Hombres sin mujeres, Haruki Murakami

Convertirse en un hombre sin mujer es muy sencillo: basta con amar locamente a una mujer y que luego ella se marche a alguna parte (…) así es como te conviertes en un hombre sin mujer. Todo sucede en un abrir y cerrar de ojos. Y una vez convertido en hombre sin mujer, el color de la soledad va tiñendo hasta lo más hondo de tu cuerpo. Como una mancha de vino que se derrama sobre una alfombra de tonos claros. No importa cuán amplios sean tus conocimientos en labores domésticas, porque eliminar esa mancha será una tarea terriblemente ardua. Quizá el color se vuelva desvaído con el tiempo, pero probablemente la mancha permanecerá hasta que exhales el último suspiro (…) Aunque más tarde conozcas a otra mujer, y por muy estupenda que ésta sea (de hecho, cuando más estupenda, peor), empiezas a pensar que la perderás desde el mismo instante en que la conoces (…) Porque ya sabes qué se siente al ser un hombre sin mujer. Tú eres una alfombra persa de tonos claros, y la soledad, la mancha del Burdeos que nunca se eliminará.

Murakami
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Este fragmento, que pertenece al último relato del libro (que es el que le proporciona su título), contiene y sintetiza algunos de los detalles que más me molestaron de la lectura del conjunto, a saber: el tono de melancolía exagerada y fatalista; el recurso de la analogía o metáfora manida que, además, es frecuentemente explicitada (¿hacía falta volver a decir “Tú eres una alfombra…”?); las sentencias lapidarias del orden de “tal cosa es tal cosa”, como si cada texto fuera solo el ámbito necesario para que se incrustaran en él este tipo de apreciaciones. En este punto hay algo más. Veamos. Los relatos del libro juegan con cierto tono sosegado y sus protagonistas son contenidos y lacónicos. En apariencia, esto deja al lector un espacio libre de interpretación y construcción de sentido, pero solo en apariencia, porque ese espacio es rápidamente llenado por narradores que saben todo lo que los personajes piensan y sienten y están muy dispuestos a contarlo. Esto hace que el tono de los textos sea asertivo antes que persuasivo o sugerente, y que la lectura se convierta más en una visita guiada que en una experiencia creativa. Abro el libro en una página al azar del primer relato, “Drive my car”, y encuentro un ejemplo: “Desde luego le resultaba penoso figurarse a su mujer en brazos de otros hombres. Era normal que le doliera. Al cerrar los ojos, imágenes concretas afloraban y desaparecían en su mente. No quería imaginárselo, pero no podía evitarlo. Su imaginación lo desmenuzaba lentamente y sin piedad, como si fuera un afilado cuchillo”. El párrafo sigue un poco más, habla de lo duro que es saber algo que habría sido mejor ignorar hasta que llega a la sentencia final: “Por muy doloroso que resultase, debía saberlo. Porque sólo el saber fortalece a las personas”. Y acá estamos de nuevo en esa zona en la que Murakami se complace escribiendo cápsulas de sabiduría instantánea: “tal cosa es tal cosa”. En este relato, Kafuku es un actor viudo que contrata a una muchacha (muy poco atractiva) para que oficie de su chofer, y acaba contándole su lánguida historia, con especial énfasis en la relación que entabló con Takatsuki, uno de los hombres con los que su mujer se había acostado, con la esperanza de comprender algo más acerca de su esposa. No saca gran cosa de sus encuentros y el relato se diluye en su tono plañidero, sin dobleces, dispuesto a repetir frases e imágenes mil veces usadas: “¿por qué tuvo que sentirse atraída y acostarse con un hombre sin importancia, como él? Todavía hoy llevo esa espina clavada en el corazón”.

En el libro hay, sí, relatos mejores que otros, pero estas características que he mencionado son visibles en todos ellos. Hay lectores para este tipo de literatura, claro está, lectores que pueden extraer placer de estas fuentes, pero no puedo dejar de pensar que este tipo de escritura es, al fin de cuentas, una escritura dirigida más a la corroboración de lo que ya se sabe que al descubrimiento de lo que se ignora. Está claro que Murakami no escribe desde la perplejidad, sino desde la certeza, lo que hace que sus palabras en este libro adquieran con tanta frecuencia la apariencia reluciente y el interior hueco de un artefacto de autoayuda: “Para poder ser fieles a sí mismas (por decirlo así) en el mundo torcido y complejo que las rodea, estas personas necesitan entregarse a una serie de operaciones de ajuste, aunque, por lo general, ellas mismas ni siquiera se dan cuenta de las penosas artimañas a las que tienen que recurrir para sobrevivir” (del tercer relato, “Un órgano independiente).

La idea que me quedó al cerrar el libro fue que Murakami había pretendido realmente ir al fondo de las experiencias de soledad, nostalgia, aislamiento y dolor de los hombres sin mujeres, pero la forma elegida y su propio estilo demuestran a cada momento quedarse cortos para completar esa pretensión. Si hay un modo de hacerlo, no es este. Como si fuera poco, los hombres abandonados de Murakami parecen existir en la única dimensión de la tristeza y el patetismo un poco ridículo:

Solo los hombres sin mujeres saben cuán doloroso es, cuánto se sufre por ser un hombre sin mujer. Por perder ese espléndido viento del poniente. Por que te arrebaten eternamente los catorce años (la eternidad debe andar alrededor de los mil millones de años). Por escuchar a lo lejos el lánguido y doloroso canto de los marineros. Por hundirte en el oscuro fondo marino con los amonites y los celacantos. Por llamar a alguien por teléfono pasada la una de la madrugada. Por recibir una llamada telefónica de alguien pasada la una de la madrugada. Por citarte con con un desconocido en un punto intermedio al azar entre el conocimiento y la ignorancia. Por derramar lágrimas sobre el pavimento seco mientras mides la presión de los neumáticos del coche.

Estos desbordes de sentimentalismo son tan frecuentes que  uno no puede dejar de pensar que hay algo de cierto en lo que dice Joyce Carol Oates en su relato “Cosas que quedan atrás, de camino hacia el olvido”: “Hay un algo muy triste en un hombre que necesita a una mujer, algo muy triste en la desesperación de semejante urgencia”.

Calificación: regular.
Título original: Onna no inai otokotachi (2014)
Traducción: Gabriel Álvarez Martínez
Tusquets, Barcelona, 2015
ISBN: 978-84-9066-078-2

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2 comentarios en “Hombres sin mujeres, Haruki Murakami

  1. Comparto gran parte de la crítica pero me pregunto, y en cada libro reitero mi pregunta, ¿qué papel juega la traducción en este estilo? Porque me parece contradictoria la suma de buenas ideas con su formulación. No creo, por ejemplo, que Murakami haya querido escribir “asió su pene erecto” tirando por la borda todo clima, usando verbos que ni Pio Baroja usaría… La reiteración de sujeto-verbo-predicado en su formulación más elemental, ¿es una característica de Murakami o es un problema de traducción del japonés al inglés y luego al español? Salvo que usted me diga que el autor escribe en inglés.
    Muy interesante su crítica.

    1. Estimada Ivonne: le agradezco la lectura y el comentario.
      Lo que sé de las traducciones de Murakami al inglés y al español es lo siguiente: Murakami escribe en japonés, pero él mismo ha trabajado en el pasado como traductor al inglés, de modo que colabora estrechamente con sus traductores a ese idioma (al menos, esto declara Philip Gabriel, en entrevista con The Times of India). Eso puede darnos una razonable certeza sobre la fidelidad de estas versiones. En español, la anterior responsable de la traducción era Lourdes Porta, sustituida (por Tusquets) por Gabriel Álvarez Martínez. Ambos traducen directamente del japonés. Ahora, también yo tengo dudas acerca de que Murakami se inclinase por una opción tan castiza como “asió su pene erecto”; en mi caso, tengo siempre presente una especie de filtro que descarta todas estas expresiones que a los traductores ibéricos tanto les gusta usar y trato de identificar cuándo, en la lectura, los problemas pueden estar siendo generados por una traducción traidora (el mío no es, claro está, un método infalible ni mucho menos). De todos modos, creo que los problemas que puedo identificar en este libro no provienen de la traducción sino de las ideas de fondo, de cierta concepción de las relaciones humanas: puede ser que la traducción no le haga ningún favor a esas ideas, pero tampoco pienso que se le pueda achacar a ella lo lánguido y maniqueísta de cada historia.
      Saludos.

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