipada, suena el teléfono. Es el esposo de Madeleine. Está en el lobby del hotel y quiere hablar con Henry.

Los dos últimos relatos, “Caridad” y “Abismo”, tienen la extensión para ser considerados novelas breves. “Caridad” es la historia de un matrimonio maduro, el de Nancy y Tom. Tom es un policía que pide la baja luego del tiroteo en que muere su compañero, para convertirse en un artesano fabricante de juguetes. Se va de la casa que comparte con Nancy a vivir en su taller, se acuesta con una hippie de nombre Crystal, y hace todo con una especie de inercia que Nancy se esfuerza por comprender mientras intenta adivinar si queda alguna oportunidad para ambos. Luego de esa introducción, el relato se ubica en su centro real: el viaje de Nancy y Tom hacia Belfast, un pequeño pueblo costero de Maine, cerca de la frontera con Canadá. “Porque aquí aún no está todo echado a perder” dice Tom. “Y porque me gustaría conocer otra parte de mí, encontrar algo nuevo antes de hacerme demasiado viejo. Y porque creo que si yo, o nosotros, lo hacemos ahora, no viviremos lo suficiente para ver cómo aquí lo destrozan todo. Y porque creo que seremos felices”. Pienso en Ford y en sus compinches (Carver, Wolff) y en este tema, el de las parejas que buscan motivos para creer que hay posibilidades de reparar las cosas si uno encuentra el lugar adecuado (“La casa de Chef”, de Carver; “Avería en el desierto, 1968”, de Wolff) y si tiene la suficiente fe, ingenuidad o energía para construir algo encima de esa oportunidad.

“Abismo” es el cierre del libro, un cierre poderoso, el relato del viaje de dos adúlteros vendedores asistentes a un congreso en Phoenix: Frances y Howard, hasta el Cañón del Colorado, un viaje sobre el que no conviene contar mucho, dado que este es otro de los relatos que guarda un aumento de intensidad hacia su desenlace. Pero no puedo evitar hacer otro comentario: hay un momento clave en el cuento, cuando Frances, al volante de un inmenso Lincoln Town rojo, atropella a una liebre. Ese es otro de los detalles que, como dije antes, adquieren el peso completo de una síntesis (a veces proléptica) del relato. No solo revela el carácter de Frances, sino que sirve para hacer que el relato comience a vibrar en una frecuencia diferente (recuerdo ahora una escena antagónica a esta, en “Los ojos de las estrellas”, un cuento de Salter incluido en el libro La última noche). Y luego de este repaso, que me llevó a hacer una relectura del libro, pienso que algo de la economía de Wolff y Carver le habría venido bien a los relatos, cierta contención: cuando Ford no sobre-explica, da en el clavo y su talento se muestra en su verdadero esplendor, que es narrativo, no retórico.

Se sintió de nuevo aislada, ignorada, como si durante un breve instante hubiera alcanzado otro de esos momentos en que se sentía a gusto y feliz. Fue un momento magnífico en la medida en que no surgió de ningún estímulo aparente, y estaba claro que no duraría. Aunque allí estaba. Aquella pequeña población asediada le había proporcionado un momento agradable. El gran error sería intentar aferrarse a aquella sensación y tratar de mantenerla para siempre. Bastaba con saber que estaba a su alcance.

(de “Caridad”).

Calificación: buena.
Título original: A multitude of sins (2001)
Traducción: Damià Alou Ramis
Editorial Anagrama, 2002.
ISBN 9788433970046

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s