Los perros negros, Ian McEwan

McEwan
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McEwan construye esta novela alrededor de una dicotomía entre espiritualidad e intelectualidad, y representa ese par en el cuerpo de los suegros de Jeremy, el narrador: June y Bernard Tremaine. La novela es, por debajo de esta oposición de fuerzas, también un comentario sobre la Europa de posguerra hasta la caída del muro de Berlín. June y Bernard fueron comunistas en su juventud y dejaron de serlo, con el paso del tiempo, por motivos tan diferentes como sus personalidades: Bernard, guiado por razones estrictamente políticas, la represión soviética a la revolución húngara de 1956; June, mucho antes, a causa de un suceso que ella interpretó de modo místico y que configura la anécdota central de la novela. Es obvio que McEwan utiliza esta ficción con intenciones ensayísticas, como modo de reflejar vívidamente las encrucijadas vitales que tuvo que enfrentar toda una generación de jóvenes europeos de ideas liberales ante los inmensos cambios políticos que acompañaron su pasaje a la adultez, primero, y a la vejez, luego. Hay aquí un homenaje, entonces, a la inocencia perdida:

Era la inocencia lo que resultaba tan atrayente, no sólo la de la chica, o la de la pareja, sino la de los tiempos mismos, incluso el hombro y la cabeza borrosos de un transeúnte trajeado tenían un carácter ingenuo, ignorante, al igual que el sedán de ojos de rana aparcado en una calle de aspecto vacío premoderno. ¡Los tiempos inocentes! Decenas de millones de muertos, Europa en ruinas, los campos de exterminio todavía eran noticia, aún no se habían convertido en nuestro punto de referencia universal de la depravación humana. Es la fotografía misma la que crea la ilusión de inocencia. Sus ironías de narración congelada prestan a los sujetos una aparente inconsciencia de que cambiarán o morirán. Es del futuro de lo que son inocentes.

Y los caminos divergentes de June y Bernard aparecen como dos opciones opuestas de reaccionar ante la repentina llegada de una dolorosa lucidez vital e histórica: por el lado de Bernard, el pensamiento científico, el desapego emocional que viene a dejar espacio para una mirada analítica del mundo en busca de acelerar el proceso de mejorarlo, más allá de la cándida credulidad de la ideología, mejorarlo de modo objetivo: afiliarse al Partido Laborista, convertir los ideales políticos en una práctica tangible, pragmática; por el lado de June, una búsqueda interior que se conecte con la trascendencia espiritual, expandir la conciencia hasta establecer los lazos con una verdad infinita, una fuente eterna de sentido y paz. Mientras Bernard se conecta con el funcionamiento del mundo material, June se retira, se aisla, se vuelve un ser contemplativo y solitario. Es ella la que le confiesa a Jeremy, su biógrafo, que “la verdad es que nos queremos, que nunca hemos dejado de querernos, que estamos obsesionados. Y no fuimos capaces de hacer nada con ello. No pudimos construir una vida. No pudimos renunciar al amor, pero tampoco nos rendimos a su poder”.

Aunque ambos están lo suficientemente bien construidos como para que los consideremos personajes plenos, la verdad es que mi sensación es la de estar ante símbolos animados. No es extraño que Jeremy comience a escuchar sus voces dentro de su cabeza, discutiendo, opinando, aconsejando, como si se tratara de representaciones cómicas de la figura del ángel y el diablo que se paran en los hombros del personaje y le susurran sus persuasiones.

Demasiado lastrada por estas ideas, la novela de McEwan languidece y no alcanza nunca una fuerza narrativa que la lleve a un punto nuevo. La lección suena en estas páginas como proveniente de un viejo maestro, que parece un poco cansado: nos inventamos el mundo en el que vamos a vivir, nos inventamos nuestra vida, buscamos significados y sentidos, y si buscamos lo suficiente los encontraremos, aunque eso implique tener que crearlos de la nada. Si perder la inocencia es perder el hogar, construir una conciencia sobre esa pérdida es como adoptarse a uno mismo, ser uno su propio padre: quizá, de eso va esta novela, de toda una generación huérfana y aterrada que tuvo que abrigarse a sí misma, alimentarse a sí misma y contarse a sí misma las historias a la hora de dormir.

Los momentos cruciales son un invento de narradores y dramaturgos, un mecanismo necesario cuando se reduce una vida a un argumento, cuando hay que extraer una moraleja de una secuencia de hechos, cuando hay que mandar al público a casa con algo inolvidable que marque el crecimiento del personaje. Ver la luz, la hora de la verdad, el momento crucial, ¿no son éstas cosas que hemos tomado prestadas de Hollywood o de la Biblia para dar un sentido retroactivo a un recuerdo atestado de datos?

Calificación: buena
Traducción: Maribel de Juan
Título original: Black dogs (1992)
Anagrama, Quinteto, 2009
ISBN 978-84-9711-113-3

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