Compañía, Samuel Beckett

Beckett
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Se cuenta que cuando Beckett ya estaba internado, en 1989, poco antes de morir, le preguntaron de qué color quería la lápida. “De cualquiera, siempre que sea gris”, parece que respondió. Este es el Beckett que aparece cuando leemos su narrativa y su obra dramática.

Solo un autor como Samuel Beckett puede escribir un relato llamado “Compañía” (1980) y concluir, como concluye el protagonista al final de la obra, que está solo, y que siempre ha estado solo. “Solo”. Esa es la última palabra del cuento.

Pero la soledad de Beckett no es comparable a la del García Márquez de “Cien años de Soledad”. En esta última, la soledad es la teleología de toda una familia y de toda una comunidad. Son las ruinas de lo que fue y ya no es. En Beckett, la soledad es el vacío, la opresión de darse cuenta de que todo lo que alguna vez se consideró un “otro” no era más que el eco de uno mismo.

Todas las actividades absurdas por las que pasa el protagonista de “Compañía” (desde gatear en círculos sin sentido, o buscar la mejor posición para estar tumbado en la cama, hasta estudiar el comportamiento de la sombra del segundero del reloj) terminan funcionando como pruebas empíricas que tienen como objetivo comprobar, no ya si uno está solo o acompañado, sino si uno se encuentra en un mundo “real”, objetivo, verdadero, y no en una ilusión o un simulacro de mundo.

Pero el punto más interesante de “Compañía” es el que nos invita a leer el relato como si fuera una alegoría. ¿Una alegoría de qué?, preguntará el lector curioso. Pues, una alegoría del cambio de paradigma filosófico. El cambio del subjetivismo existencialista que nace con la férrea suposición de un yo cartesiano, firme e inamovible, al estructuralismo y la deconstrucción, a la polifonía de Bajtín o a “lo dicho” de Ducrot: todas ellas apuntando a que los discursos preceden y trascienden al sujeto parlante o histórico.

Cuando el protagonista de “Compañía” escucha (y este es el leit motiv de la obra) esa voz que lo describe acostado en la cama, en medio de la oscuridad, pierde todo su tiempo y la poca energía vital que tiene en corroborar que no está solo, que hay “alguien” que emite esa voz.

El final es aclarador, en este sentido: no hay nadie, y sin embargo, hay palabras, hay oraciones, hay discurso.

Claro que Beckett lo expresa desde la estética del absurdo que lo caracterizó: no se muestra demasiado alentado por el hecho de que los discursos, el lenguaje, no estén supeditados a los individuos parlantes. Le parece aterrador que sean algo así como estructuras fantasmales, que se desarrollan solas, o mejor, que utilicen al sujeto para tener una existencia material.

Lo mismo parece sucederle a Jean Luc Godard en su última película: “Adiós al lenguaje”, en la que, pese a su título, el protagonista también es el lenguaje sin remitentes. Hay sentencias sueltas, hay dictámenes filosóficos, pero no hay sujetos complejos, redondos, con profundidad psicológica. ¿De dónde surge el lenguaje reflexivo? De sí mismo, al parecer.

Desde la publicación de “Compañía” (1980) a la fecha, el estructuralismo, la deconstrucción o la polifonía, tienen más pertinencia como herramientas de análisis: en un espacio digital donde el lenguaje de desarrolla sin límites materiales, sin necesidad de la correspondencia entre palabras y sujeto hablante, es un poco absurdo resolver quién dice algo, sino centrarse en lo que se está diciendo. Es un buen puntapié inicial para olvidarse de un ataque argumental como el de tipo “ad hominem”.

En la narrativa uruguaya actual cabe destacar el muy buen ejemplo de “Aunque digan lo contrario”, donde Rodrigo Clavijo hace protagonista de su novela al lenguaje. Y el resultado de esa novela es de una solidez que asombra y a la vez maravilla.

En conclusión: “Compañía” es un relato que acontece y se desarrolla como parábola del fin del subjetivismo y el inicio de lo discursivo puro. Y un Beckett moribundo expresó eso como una crisis de la existencia. Hoy podemos verlo desde otro ángulo, y la obra adquiere un valor nuevo. 

¿No podría mejorarse al oyente? Volverlo más compañía, ya que no del todo humano. Mentalmente tal vez quepa una mayor animación. Un intento de reflexión, al menos. 

Título original: “Company” (1980).

Traducción: Carlos Manzano.

Calificación: bueno.

Editorial: Anagrama, Barcelona, 1999.

ISBN: 84-339-6634-0

 

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