Apropiación indebida, Lena Andersson

Andersson
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La anécdota no puede ser más ordinaria: amor no correspondido. La protagonista de la novela es Ester Nilsson, una intelectual sueca de treinta y un años, metódica, disciplinada, trabajadora, deportista, pura voluntad. A través de ella, una narración glacial y analítica nos presenta la historia. Ester se prenda de Hugo Rask, un renombrado artista de fama internacional, presuntamente comprometido con los desamparados. Luego de escribir una ponencia sobre Rask y de entrevistarlo para una revista de filosofía, la relación entre Ester y él se estrecha hasta el ambiguo punto en el que dos personas son más que amigos pero menos que amantes. Ese punto se dilata el tiempo suficiente para que lo que había sido un embeleso instantáneo de Ester hacia Rask se convierta en todo un mundo de elucubraciones acerca de las posibilidades futuras de ambos como pareja. Ester suelta el volante de su actual relación anodina con el que hasta entonces era su pareja, Per. Una buena noche, Per le pregunta si la relación tiene algún sentido todavía. Y aunque detrás de la pregunta de Per pueda percibirse “sobre todo un deseo de recibir alivio y consuelo”, Ester es incapaz de proporcionar nada de eso. Hay que tomar nota de este pasaje. Cuando Ester piensa literalmente: “No puedo. No puedo mitigar su dolor y mi propia incomodidad. No puedo”. El corte es quirúrgico. Per cae como un miembro amputado que, de no ser cortado, iba a esparcir su podredumbre por todo el cuerpo. Liberada del peso que significaba Per, la sumamente florida imaginación de Ester se vuelca por completo a Hugo Rask. Para este momento, el lector ya ha tenido tiempo de comprender que Rask es, con mucha suerte, un imbécil bastante patético. Pero eso no significa prácticamente nada si uno puede oír la voz de Carson McCullers: “El amado puede ser traicionero, astuto o tener malas costumbres. Sí, y el amante puede verlo tan claramente como los demás, pero sin que ello afecte en absoluto la evolución de su amor. La persona más mediocre puede ser objeto de un amor turbulento, extravagante y hermoso como los lirios venenosos de la ciénaga”.

Así que al lector le convendría no ponerse demasiado quisquilloso con Rask. No tiene sentido intentar ver en él lo que ve Ester, porque eso solo puede verlo ella. De hecho, prácticamente podemos olvidarnos de Rask, que está en la novela más como elemento que como personaje, más como producto que como creación artística. La función del “elemento Rask” es ser el depositario de los anhelos de Ester. La novela es la descripción del devenir de esos anhelos. ¿Qué es el sexo para Ester? Ese sexo del que, de hecho, no se menciona prácticamente nada. La novela ejecuta todo el tiempo movimientos con la discreción de una máquina, una cámara que funde a negro cuando la acción se pone más o menos escandalosa. Podemos entender ese tono aséptico como una proyección de la torcida perspectiva de Ester. De vuelta a la pregunta: ¿qué es el sexo para ella? No es solo sexo, claramente, sino el interruptor que hay que encender para que todo lo que ella había imaginado y que permanecía en potencia, como una inmensa fuerza contenida, por fin comenzase a moverse libremente hacia el futuro: “No concebía sobrevivir a un desenlace de la historia que no fuera el previsto: que ella y Hugo se convirtieran en amantes, sellando un compromiso de pertenencia mutua”. Si el término apropiación indebida proviene de la órbita legal, quizá no sea desacertado pensar en el sexo mediante otra figura legal, la del nexo causal. Un nexo causal es la relación causa-efecto que debe existir entre un acto u omisión y el daño ocasionado por el mismo, para que surja la responsabilidad y, por tanto, el deber de indemnizar. Cuando el sexo con Rask no genera los efectos previstos por Ester, ella manipula intelectualmente su dolor para planteárselo a sí misma en términos jurídicos. Ella ha sido herida y está en su derecho a reclamar una indemnización. Salvo que no hay indemnización posible, ninguna reparación es adecuada, excepto el cumplimiento de todas sus expectativas.

La novela es gélida. La voz narradora, al modo de una molesta voz en off muy afecta a explicar demasiado, intercala frecuentemente párrafos expositivos que solo vienen a criogenizar aún más el asunto, párrafos en los que se congela la acción y se la somete a una disección minuciosa, llena de sentencias que no habrían quedado fuera de lugar en un libro de fórmulas de autoayuda para comprender la experiencia amorosa estándar (algo en cuya existencia la autora evidentemente cree). Un ejemplo: “La fortaleza y la habilidad inspiran admiración, pero no amor. Lo que infunde amor es la fragilidad humana, las grietas que llevamos dentro. Pero la fragilidad por sí sola no basta, debe completarse con autonomía y una cierta capacidad de reflexión crítica sobre uno mismo. Las grietas despiertan ternura, pero tarde o temprano aquello que produce ternura acaba engendrando agresividad. La menesterosidad pura es, a causa de su impotencia, tan imposible de amar como la fuerza bruta”. Estas exposiciones son tan frecuentes que uno podría verse tentado a pensar que son la verdadera razón de ser de la novela, es decir, que la novela no es otra cosa que el embalaje narrativo de un breve ensayo sobre la experiencia amorosa estándar de la índole “amor no correspondido”.

Pero, ¿estamos hablando de amor? ¿Es esta, en verdad, “una novela sobre el amor”, tal como se lee en la portada? Es un tema espinoso, de modo que voy a rodearlo. Para que exista amor debería haber al menos dos sujetos. ¿No es cierto? Y en esta novela no hay realmente dos sujetos. Lo dije antes: Hugo Rask no es un personaje, es solo un elemento, y del mismo modo, tampoco es un sujeto, no lo es para Ester, porque ella es incapaz de pensar en él de ese modo. La única forma que ella tiene de pensar en su relación con él es refiriéndose a presunciones. Cuando piensa que acostarse con él, por fin, será una forma de sellar “un compromiso de pertenencia mutua” lo que está haciendo es extender a ambos una idea que es solamente suya. Cuando finalmente se vuelve evidente que para Rask no hay ningún compromiso de pertenencia mutua, que nada ha sido sellado, Ester no se siente solamente decepcionada, sino estafada. Está tan convencida de que lo que ella desea es lo mejor para ambos que no está dispuesta a considerar la opción de que el otro involucrado en el asunto pueda no pensar lo mismo. Ester siente que ha sido engañada y tiene razón, pero se equivoca en el responsable: ella se ha engañado a sí misma, porque en su ensimismamiento no ha sido capaz de ver a Rask verdaderamente, como a un sujeto, sino como a un recipiente que podía ser llenado con sus propias proyecciones anhelantes. Esa fue la novela que yo leí, la narración psicopática de un amor solipsista, torpemente barnizado con esmalte intelectual, muy dispuesta a lanzar generalizaciones sin sentir nunca la necesidad de darles un sustento.

Ella debía saber mejor que nadie que el que abandona no siente dolor, el que abandona no necesita hablar porque para él no hay nada de qué hablar. El que abandona ha terminado. Ahí radica el gran dolor. Es la persona abandonada la que siente la necesidad de hablar sin parar en un intento de hacerle ver al otro su error, de demostrarle que, si aprehendiera la verdadera naturaleza de las cosas, su elección sería distinta y la amaría a ella.

Calificación: regular.
Título original: Egenmäktigt förfarande – en romano m kärlek (2013)
Traducción: Martín Lexell y Elda García-Posada
Penguin Random House, Barcelona, 2015
ISBN: 978-84-204-1062-3

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