Street Photographer, Vivian Maier

Maier
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Vamos al momento del descubrimiento del tesoro. Un joven llamado John Maloof compra por 380 dólares, en una subasta, una caja llena de negativos. La compra por si algo de lo que contiene puede servirle en un proyecto sobre la historia de Chicago. Maloof revela algunos negativos y ve que es buen material, demasiado bueno para estar donde estaba. Averigua el nombre del fotógrafo: “Vivian Maier”, le dicen en la casa de subastas. Busca el nombre en internet, pero no encuentra nada. Ni una mención relevante. Escanea e imprime otros 200 negativos y los sube a un blog y crea una cuenta de Flickr. La reacción es muy buena. Los comentarios alientan a Maloof a seguir en movimiento. Rastrea los otros lotes de la subasta y los recompra. Reúne decenas de miles de negativos, además de cintas de audio y filmaciones caseras en 8 y 16 mm. En el proceso de la investigación descubre que Vivian ha muerto recientemente (en 2009). Entre sus cosas, Maloof encuentra facturas, recibos, cosas así. Indicios. Contacta a un número que aparece entre los papeles y pregunta si conocen a Vivian Maier: “Oh, era mi niñera”, responden. Maloof sigue la hilera de todas las casas en las que Vivian trabajó cuidando niños o ancianos, en Chicago y Nueva York, durante más de 50 años. Se entrevista con sus empleadores y con aquellos que estuvieron bajo su cuidado. “Era rara”, le dicen. “Era solitaria”. “Reservada”. “Excéntrica”. “Extravagante”. Una mujer alta, desgarbada, muy poco femenina, que vestía con ropa pesada, abrigos largos, botas, sombreros de fieltro, camisas de hombre. “Se ocultaba”. Caminaba como un robot, como en un desfile militar. El pelo corto y mal peinado, descuidado. “No le gustaba hablar de sí misma”. No le gustaba decir su nombre. A veces se hacía llamar V. Smith. “Soy la mujer misteriosa”, dice su voz en una grabación cuando otra voz le pregunta su nombre. Jugaba con todas las variantes al momento de escribir su apellido: Maier, Mayer, Meyer, Meier. “No era una persona abierta”. Todos los que la conocieron parecen coincidir en eso. Siempre tenía su cámara al cuello, una Rolleiflex, todos la recuerdan así: con su cámara, fotografiándolo todo. Sin familia propia, marido, novio, amante, hijos, todo lo que tiene son sus cajas llenas de rastros de su vida secreta, las cajas que muda consigo a cada nuevo trabajo, con su nueva familia momentánea. El trabajo de niñera le permite mucho tiempo de paseos, tiempo de fotografía.

Maloof
Maloof

Maloof estima que Vivian tomó alrededor de 150 mil fotografías. Murió sin ver la inmensa mayoría. Mientras más negativos imprime Maloof, más aumenta su curiosidad: por un lado, necesita saber más, necesita entender; por otro, necesita dar a conocer, divulgar el secreto, así que imprime un libro (este libro), organiza exposiciones, filma un documental. Solicita ayuda al gobierno para revelar el resto de los negativos, pero al parecer el establishment artístico de EEUU se resiste a reconocer a Maier entre los fotógrafos más importantes del siglo XX. Sin ese reconocimiento, revelar sus negativos no es una tarea prioritaria. Este es un asunto de fondos públicos y burocracia cultural. Muy poco importante, al fin y al cabo.

En el documental, Finding Vivian Maier, una anciana dice: “Me parece que el misterio de Vivian es más interesante que la obra en sí. Me encantaría saber más acerca de Vivian, pero no creo que puedas hacerlo a través de su trabajo”. Esto me lleva a pensar en su trabajo y me trae, por fin, al objeto de esta reseña, el libro Vivian Maier. Street Photographer (2011), editado por Maloof, que recoge una selección de, según el prólogo de Geoff Dyer: “the best of her incredible, unseen body of work”. Y es cierto que gracias a estas poco más de cien fotografías uno puede entender, sino la magnitud, al menos sí el tipo de cualidad que poseía la mirada de Maier. En el documental, encima de esta mirada se coloca un filtro interpretativo: “La mirada de Vivian que se ve en sus fotografías”, se afirma, “demuestra su inmensa compasión, ternura y comprensión hacia la condición humana”. Yo no estoy de acuerdo o al menos estoy dispuesto a suspender por un instante la posibilidad de que eso sea verdad. Supongamos, durante el tiempo que dure esa suspensión, que estas fotografías hermosas, delicadas, sutiles, poderosas, pero también chocantes, directas y llenas de patetismo, no son prueba de ternura ni compasión, sino un camino, una posible puerta de acceso a la comprensión y a la pertenencia. Porque lo que creo es que Vivian no conocía, porque no las había vivido, la mayoría de las emociones humanas, en su aislamiento, en su misteriosa soledad cerrada, pero sí poseía la capacidad de reconocerlas cuando las tenía delante. Entonces, las capturaba para no perderlas, para no perder nada, quizá con la esperanza de volver a verlas luego y, entonces, por fin, entenderlas. Todo esto desde la seguridad doble de una cámara, porque la cámara te acerca al mundo al mismo tiempo que te mantiene en un punto por fuera del mundo, un punto intocable y seguro. ¿Qué le pasó a Vivian en su niñez? Dicen que los movimientos bruscos la sobresaltaban, que resentía de los hombres, que a veces tenía reacciones violentas hacia los niños que tenía que cuidar. “Mis padres descubrieron que habían metido a la casa a una enferma mental”. Pero también dicen: “Ella amaba a los niños y los niños la querían”. Y cuando una de las familias para las que trabajó  buscaba adoptar otro hijo, Vivian comentó, en tono de broma: “Si quieren cuidar de alguien, ¿por qué no cuidan de mí?” Y todos rieron.

En 1959, Vivian hace un viaje de ocho meses por la India, Tailandia, Singapur, Yemen, Egipto y Sudamérica. Viaja sola. Es una mujer valiente. Una mujer excepcional. Ahora pienso en la partícula “ex”, esa partícula que tan bien se le aplica: excepcional, extravagante, extraordinaria, excéntrica… Algo que la designa siempre como a un elemento excluido del conjunto. Eso puede verse en este libro, donde es fácil notar el interés de Vivian por los otros excluidos: los hombres torcidos, los fenómenos ambulantes, los aislados, siempre escrutados por la mirada del resto, los normales. Hombres tirados en la calle, doblados sobre sí mismos como guiñapos, vencidos, sin esperanza. Y en el otro extremo de la línea, las parejas que se toman de las manos, que se inclinan y apoyan las cabezas en los hombros, que se duermen en los trenes arropados por la tibieza mutua: el mundo desconocido.

Vivian se autorretrata. Espejos, cristales, ventanas, escaparates, charcos, siempre mirando hacia arriba, hacia un lado, nunca directamente al lente. Fotografías de su sombra, la larga silueta oscura de su sombra proyectándose sobre las cosas, una forma ausente de la presencia, una forma fantasmal. Fotografiarse a sí misma, pienso, como una forma de comprobar su propia visibilidad, su existencia. “Existo, existí, esta es mi cara, este era mi cuerpo, mis manos, mi ropa, estos eran los sombreros que usaba”. Me la imagino diciendo eso. Esa cara larga, casi neutral, la nariz un poco respingada, la boca que parece tironeada hacia abajo por las comisuras, los pómulos fuertes y angulosos, los párpados que entristecen los ojos un poco apagados, como si fueran algo que fue dejado en lugar de los verdaderos ojos; y, encima, la frente, chata, alta, poco atractiva. ¿Cuánto cariño recibió? ¿Fue acariciada? ¿Fue besada? El pelo peinado hacia atrás o hacia el costado más por practicidad que por placer. ¿Podemos imaginarla perfumándose? ¿Pasándose crema por sus manos de dedos gruesos y uñas sin pintar? Entonces, cuando alguien dice: “Me gustaría saber por qué uno guarda todo ese gran arte, ¿por qué no lo compartes? ¿Cuál es el punto de hacerlo si nadie lo ve?”, cuando se hacen estas preguntas pienso que  se está muy lejos de ver el sentido real de estas fotografías, que para mí es un sentido íntimo, un lugar para ser habitado. ¿Y si esa mujer estaba construyéndose un mundo en el que poder vivir? “Esta es mi vida”, decía Vivian cuando llegaba con sus cajas a una casa nueva. Porque, a ver, vamos un poco más allá. ¿Cómo funciona el dolor? La atención lo alimenta. Pensá en el dolor y el dolor crece, se separa de sus causas y adquiere una entidad propia, autónoma, y exige respeto, cuidado y más atención. Pero si podés apartarlo y poner otra cosa en su lugar (cualquier obsesión, cualquier fijación), eso se puede convertir en tu forma de no sufrir, un espacio amable en el que podés vivir. Por eso no creo que tenga sentido preguntarse por qué Vivian Maier no compartió su arte. Su arte tenía una finalidad que no involucraba a nadie que no fuera ella misma. No sé si esto es verdad, pero creo que puede serlo.

Vivian Maier murió sola. Se desmayó en un parque. Vivía en un apartamento que pagaban varios hombres y mujeres que habían sido niños y niñas a los que ella había cuidado. En la vejez se volvió todavía más extraña. Se sentaba en el parque y le gritaba cosas a la gente: “Consíguete un sombrero”, gritaba, “Consíguete una campanilla”. No cocinaba. Comía comida directamente de la lata. Los que la veían en el parque, sola, abandonada, la tomaban por una loca más, una mera curiosidad. Ahora es famosa. Las mujeres se sacan autorretratos en los espejos, las suben a la web y escriben debajo: “Autorretrato a la Vivian”. Muchos piensan que es una figura inmensa de la fotografía del siglo XX (entre las mujeres más importantes de esa lista). Su trabajo está ahí, ahora, al alcance de cualquiera que desee verlo. Este libro es una buena forma de empezar.

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Calificación: excelente.
powerHouse Books, Nueva York, 2011.
ISBN 978-1-57687-577-3

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