Gracias por la compañía, Lorrie Moore

Moore
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Luego de leer  varios libros de relatos de Lorrie Moore, uno puede tener una idea acerca de su escritura que ella misma confirma en la entrevista que concedió a The Paris Review en su edición Nº167. Allí, consultada sobre sus procesos de escritura, Moore responde: “Siempre he comenzado con un pequeño montón de notas de algún tipo, por lo general en relación con un conjunto específico de circunstancias que, por las razones que sean (dementes, arbitrarias, terapéuticas) me interesa en ese momento en mi vida. (…)  En general, si una persona fuera a verme trabajar -estoy agradecida de que a nadie lo haya hecho nunca- sospecho que al principio lo que vería podría parecerle como un montón de notas de copiar y pegar; un proceso que comienza, se detiene, vuelve a comenzar en ráfagas intermitentes, con frecuentes visitas repentinas (de fuerzas invisibles), la consulta de varios diccionarios y libros de referencia apilados detrás de la computadora, y mucho recalentamiento de café frío (es una metáfora y no lo es). (…) Es una lucha diaria que ni siquiera ocurre todos los días. Desde el momento en que empecé a escribir, el truco para mí siempre ha sido construir una vida en la que la escritura pudiera producirse. Nunca me he bloqueado, nunca he perdido la fe (o nunca la perdí más tiempo del necesario, por así decirlo), nunca me quedé sin ideas o anotaciones en cuadernos o en post-it pegados en el borde escritorio…”.

Quizá esto sirva para entender cierta cualidad que es evidente en cualquiera de los ocho relatos que forman Gracias por la compañía, textos que no persiguen efectos únicos y que, aunque nunca se apartan de su asunto lo suficiente como para volverse confusos, tampoco se privan de desplegarse y disgregarse lateralmente en observaciones, comentarios y sentencias que forman, por detrás de cada pieza, una especie de segunda voz que viene a cohesionar el conjunto. A su vez, estas partículas extra parecen proceder de una prolongada manipulación (o manoseo) del texto, como si fueran hebras que comenzaran a desprenderse del núcleo duro del texto luego de un buen tiempo de escritura.

En el centro de la escena están los personajes. Los personajes de Moore llegan al texto siempre después de algo, una pérdida, un fracaso, un trauma, y el relato se convierte en la bitácora de una compensación o de un retorno al camino. Lo que dice esa segunda voz de la que hablaba antes puede ser resumido en este fragmento del relato “Referencial”, pero que bien podría aplicarse a cualquiera de los otros:

La vida no era una alegría encima de otra. Sólo era la esperanza de menos dolor, la esperanza jugada como una carta sobre otra esperanza, un deseo de amabilidad y misericordia que surgieran como reyes y reinas en un inesperado cambio de juego. Podías sujetar las cartas tú mismo o no: caían de todas formas. La ternura no entraba salvo de manera defectuosa y por azar.

La experiencia genera un retrogusto amargo, y el desaliento existencial (más o menos escéptico, más o menos derrotista) es la postura que salva al libro de caer en el sentimentalismo. Este es un libro post-11S, y ese clima histórico penetra los textos, en ocasiones, de forma tangible. Cuando el divorciado cuarentón del primer relato, Ira, se debate entre continuar la relación con la seriamente perturbada Zora, una de las cosas que le confiesa a su amigo es: “Me gustaría dejarla, pero parece que no puedo. Especialmente con todo lo que está ocurriendo en el mundo. No puedo vivir sin algo de intimidad, compañía, como quieras llamarlo, para afrontar esta locura global”. La compañía que se agradece desde el título (y desde el homónimo último relato) tiene siempre el aire de lo transitorio: el tiempo compartido es limitado, el consuelo ofrecido siempre es un bien agotable y la compasión es escasa, muy difícil de encontrar. Saber todo esto, recomponerse y continuar, es el aprendizaje de los personajes de Moore, estos hombres y mujeres que comienzan a transitar por la mitad de su vida y ven que lo que hicieron con el regalo perfecto de su juventud no fue, precisamente, algo perfecto. En ese sentido, Gracias por la compañía es un libro adulto, que sabe más de lo que dice saber, y que, si no se ríe de sí mismo, sí puede sonreír con un aire de indulgencia.

Calificación: buena
Título original: Bark (2014)
Traductor: Daniel Rodríguez Gascón
Seix Barral, Buenos Aires, 2015
ISBN: 978-950-731-857-3

 

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