La fortaleza de la soledad, Jonathan Lethem

Lethem
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Desmadejado, tironeado por líneas de fuerza internas descentradas y sistemáticamente frustrante. Así podría titular un post-it mental sobre La fortaleza de la soledad. Luego pegaría otro post-it junto a ese en el que me extendería un poco más para decir que la novela tiene muchos núcleos gravitatorios de interés, una ambición indisimulada de ser abarcativa y una estructura que parece obedecer a rachas de cierto frenesí, como si el andamiaje literario respondiera exclusivamente al deseo o la necesidad (a la sed, pienso ahora) de ir hasta un tiempo, un lugar, una sensación y dar cuenta de eso, dejar un registro de vida como un bicho en un pedazo de ámbar petrificado.

Lethem cuenta la vida de Dylan Ebdus, un niño que llega a comienzos de los 70’ a un inhóspito suburbio de Brooklyn cuando sus padres (Rachel, una hermosa hippie consumada, y Abraham, un artista plástico otrora promisorio y ahora aislado en el interior un ciclópeo proyecto de tintes demenciales) acceden a una vivienda en el vecindario de Gowanus por obra y gracia de Isabel Vendle, una señora con otro proyecto descabellado, convertir Gowanus en Boerum Hill, una especie de bastión blanco realzado en una zona predominantemente negra y latina. Una de las preocupaciones de Lethem es etnográfica, pero su testimonio (es difícil no pensar en una enorme carga autobiográfica) nunca es fríamente descriptivo, sino vívido, hondo y complejo. Gowanus marca a Dylan. Un niño blanco y rubio de 6 años al que su madre saca del encierro y la seguridad de su casa para enviarlo a la calle Nevins, a que conozca a los niños que son la fauna urbana del asfalto. ¿Cómo era ser el único niño blanco de la calle? ¿Cómo era ser uno de los pocos blancos en la Escuela Pública? ¿De qué manera toda la tensión racial y cultural acumulada inconscientemente en Gowanus descargaba, como una corriente eléctrica, por el cable a tierra que representaba Dylan Ebdus? Esa es una de las marcas más evidentes de la novela. El aprendizaje de Dylan es duro. Abandonado por su madre y bajo la pasiva mirada de su padre enclaustrado, Dylan está solo. Tiene a Mingus Rude, sí, su mejor amigo negro, un ser extraordinario, subyugante, pero Mingus no está en la novela para ser el Virgilio de nadie. De hecho, cuando antes dije que esta es una novela frustrante, me refería más que nada a la forma en la que Lethem se empeña en truncar cada posible vía hacia soluciones convencionales que podríamos calificar de “novelescas”. Si la expectativa del lector se inclina como una viruta de hierro magnetizada hacia una esperanza cálida, la historia no tarda en elegir una bifurcación que se niega a sí misma la posibilidad de volverse reconfortante. Y ahí radica la fuerza de Lethem, porque cada viraje funciona como adentrarse en un camino más y más personal.

A medida que Dylan crece, accede a toda una serie de universos: el de los cómics de Marvel, el de los grafitis, el de las fiestas callejeras con pinchadiscos, el del consumo y trapicheo de drogas varias. Todo tiene su lugar y su desarrollo, no se trata de contexto o de elementos colocados allí para cumplir su función en la historia, son partes esenciales de los personajes. Así, Barret Rude Junior (padre de Mingus y ex cantante de los Subtle Distinctions) es un hombre lanzado a la autodestrucción absoluta por medio de la cocaína y el crack. Mingus es, entre otras cosas, Dose, un grafitero que alcanza niveles de leyenda de distrito. Dylan se convierte en crítico musical orientado especialmente a la música negra (soul, más que nada). Abe Ebdus dedica su vida monástica a la realización de su película pintada a mano (fotograma por fotograma).  No se trata de personas que hacen ciertas cosas, sino de personas que son íntegramente lo que hacen, como si hubieran sido colonizados por una idea (una obsesión, un ansia) hasta convertirla en su naturaleza, una naturaleza que luego no puede ser doblegada.

Algunas palabras para Dylan: se trata de un protagonista con una fuerte vocación de segundón. Nunca está en el centro del asunto, se limita siempre a ser testigo, aprendiz, víctima, satélite, sidekick o comparsa. Atraviesa Gowanus igual que atraviesa su infancia y su juventud, como una sonda que recolecta datos, que aprende cómo funcionan los sistemas en los que vive (Brooklyn, Manhattan, Camden, Berkeley) y que se ajusta con precisión termodinámica a ellos para recibir la menor cantidad posible de daño. Retraído, da siempre la sensación de estar huyendo, a una distancia insalvable de sí mismo.

Un punto que no es menor en el artefacto literario de Lethem es la inclusión y normalización de elementos fantásticos. En este caso, ese elemento se materializa en el anillo de Aaron X. Doily, un vagabundo con la capacidad de volar. Así de simple. Un anillo que parece salido de un cómic de La Legión de Superhéroes del siglo XXX. Lo que hace Lethem con esto es un prodigio y llevaría mucho rato entender cuáles son los recursos que maneja para conseguir que este anillo no haga implosionar la novela que, por lo demás, es realista hasta el corazón de sus huesos. Lo cierto es que el hecho de que Dylan herede el anillo de Doily y que luego cree a Aeroman, que comparta el secreto con Mingus, con quién ocasionalmente juguetea a combatir los abusos callejeros en Brooklyn, todo eso no destruye, ni siquiera erosiona, la sensación de que todo lo que se nos cuenta es perfectamente verosímil (en tanto responde a una impecable lógica interna) y que, por lo que importa, no nos hemos movido un ápice del ámbito de un riquísimo realismo permeable.

La novela comienza con un estilo indirecto libre muy cercano a Dylan, un estilo flexible que Lethem utiliza tanto para dar grandes panorámicas como primeros planos muy cerrados. El contrapunto entre el plano abierto y el acercamiento es una herramienta ideal para las intenciones de Lethem de tratar a Gowanus como el protagonista silencioso de la gran parte de la novela. De hecho, no es difícil pensar en Gowanus como en “La Fortaleza de la Soledad” del título (referencia directa, para los infames despistados que siempre hay, a la secreta fortificación que Superman tiene en el Ártico). Sin embargo, hay un punto en el que Lethem parece perder la fuerza y recurre a un cambio de perspectiva para cerrar la novela: primera persona. En mi opinión, acá el asunto se desinfla un poco y comienza a tambalear. La evidente decisión de frustrar todas las líneas convencionales lleva a Lethem a un lugar incómodo en el que no es justo esperar conclusiones ni cierres redondos. La idea no es cerrar nada con un moño, eso está claro, lo que parece es que la primera parte de la novela responde (ya lo dije) a ese deseo o necesidad de dar testimonio personal de un tiempo y un lugar, y de los habitantes de ese tiempo y ese lugar, mientras que la segunda responda más a la curiosidad de saber qué ocurre con esos habitantes a los que se ha lanzado a la ficción. Lethem evalúa el riesgo y hace su apuesta. No puede jugar de otra forma.

Mingus Rude, Arthur Lomb, Gabriel Stern y Tim Vandertooth, incluso Aaron X. Doily: Dylan nunca conocía a nadie que no estuviera a punto de convertirse en alguien distinto. Tenía un talento especial para conocer a personas a punto de despojarse de una identidad o disfrazarse con otra. Para entonces ya se lo tomaba con calma.

Calificación: Muy buena
Título original: The Fortress of Solitude (2003)
Traductor: Cruz Rodríguez Juiz
Random House Mondadori, 2004
ISBN 978-84-397-2354-7

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