El limonero real, Juan José Saer

Saer
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Difícil no caer en grandilocuencias y excesos cuando se trata, sin duda alguna, de una de las mejores diez novelas latinoamericanas del siglo XX. Y si fueran cinco, probablemente también entraría en la lista. Porque es una novela excelente, desde cualquier punto de vista.

“El limonero real” (1974) es, a nivel argumental, la reunión anual que realiza una familia para la cena de fin de año, donde se asa un cordero y se bebe mucho. El protagonista es el viejo Wenceslao, quien irá solo a la reunión, pues su mujer, “ella” (no tiene nombre), está de luto desde hace varios años por la muerte de su hijo (a causa de un accidente laboral) y ha decidido no salir más de su casa. Pero el nivel argumental es lo menos importante en esta novela, y, si se quiere, en toda la obra saeriana.

El nivel estilístico es el alma y motor de la obra. Frases largas, barrocas, musicales, cargadas de un hálito poético de una riqueza insuperable, al nivel de un Onetti o, para hablar de un autor vivo que sigue el estilo de la prosa de Saer, el cerrillense Martín Bentancor.

El ritmo es tan poético que llega al extremo de la repetición, recurso en el que los adalides de la narrativa temen caer, pero que para los poetas, desde las anáforas de los romances tardomedievales, son válidas y hasta buscadas. Saer, en este sentido, es un poeta. Baste el siguiente fragmento para ilustrar este punto:

“ahora estará sentada bajo el paraíso, sentada bajo el paraíso, cosiendo todavía, o habrá entrado al rancho o a la cocina, o estará parada cerca de la mesa, sola, con su vestido negro descolorido, o sentada bajo el paraíso, tranquila y sola, ensimismada en la memoria de un muerto.”

No solo repite el sintagma “sentada bajo el paraíso” tres veces, y no resulta violento ni engorroso (así como el “amanece y ya está con los ojos abiertos” vuelve obsesivamente durante toda la novela) sino que se luce con la aliteración de la “m” en “ensimismada en la memoria de un muerto”, justamente con la “m”, letra que pronunciada de forma prolongada vibra con la vibración de quien en soledad medita y contempla el mundo, sobre todo un mundo cíclico y espiritualmente en ruinas como el de la novela.

Digo “cíclico” porque la presencia del hijo muerto de ella y Wenceslao es una escena mítica que aparece de forma obsesiva en la mente de Wenceslao y en los recuerdos tortuosos de la madre. Una escena mental de Wenceslao, arrojándose al mar, al río, a algún agua anónima y sin lugar estable, en busca de un objeto negro flotando, que bien puede ser una cabeza, la cabeza de su hijo, es una brutal escena que regresa con insistencia.

Otro nivel a tener en cuenta es el de la construcción de los personajes que, más allá de lo insustancial de la anécdota de la novela, sobreviven por sí mismos, ya que son portadores todos ellos de un fragmento del espíritu total, del lenguaje vivo, que es probablemente el continuo objeto de deseo de las narraciones saerianas.

En los diálogos de los personajes se percibe el lenguaje vivo de los santafesinos que Saer habrá visto y oído incansables veces: en un bar, cinco o seis tipos, discutiendo sobre qué inundación fue peor, si la del cinco o la del sesenta, exagerando todo tipo de argumentación, recuerdos o anécdotas para vencer en la discusión. Nuevamente, estos personajes, como el propio autor del libro, saben que no vale tanto el hecho narrado en sí como la forma y el estilo para sostener y convencer. Y esta es una herencia de la narrativa rural, campera, gauchesca, donde la mentira, la fábula, la fantasía, la hipérbole, son elementos constitutivos del relato.

Y en este sentido, en “El limonero real”, llegando al final de la obra, se vuelve a narrar la anécdota que uno a duras penas iba intentando rescatar, de a retazos, de toda la marea poética de las palabras: con un estilo sencillo, como de cuento de hadas, con elementos fantásticos, y con buenos y malos, al final entendemos mejor todo. Por lo tanto, a pesar del estilo poético, en este último tramo la anécdota queda bien clara. Por lo tanto, a nivel argumental, puede tal vez decirse que es un libro insustancial, pero de ningún modo confuso.

Supongo, y es fácil darse cuenta, que el libro gana muchísimo más en una segunda lectura, donde uno ya conoce la anécdota y le podrá prestar mejor atención a la construcción misma del lenguaje, disfrutándolo por sí mismo, y no por ser el medio de comunicación de la historia.

Se dice que los griegos antiguos que escuchaban al aedo cantar las grandes hazañas de los héroes y los dioses del pasado ya sabían los argumentos de lo que iban a escuchar y eso no les impedía oír encantados a los aedos más hábiles con las metáforas y los símiles. Al contrario, la gracia estaba en saber de memoria lo que sucedería para disfrutar mucho más del modo de cantar de los poetas. Esto es un clásico: una obra que resiste la sorpresa inmediata, momentánea, de una buena historia con un final sorprendente, para guardar en el fondo algo más, algo que hay que buscar más de una vez, a lo largo de los años, de los siglos, y que es el lenguaje mismo de que está hecho. Y, hablando de clásicos, en “El limonero real” abundan las referencias a los grandes clásicos de la literatura universal: Libro de Job, Homero, Dante, cuento tradicional, pero sin dejar de lado la experimentación más vanguardista: el flujo de la conciencia a lo Woolf o Joyce, el letrismo y el manchón negro digno del dadaísmo, que representa un bloqueo de la narración por el breve adormilamiento de quien narra en ese momento.

Sin duda, una de las grandes novelas latinoamericanas.

…siento los brazos que me empiezan a palpar y los gritos y de golpe un poco de arena que me golpea en la cara; un puñadito, por los pieses que han pasado corriendo al lado de mi cara que ha de estar como aplastada contra el suelo. Siento por encima de los gritos el ruido de los pieses que siguen corriendo en dirección al río, mientras unos brazos me palpan y tratan de soliviantarme; los voy sintiendo alejarse y rebotar y después no oigo más nada. No oigo más nada. Más nada. No oigo ni que están tratando de levantarme. Nada. Porque estoy esperando, porque estoy esperando que venga la explosión, porque estoy esperando que venga la explosión de la zambullida, porque estoy esperando que venga la explosión de la zambullida del cuerpo que salió de ella, idéntico; porque estoy esperando que venga la explosión de la zambullida del cuerpo que salió de ella idéntico saltando al agua para buscar lo que yo dejé que la corriente se llevara hace catorce años.

Calificación: excelente.

Buenos Aires: Seix Barral, 2012.

ISBN: 978-950-731-349-3

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3 comentarios en “El limonero real, Juan José Saer

  1. Gran crítica para una novela extraordinaria que pronto tendra su versión cinematográfica, realizada por el único tipo que podía hacerla: Gustavo Fontan.
    Abrado. Excelente blog.

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