De ganados y de hombres, Ana Paula Maia

Maia
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Temblando, con el frontal partido por el marrón, por el marronero, cae sobre sus costillas, pesada como un mundo, la res… Cae con estrépito, de bruces sobre el cemento… balando al descuajarse su osamenta, ya sólo un pobre costillar enorme, ya sólo un pobre cuero y sangre, media tonelada de huesos astillados, hincados en toda esa vida temblorosa y atónita…” reza un fragmento de ‘Guitarra Negra’ de nuestro Alfredo Zitarrosa y es imposible no recordar esta parte de una de las canciones más vernáculas que existe en nuestro país al momento de leer “De ganados y de hombres” de la brasilera Ana Paula Maia. Y esto no es porque Maia homenajeé de alguna manera a Zitarrosa o lo remita- de hecho, en una conversación en su reciente visita a Montevideo en el marco del FILBA reveló no conocerlo- sino porque ella escribe de un lugar común, de un espacio concreto que pueden y tienen las zonas rurales todas, pero en especial las uruguayas, argentinas y las del sur del Brasil. Una manera de ser, de trabajar, de relacionarse entre sí los trabajadores -en particular en este caso los trabajadores de un matadero- y que la prosa de Maia refleja con una contundencia que referencia a grandes autores de su país (como pueden ser Rubem Fonseca o Tabajara Ruas) pero que la aparejan también a autores de los países vecinos y no sólo a sus clásicos (como podría ser nuestro imprescindible Mario Arregui) sino también a contemporáneos como el argentino Hernán Ronsino o el uruguayo Martín Bentancor.
El protagonista de esta historia es Edgar Wilson, quien tiene el trabajo de aturdidor- el marronero en el ya citado fragmento de ‘Guitarra Negra’- en un matadero que ha visto mejores épocas. La función de Edgar es simple: es quién mata a la res de un golpe, antes de que sea descuartizada. Por desagradable que parezca este trabajo, Edgar sabe hacerlo bien y con cierta piedad: busca que los animales sufran lo menos posible. Este gesto, revela en Edgar una condición de hombre compasivo que no encontraremos en otras de sus actitudes (no conviene tener problemas con Edgar, eso es seguro) pero es su eficacia en su trabajo la que lleva a su patrón irle encargando otras tareas. Y estas tareas se complicarán a medida que le toque en suerte a Edgar- junto a un variopinto grupo de compañeros en un elenco de personajes estrictamente masculinos- indagar qué está ocurriendo que lleva a varias vacas del matadero a quitarse la vida por sí mismas, algo complicado sin dudas ya que si algo no hacen los animales, es suicidarse.
No es “De ganados y de hombres” una novela policial ni por asomo, el misterio- que lo hay- se dilucidará por sí sólo siendo los hombres atónitos testigos de lo que ocurre. Y este conjunto humano es el protagonista de la historia, un conjunto que a medida que atestigua lo que ocurre con los animales nos permite a nosotros ver cómo viven, cómo en su día a día, se acercan paso a paso a la misma brutalidad animal que ven con las reses con las que conviven. Cómo se difuminan los límites entre ellos y las vacas que pasan por el matadero.
De estilo franco, llano, sencillo y contundente, la prosa de Maia nos lleva a sentir en carne propia el día a día de Edgar Wilson y sus compañeros. Sus pequeños anhelos, sus fracasos. Su cotidianeidad. Sin ser esta una historia “definitiva”, ni para ellos ni para su entorno, tiene sin embargo, el sabor del final. Así lo sea en el propio Edgar que vive algo parecido a un vacío existencial- sin florituras- que lo lleva a entender y entenderse como una pieza de una maquinaria, una maquinaria de consumo, de producción, una maquinaria que día a día se alimenta con cientos y cientos de cadáveres. Una maquinaria que es aceptada al mismo tiempo que es despreciada por aquellos que consumen los productos finales de su funcionamiento.

El río está desierto. Es un río que se murió y no suele ser común encontrarse con alguiren que esté pescando. Algunos usan pequeños barquitos precarios para cruzarlo en días calmos y otros se aventuran a la busca de algún ejemplar de pez contaminado que todavía pueda nadar en estas aguas. Un pez cualquiera, un pejerrey, incluso muerto, tiene brillo en los ojos, que reflejan la luz del día. Los ojos de un rumiante se parecen a la noche. Adentro de ellos sólo hay oscuridad, que no puede ser penetrada. Una oscuridad constantemente insondable.

Calificación: muy bueno
Eterna Cadencia Editora, 2015
Título original: De gados e hombres (2013)
Traducción: Cristian De Napoli.
ISBN: 978-987-712-069-1

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