Dime. Treinta cuentos, Mary Robison

Robison
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Este libro está compuesto por treinta relatos (seleccionados de la producción literaria de Robison durante tres décadas de carrera), textos construidos alrededor de asuntos familiares y de pareja en los que los personajes la mayor parte del tiempo están haciendo lo que pueden, ni más ni menos. Hay una fuerza incontrolable que está fuera de ellos, definida de antemano y hecha de todas las cosas que uno no puede elegir. Cómo moverse en ese escenario y cómo encontrar una identidad que no haya sido determinada externamente parece ser el desafío cotidiano y nada estridente que los personajes de Robison enfrentan en cada texto. Todo aquí está un poco movido del lugar en el que uno podría esperar encontrarlo, los personajes viven la resaca de decepciones y desilusiones ya pasadas, pero que todavía condicionan su existencia y la de su entorno. Hay algo en todo el libro que proyecta ese ambiente de “después de la tormenta”. Ese desenfoque disfuncional se percibe claramente en la relación que las hijas (especialmente ellas) tienen con las madres que aparecen a lo largo de las páginas. No hay una sola relación madre-hija en Dime… que pueda ser rotulada de “convencional”. Aquí, las madres no son maternales, no ofrecen protección ni consejo, son inmaduras, egoístas, frágiles, siempre al borde del colapso y se aferran a sus hijas con tanta desesperación que parecen querer arrebatarles su energía y juventud. Probablemente, la demostración más absoluta de esto sea la madre del segundo relato, “Guía de la noche para aficionados”, una madre que se hace pasar por hermana mayor de su hija para salir en citas dobles con fulanos que las llevan al cine, a cenar y a ejecutar otros menesteres. La joven narradora intenta terminar la secundaria y llevar adelante un trabajo nocturno de camarera de fin de semana, mientras arrastra el lastre de su madre, atado a una pierna como un grillete. Hay muchos otros ejemplos: la madre de “Humo” juega una carrera con su descapotable a su hijo Marty, que la persigue en moto por todo Beverly Hills, a velocidades de un mundo sin sensatez. Una mujer casada en segundas nupcias con un ricachón capaz de resumir su filosofía filial en pocas líneas: “Mi padre me decía que las únicas cosas que debían preocuparme eran el sexo, la muerte y el dinero. Y decía también que si tenía una familia adecuada nunca tendría que preocuparme por dos de ellas. Así que solo queda la muerte”. La forma de artefacto adecuado para cubrir las necesidades es solo una de los modos que la familia adopta en este libro. Pero volvamos a las madres. En “Hijas”, Dell es la madre de Charlotte, de ocho años. Ambas viven con Gene, el abuelo de la niña.

Charlotte, ve a buscar el encendedor de mamá de su cuarto –pidió.
-¿Estás mandando a la niña por un encendedor? –preguntó Gene. Le hizo un gesto a Charlotte para que se quedara donde estaba.
-Quizá no sea una buena idea –opinó Pierce.
-Lo he hecho más veces –dijo Dell-. Nunca me había parado a pensarlo.
-Cuando vuelvas a tu casa un día y te encuentres con un agujero carbonizado, te pararás a pensarlo –observó Gene.

En “Bonito hielo”, Belle, la treintañera narradora vive un momento determinante de su vida al recibir a su prometido, Will. Todo en la vida de Belle es profundamente insatisfactorio, incluso Will. Su madre está con ella, pero se trata de una mujer incapaz de servir como apoyo, dado que tampoco es capaz de percibir la tristeza de su hija. Todo es incómodo en este breve relato lleno de malos augurios. A su vez, no hay lugar para sentimientos nobles o desinteresados. Las relaciones se han convertido en objeto de cálculo:

-Perder esa beca implica que deberíamos posponer la boda –dije-. Quiero que Will esté más encajado antes de meterme en su vida para siempre”.
-Pero no esperes mucho más –dijo mi madre.

El estilo de Robison es minimalista llevado casi a su último extremo. El lenguaje es directo, las frases son breves, sin imágenes rebuscadas, y el peso del avance de los relatos cae sobre los diálogos. Si antes hablé de ese clima que puede hacernos pensar en un escenario “post tempestad”, ahora lo pienso mejor y veo que en muchos relatos la sombra del desasosiego de los personajes surge de la inminencia de esa tempestad inevitable: perder la juventud, el dinero, las oportunidades, la fuerza, fallar. En el relato “En casa”, Shane, modelo y actor ocasional, “había vuelto a casa por una temporada para recuperarse tras un año y medio de fracasar de un modo espectacular en Los Ángeles”. La narradora de “En Jewel” comienza con una declaración directa: “Puede que me case dentro de poco. El tipo no es ningún Adonis, pero ¿qué más da?”. Jewel es una ciudad minera de la que todos quieren escapar y a la que esta mujer llegó luego de fracasar en Rhode Island: “Me gusta sentir que estoy en casa, pero me gustaría no sentirlo aquí”. Todos sienten que están viviendo sus vidas de una forma imperfecta, que algo está siendo desperdiciado y que es algo irrecuperable. Lo que queda es vivir una vida diferente a la que alguna vez fue proyectada. Cuando lo que marca la ruptura es una tragedia (un suicidio, en “Bonito hielo”; un accidente, en “Tengo veintiuno”) lo que distancia las historias del sentimentalismo es la contención y el humor de Robison, un elemento que es fácilmente rastreable en autoras de su misma generación (Hempel, Beattie, Tyler, Moore) y que no es tan fácilmente distinguible en los representantes masculinos del realismo sucio (Carver, Wolff, Ford).

Uno de mis favoritos del libro es “Lo que oigo”. Allí, una madre viaja junto a su nueva pareja rumbo a Alaska para visitar a su hija. “No es del todo mi novio. Lleva tres años divorciado pero sigue enamorado de ella”. El viaje es, claramente una idea de las malas. Pammie, su hija, vive en un evidente estado de shock post-trauma. “Perdió el norte, hará un año este mes de octubre”. Ella no sabe qué hacer, cómo ayudarla, pero lo que el relato desliza que lo que en realidad no sabe es si está dispuesta a hacer lo que haga falta: si puede poner a Pammie antes que a sí misma en su lista de prioridades, si puede ser una madre para ella (una madre verdadera en medio de una multitud de madres fallidas). El relato es breve, pero tiene una cualidad expansiva, propia de los textos densos, comprimidos a fuerza de talento.

Mis padres habían muerto dos años y medio antes.
Solía ir a menudo al sitio del accidente. Un sauce llorón en la ruta 987. La última vez que fui, el árbol aún se estaba recuperando. Las tierras de labor lucían blanquecinas y polvorientas bajo un sol que no calentaba, y la tierra aún mostraba los estragos del invierno. Me quedé sentada allí, en mi Vega diminuto, sobre el terraplén derruido. El gran árbol y la tierra alrededor, lisa como una plancha en millas y millas a la redonda, ya no parecían tan apropiados como pensé en su momento. Ya no era un lugar tan poético como para que acabaran dos vidas plenas.
(de “Tengo veintiuno”).

Calificación: muy bueno.
Traducción: Javier Montes
Editorial Alba, Barcelona, 2012.
ISBN: 97884-84287025

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