Desaparición de Susana Estévez, Hugo Fontana

Fontana
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La discusión al respecto de qué es policial y que no, ha llevado ya varias mesas conjuntas y ríos de tinta. A su vez, si le sumamos la variante “¿Existe policial uruguayo?” la discusión se vuelve incluso aún más espesa, con aquellos exponentes que dicen disparates tales como “No es posible hacer policial en Uruguay porque no hay detectives privados” o “imposible un protagonista policía, son todos corruptos” que dejan bastante en claro la falta de imaginación que muchas veces los escritores locales demuestran al respecto del género en cuestión. Un género que ha demostrado -hace muchísimos años en el resto del mundo, se ve que en Uruguay todavía hay que seguirlo machacando- que no sólo se compone de detectives privados o que perfectamente puede tener protagonistas corruptos, sino que puede ser realmente tan representativo como la mejor literatura a secas.
Por suerte, por cada voz airada que denosta al género aparece otra que lo explora y comprueba, una vez más, que lo límitado es sólo potestad del escritor y que un buen escritor realiza un buen libro, sin importar del género o no. Dentro de lo local, uno de nuestros mayores exponentes es Henry Trujillo pero no el único. Y justamente, la colección local de Estuario Editora -Cosecha Roja, que ya ha alcanzado los 18 títulos- bien se ha encargado de demostrar que hay buenos y variados cultores del género en nuestro país. A los nombres -ambos muy recomendables- reiterados de Pedro Peña y Renzo Rosello en la colección, se suma ahora el de Hugo Fontana, quien había hecho su primera aparición con la novela “Barro y Rubí”. Allí dónde la novela no se contaba dentro de lo mejor ni de la colección ni del autor, ahora lo contrapesa con este estupendo volumen de relatos “Desaparición de Susana Estévez” donde Fontana prueba antes que nada ser un gran cuentista.
Hay un debate interno dentro del propio libro sobre si estos cuentos se enmarcan en lo policial o no. A primera vista, relatos que incluyen secuestros, asesinatos, investigaciones, etc., claramente lo hacen y, una vez más, sólo aquel que siga mirando al género desde una óptica anterior incluso a Raymond Chandler podría dudar a este respecto. Pero incluso podemos dejar de lado esta discusión -vana, en definitiva- y centrarnos en lo verdaderamente importante: sean policiales o no, hay muy buenos cuentos en esta antología.
Sin duda los dos mejores son los primeros, el que le da título al volumen y “Dos Noches y un Día”. En “Desaparición de Susana Estévez” la ausencia de la susodicha pone en movimiento en su búsqueda a todo un pueblo y son muchas más las cosas que se encuentran que aquellas que permanecen desaparecidas. El relato es simplemente un relojito. Por su parte, “Dos Noches y un Día” parece rendir tributo al relato estadounidense moderno (en particular a Raymond Carver y su So Much Water So Close to Home) con su grupo de pescadores- brillante que sólo se los identifique por sus apodos- y el cuerpo que encuentran.
La impronta del relato breve y concreto acompaña el resto del libro -amén de una reiterada mención y/o homenaje a Onetti, algo que abunda mucho en la literatura nacional- y vuelve a tener muy buenos cuentos, aunque nunca al nivel de los dos que abren el libro. Es de común conocimiento que una antología suele tener sus puntos altos y bajos (que incluso varian lógicamente de lector a lector) y al parecer de quien esto firma, “Desaparición de Susana Estévez” no cuenta con siquiera un relato flojo. Habrá algunos cuentos mejores que otros, pero el nivel medio es superlativamente alto.
Además de todo lo anterior, el libro sirve a modo de paneo en la obra del propio Fontana, ya que cuenta con relatos de distintas épocas (de 1997 hasta el presente) y es una estupenda manera de conocer a este autor, si todavía no se lo ha leído.

Los cuatro van con la vista fija en la carretera sobre la que ha empezado a caer la noche. Un crepúsculo apacible, incomodado solamente por el plomizo pie de Lito el inane que hace que el pequeño vehículo ruede a ciento treinta kilómetros por hora rumbo al litoral. Entre Bob el bueno y Jorge el pusilánime se amontonaban una carpa, una conservadora cargada con hielo, dos cajas de vino y una botella de Johnnie Walker, las más variadas artes de pesca -riles, aparejos, un calderín, un trasmallo de agujeros menudos e hilos finísimos-, un farol, una cocinilla, bolsos con ropa y comida, dos frazadas, dos almohadas -una para Augusto el viejo, a quién se le tapa la nariz si no duerme con la cabeza en alto, producto de las infinitas cajas de cigarrillos que ha fumado a lo largo de su vida y de las múltiples noches en vela resistidas alguna vez y hace ya bastante tiempo con cierto orgullo y con ciertos provechos emocionales-, una pequeña parrilla plegable, una olla tiznada, una caldera cenicienta y abollada, algunas botellas de agua mineral y un tablero de ajedrez.

Calificación: muy bueno.
Estuario Editora, Montevideo, 2015.
ISBN: 978-9974-720-19-0

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