Historia de nuestros perros, Agustín Acevedo Kanopa

Acevedo Kanopa
Acevedo Kanopa
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Agustín Acevedo Kanopa (Montevideo, 1985) consigue frecuentemente en Historia de nuestros perros un cierto estado de gracia que parece el resultado de haber ganado confianza en sus propias capacidades expresivas y del intento de llevarlas a sus extremos. Si uno echa la vista atrás para ver el trayecto recorrido hasta este punto va a encontrarse con dos antecedentes fuertes: la novela Antes del crepúsculo (Trilce, Fondos Concursables 2009) y el libro de relatos Ecualiptus (Estuario Editora, 2013), además de algunos relatos -entre los que destaca “Cucarachas” (Entintalo, CCE, 2012)- que aparecieron en un puñado de volúmenes colectivos y que pueden leerse como las marcas que señalan un trayecto ascendente de calidad técnica, a la vez que una inmersión en un territorio cada vez más personal y riesgoso y, por eso, más interesante.

Historia de nuestros perros está compuesto por cinco relatos atravesados por algunos ejes temáticos fácilmente identificables: la infancia y la familia es el más evidente, pero no menos importante es la forma en la que muchos de los personajes establecen un vínculo con el mundo e intentan comprenderlo a través de sus peculiaridades con visos patológicos (el lente deformante de la enfermedad mental, no siempre declarada abiertamente); y haría falta todo un apartado para hablar del uso de los animales como aparatos simbólicos que funcionan a modo de claves o “atajos de sentido” en estos relatos.

Los relatos más relevantes del volumen son también los más extensos: el primero, que tiene prácticamente la extensión de una nouvelle, “Todos los pájaros”, y el último, “Acapulco”. En “Todos los pájaros” nos encontramos ante una larga alocución de una especie de exitoso emprendedor que a medida que cuenta su historia promete a sus entrevistadores ciertos consejos y tips para comprender el mundo de los negocios y obtener un suceso similar al suyo. Con esta excusa, el narrador se explaya generosamente acerca de su relación con su padre (un jugador, burrero empedernido); de sus alucinaciones alrededor de una mesa de poker, cuando ve a cada jugador acompañado por un pájaro que funciona como una proyección mental o espiritual del jugador; y de sus curiosa capacidad espontánea de generar metáforas o “máquinas” funcionan como artefactos mediadores entre la percepción y el significado. Uno podría caer en la tentación de hacer un diagnóstico del narrador (trastorno esquizoide de la personalidad, tal vez), pero es mucho más interesante acompañarlo y perderse con él en sus delirios y ensimismamientos que lo llevan a establecer un vínculo paradójico, de comprensión perpleja, digamos, hacia todo y todos los que lo rodean. Hay una distancia inmensa entre la prodigiosa capacidad del narrador para comprender los subterfugios del mundo empresarial y su incapacidad para comunicarse significativamente con otros sujetos de un modo emocional. Los puentes están caídos, pero el problema es peor: no es posible ya creer en que puedan ser levantados de nuevo o en que hayan existido alguna vez. Esto es algo que se extiende a lo largo de todo el libro: el mundo interior (el mundo construido mediante el discurso solipsista) de los narradores y los personajes principales ha llegado a tal punto de elaboración y sofisticación que la distancia entre ese mundo y el afuera se vuelve abismal o fantasmal. Así es que los otros individuos se convierten en proyecciones mentales y no pueden ser pensados como verdaderos sujetos: su realidad es holográfica.

En el tercer relato, “El béisbol criollo”, un muchacho dice: “Me acuerdo de que en las lentas me encantaba sentir las costillas de las minitas en mis manos, entre los dedos […] No sé por qué, pero me re calentaban las costillas, era como si los huesos me indicaran que había algo real ahí, un esqueleto de una persona distinta a mí, distinta a mi cabeza que se la imaginaba…”. Este fragmento, que bien podría pasar desapercibido, se enlaza directamente con uno de los centros temáticos de todo el libro, el de la idea de un “ventanal o mampara” que separa irremediablemente a los personajes. En Historia de nuestros perros, el espacio compartido es casi irrelevante e insignificante en comparación con el espacio interior, pero cuando el muchacho logra salir de su cabeza, de la cabeza en la que se estaba imaginando a la minita, y siente sus costillas, su realidad material e independiente de las proyecciones que uno haga de ella, entonces se excita, se enciende un impulso vital a modo de señal esperanzadora: “había algo real ahí”.

La misma línea de pensamiento puede darnos una vía de entrada al último relato: “Acapulco”. Allí tenemos a Alfredo, recluido en un geriátrico de Ciudad de la Costa. Alfredo sufre demencia frontotemporal. Su hijo, Julián, va a visitarlo: “Algo que nunca contará, incluso después de la muerte de su padre, es que suele postergar por gusto la llegada al residencial. A veces estaciona en aquellos estacionamientos improvisados al borde de la playa, viendo cómo el viento hace que las dunas se coman parte del asfalto de la rambla”. Igual que las dunas, el espacio interior de Julián se extiende más allá de sus límites, comiéndose la parte que le toca a Alfredo, absorbiendo 45 minutos o una hora del tiempo que el hijo va a pasar con el padre, un tiempo que también está asediado por otro avance: el de la enfermedad neurodegenerativa. Alfredo y Julián también están separados por una mampara: “…a veces Julián sentía que debían hablar de algo, preguntarle alguna cosa fundamental antes de que el tiempo pasara y las cosas fueran mucho peor, pero se daba cuenta de que nunca había sido así, que era raro pensar que justo en la enfermedad (…) se iba a dar algo que no se dio en toda su vida”.

En el segundo relato, “La memoria de los peces”, aparece una imagen que podría funcionar como resumen o síntesis, ya no del tema del libro, sino de su ánimo o de su actitud. El narrador es el padre de Aylén. Entre ellos las cosas han sido difíciles. No trágicas, pero sí difíciles al punto de que quizá ambos se hayan convertidos en extraños. El padre no reconoce la mirada de su hija: “y solo puedo sostenerle la mirada vaciando mi mente, tratando de pensar en esas toninas que cada tanto aparecían en la playa de Atlántida, en esos veranos en los que me zambullía y cruzaba el pozo hasta llegar al extenso banco de arena que se armaba adelante, con el agua apenas sobrepasando mis talones, por más que estuviera tan adentro que la gente y las sombrillas se vieran como hormigas. (…) Solo teníamos permitido adentrarnos hasta ahí. Nos quedábamos viendo las olas que se formaban en ese otro mar que de golpe se volvía más mar, más profundo, con otras reglas, otros peligros”. En el relato, en ese mar más allá del banco de arena está el otro, está realmente el otro desconocido: la hija, sí, que también puede ser el padre, la madre, a una distancia riesgosa que necesita ser salvada. En términos más generales, para Agustín Acevedo Kanopa, más allá del banco de arena lo que parece abrirse es un espacio lleno de nuevas posibilidades.

Descubría que con las personas era más complicado que con las otras cosas: a medida que las observaba, sentía cómo se iban desmigajando partes de ellos hasta fusionarse, como una enana blanca, en solo ese ínfimo detalle, pero cuando estaba viendo el núcleo mismo, el punto exacto en donde yo circulaba como un hámster desquiciado sobre una rueda, es decir, como si ese punto mismo fuese el eje sobre el que estaba montada la rueda en la que mi mente corría, de golpe aparecía, como rasgando una pantalla de cine, esa persona que me preguntaba qué mierda estaba mirando, y ahí los distintos trozos de la persona se desperdigaban y me estallaban en la cara, sin saber si hablarle a los ojos o al oído, o a un codo, todos desordenados como fragmentos de una taza quebrada, un puzle filoso. Diciendo esto parece todo bastante poético, pero lo que varios, incluso algunos psicólogos a los que terminé yendo por mi cuenta, no llegaron a entender, es que en esa metáfora partida no solo quedaban (y quedan) pedazos del otro sino también pedazos míos.
(de “Todos los pájaros”)

Calificación: muy bueno.
Estuario Editora, Montevideo, 2016
ISBN 978-9974-720-41-1

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2 comentarios en “Historia de nuestros perros, Agustín Acevedo Kanopa

  1. El interés es fruto de lo subjetivo en el lector pero también de un diálogo con rasgos objetivos en la obra. Y ese diálogo no tiene nada de subjetivo en sí mismo. Ese debe ser el propósito de nuestra búsqueda; descubrir cómo dialoga la obra poco interesante. Un claro ejemplo es La casa de papel. Y la elijo porque no está mal escrita. Al contrario, el autor muestra oficio, tiene un plan y expone muy bien su tesis de fondo (“la lectura es un viaje vital”, “la biblioteca de un hombre es su vida”, “la incomunicación…”). Pero algo quiebra la lectura; algo no está en su lugar en el diseño.

    http://elcharcodeperico.blogspot.com.uy/2017/02/el-interes-literario-como-problema-1.html

    1. http://elcharcodeperico.blogspot.com.uy/2017/01/el-mejor-libro-de-narrativa-uruguaya-de.html

      Era esta la entrada a la que quería referir. Gracias.

      Historia de nuestros perros de Agustín Acevedo Kanopa (Estuario, Montevideo, 2016) fue elegido hace poco en un programa de radio como “el mejor libro de narrativa uruguaya de 2016”. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura 2015, otorgado por el Ministerio de Educación y Cultura.
      Presento aquí un comentario del texto desde una perspectiva crítico-técnica, a través de la búsqueda de aciertos y errores en las decisiones de composición y sus posibles efectos de lectura.

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