Incendios, Richard Ford

Ford
Ford
***
***

Great Falls es una ciudad relativamente pequeña ubicada en el centro del Estado de Montana, fronterizo con Canadá. Recibe su nombre de las grandes cascadas que la expedición de Meriwether Lewis y William Clark tuvo que rodear en algún momento entre los años 1805 y 1806, en su camino al oeste. “Fall”, en tanto sustantivo, es una forma de decir cascada o salto de agua, pero si lo pensamos en forma de verbo se refiere más directamente a la acción de caer, de derrumbarse o rendirse. A esta ciudad (cuyo nombre anuncia grandes derrotas) se muda, a comienzos de 1960, la familia compuesta por Jerry, Jean y su hijo, Joe, un muchacho de dieciséis años que oficia de narrador de la novela. Jerry es el que ha llevado a su familia allí, con la esperanza de prosperar. Es un instructor de golf en clubes privados, maduro, atractivo, seguro de sí mismo, confiado, un poco ingenuo. Aunque hasta ahora la suerte financiera no le ha sonreído, espera poder establecer contactos con algunos de sus alumnos en los campos de golf para salir de pobre. Esa es una idea a la que uno no tendría que apostarle muchos billetes, pero el cándido de Jerry cree en ella.

La presencia nefasta de los incendios del título es permanente. Los montes ubicados al sur y el este de Great Falls arden durante el verano y el comienzo del otoño, las cenizas suben por el aire, enturbian el sol, son arrastradas por el viento, descienden sobre los campos. Todo es culpa del fuego. “Los incendios hicieron que las cosas cambiaran, que se propagara por Great Falls un sentimiento –una actidud general- cercano al desaliento”. Estas circunstancias adversas hacen que mengüe el trabajo en el club de golf hasta que ocurre el inevitable despido de Jerry. La pérdida del empleo acentúa las diferencias con su mujer, Jean, que desde un principio no quería irse a vivir a Great Falls, una ciudad en la que tampoco ella tiene trabajo ni conoce a nadie. Sin embargo, Jean se toma las cosas con pragmatismo, sale a buscar un trabajo y lo consigue, mientras Jerry, en cambio, parece deambular por ahí sin saber cómo reaccionar al imprevisto vuelco de los acontecimientos. Herido en su amor propio, hay algo turbulento y problemático en el interior de Jerry que parece arremolinarse sin solución. Y como situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas, Jerry decide que llegó la hora de sumarse a una cuadrilla e irse a apagar los incendios, una tarea reservada para desempleados, borrachos, delincuentes o indios (y para cualquiera que cumpla con esas cuatro condiciones a un tiempo).

El adolescente Joe, nuestro observador privilegiado, ve cómo el matrimonio de sus padres se descompone en partículas.En solo tres días de ausencia de Jerry, Jean consigue un amante bastante pintoresco, Warren Miller, un hombretón de más de cincuenta años, ex combatiente, al que le va bastante bien: tiene una gran casa, una lancha, una avioneta, un Oldsmobile, silos de granos, etc. Joe es puesto estúpidamente en el medio del romance, llevado adelante con una torpeza inmensa. Y es la perpleja mirada de Joe la que construye todo lo que vemos, lo suficientemente cerca de la acción para saber lo que pasa, pero lo bastante lejos para calzar bien con el estilo de Ford, con esa reticencia que busca siempre el punto más neutro y contenido posible de contar algo, en un equilibrio entre dos extremos en los que quizá podríamos situar el melodrama y la indiferencia. Mientras trata de evitar estos peligros, Ford deja que espiemos con Joe, que se convierte en un compañero ocasional, confidente y testigo del drama doméstico de sus confundidos padres. Todos tienen algo para decirle a Joe, algo que en realidad se están diciendo a sí mismos, pues Joe no es tenido en cuenta nunca como un personaje, sino apenas como un punto de referencia: si Incendios fuera una película, cuando los demás personajes hablan con Joe estarían hablándole a la cámara, en un intento apenas disimulado de romper la cuarta pared. Ahora que lo pienso mejor, creo que cuando Jerry, Jean y el propio Warren tienen esas breves conversaciones con Joe lo que en realidad hacen es una especie de metadiscurso, un comentario velado de interpretación de la propia historia. Eso puede llegar a ser molesto. Además, frecuentemente esas intervenciones caen en cierto tono sentencioso, como una larga lista de máximas demasiado solemnes (salvo que quizá sea así como todos los adultos se dirigen a los adolescentes, con ese estilo tan poco vital), hasta construir una especie de subtexto de la historia, su sedimento filosófico explícito.

Todo se volatiliza en Incendios, el amor entre Jerry y Jean, lo que ambos daban por sentado del otro, la perspectiva de su futuro como pareja y como familia, la imagen que su hijo tiene de ambos, el orden del mundo cerrado que compartían. La vida se revela ante los ojos de Joe como algo frágil, mutable, capaz de dar repentinos giros que te hacen caer de la silla, y que una vez en el suelo, después de la gran caída, la vida no termina, sino que continúa transcurriendo con una forma que no había tenido hasta entonces. El estilo de Ford toma esta volatilidad vertiginosa y la serena, depurándola hasta llevarla a una forma elegante. Y es por eso que incluso el capítulo en el que Jerry intenta prenderle fuego a la casa de Warren Miller es un capítulo ordenado y limpio. La violencia y la desesperación nunca se filtran hasta tocar el nivel del discurso, quiero decir que el discurso jamás se vuelve loco.

Temáticamente emparentada con los relatos que forman Rock Springs, la mayor extensión de Incendios no le otorga una mayor complejidad argumental, solo le da la oportunidad de explayarse en las zonas quietas de la acción, plegarse sobre sí misma y avanzar con un ritmo más pausado hacia un desenlace controlado y una lección aprendida: todo lo sólido se desvanece en el aire.

-Eso es -dijo Warren Miller, y supongo que se refería al libro. Me miró de nuevo-. Hay veces en que tienes que hacer algo que no está bien sólo para saber que estás vivo -dijo. En voz muy baja, como para que no lo oyera mi madre.

Calificación: buena.
Título original: Wildlife (1990)
Traductor: Jesús Zulaika
Editorial Anagrama, Barcelona, 1991
ISBN 978-84-339-7786-1

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s