El inglés, Martín Bentancor

Bentancor
Bentancor
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Son los velorios espacios dados a la charla. Bien se dice que es el lugar donde aquellos allegados al finado hacen su duelo, lo recuerdan, y en el proceso se lo homenajea con relatos, anécdotas, historias donde se combinan de manera aleatoria lo humorístico con lo trágico, la risa con el llanto. No sólo estamos hablando de esa persona que ha muerto y que ya no estará más, sino también hablamos un poco de nosotros, de cuan vivos nos sentimos al momento de reconocer tan cercana a la muerte, allí presente. No es raro decir o escuchar decir que los mejores chistes son aquellos que se dicen en un velorio, o lograr reconstruir aspectos del muerto que no conocíamos a partir de todas esas pequeñas historias que sus deudos van aportando. Y si se trata encima de uno de esos velorios que dura toda la noche, aún más, ya que en medio de la madrugada- cuando quedan sólo algunos pocos en pié- es cuando lo más jugoso, lo más íntimo, aflora y se hace palabra.

El velorio es el de Ferreira, un chacarero de la Tercera Sección- un espacio que Bentancor ha ido recreando a lo largo de varias ficciones, a la usanza de la Yoknapatawpha de William Faulkner o la región de Santa Fé y el Litoral de Juan José Saer- que cae muerto mientras siembra boniatos un mediodía de domingo. Pero no es la historia de Ferreira la que se reconstruirá esa noche de velorio- aunque de él se hablará- sino la de William Collingwood, el inglés del título, un misterioso personaje que llegara a la Tercera Sección muchos años antes del nacimiento de Ferreira o de que cualquiera de los personajes que se dan cita en ese velorio apareciera. Su historia, la del inglés, será reconstruida o construida a secas por Samurio, quien le contará a los pocos que se mantienen junto al finado a altas horas de la madrugada- tomando abundante vino, para más inri- cómo fue que Collingwood llegó a Uruguay y más especifíciamente a esta zona de Canelones. Como fue que se hizo uno de los principales hacendados de la zona, sus excentricidades, el enigmático chino que lo acompañaba y su desaparición rodeada de misterio que hasta el día de hoy no se dilucida.

Con mano maestra, Bentancor se mueve por este relato de varios niveles o lecturas. Construye el escenario dónde la situación se desarrolla- y junto a Samurio, otros personajes inolvidables, como lo son el maestro, Fagúndez o el yerno de Ferreira- pero también recrea el del Inglés y su elenco de una manera tan vívida que uno se termina preguntando cuánto de real (o histórico) hay en todo lo que Bentancor describe. Porque entre extranjeros sorprendentes, mujeres hermosas, inundaciones terribles, niños perdidos, se va la noche en la voz de Samurio, avanza el velorio de Ferreira y nosotros, como el maestro y los demás, quedamos atrapados en el enigma de William Collingwood, queriendo saber más y más de su vida, buscando profundizar en su misterio.

Martín Bentancor es un nombre que suena más y más fuerte en la literatura nacional, por derecho propio. Apenas dos años atrás ganó el premio Narradores de la Banda Oriental por su novela “Vida y Muerte del Sargento Poeta” (dónde también desarrolla su Tercera Sección) y “El Inglés” se llevó el Premio Anual de Literatura del MEC al año siguiente. Su prosa tiene pocas comparaciones locales- me atrevería a decir que es una suerte de Mario Arregui moderno o para buscarle asociaciones regionales, tiene claros parentezcos con el argentino Hernán Ronsino o la brasilera Ana Paula Maia- y es un autor que escribe del campo y sus tradiciones sin caer en solemnidades, parodias o ridículos. Siempre es un autor a seguir y en muchas oportunidades, a recomendar. “El Inglés” es, para quien esto suscribe, la mejor novela nacional publicada este año (obviamente, dentro de lo que he leído) y una parada imprescindible para todo aquel que quiera disfrutar de un gran relato. De una buena historia, contada al calor de un vino rasposo, mientras se vela al finado en el cajón.

La mujer apareció en el pueblo el mediodía de un domingo de verano, cuando comenzaba a despuntar el calor que se convertirá en una sensación abombante a la hora de la siesta, obligando a cerrar las puertas y las ventanas de las casas bajas para mantener intacto algún brote de frescor y para evitar que las moscas, zumbonas y dispuestas en manadas, cebadas en el aire estancado de las piezas a oscuras, buscaran los interiores por los resquicios de los postigos y las aberturas entre los marcos. El auto en el que la mujer llegó al pueblo era un modelo por nadie conocido en el lugar, un coche largo y achatado,lustroso a pesar, como se supo después, de haber recorrido varios kilómetros desde Montevideo a Villa Guadalupe y desde allí hasta la Tercera Sección, atravesando innumerables nubles compactas del denso polvo de los caminos.

Calificación: Excelente.
Estuario editora, Montevideo, 2015.
ISBN: 978-9974-720-11-4

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