Las cosas que perdimos en el fuego, Mariana Enriquez

Enriquez
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Una antología de cuentos de horror suena a otro tiempo. A esas recopilaciones decimonónicas o de principios del siglo XX que reúnen los mejores cuentos de un Algernon Blackwood o un William Hope Hodgson, dónde se reúnen una docena de relatos pensados para asustar al más pintado. Da mucho gusto -especialmente si uno, como quien firma, ama el género- encontrar que no, no es privativo de otro siglo este tipo de libros y que es más, puede ser una antología por completo en sintonía con la literatura de este siglo XXI y al mismo tiempo, lograr esa sensación tan grata de sentir cómo se erizan los pelos en la base de la nuca y se nos obliga a movernos incómodos ante el remate de cada relato. Eso -y más- logra el estupendo nuevo libro de Mariana Enriquez “Las cosas que perdimos en el fuego”.

En doce relatos -que orbitan entre medianamente extensos y sorpresivamente breves- Enriquez construye un universo propio, una Buenos Aires tenebrosa y visitas específicas a regiones del interior de Argentina -El Chaco, La Rioja- donde nadie sale mejor librado. Con homenajes explicítos y no tanto -incluye un relato netamente lovecraftiano: “Bajo el agua negra”- y en sintonía con otros autores argentinos de su misma generación como son Leonardo Oyola (la representación villera, la parafernalia de la santería) o Matías Bragagnolo (los horrores de la deep web), Enríquez se va -y nos va- ensuciando las manos, hundiendo más y más en horrores que oscilan entre lo sobrenatural -hay una buena dosis de fantasmas o casas encantadas, una de ellas incluída en uno de los mejores relatos del conjunto: “La casa de Adela”- y lo cotidiano. De hecho, quien esto firma sintió mucho más escalofriantes (pero eso irá en cada uno, por supuesto) aquellos relatos dónde no hay nada fuera de esta mundo pero en los que, por lo contrario, alcanza y sobra para aterrorizar aquello que mora en este.

Es común señalar que toda antología tiene relatos mejores y peores, ya que es muy difícil que todos los que la integran mantengan el mismo nivel. En el caso que nos ocupa, es dudoso entender que haya algún relato “malo” -ya que directamente no los hay- pero si da la impresión que cuando Enríquez tiene más espacio para desarrollar -“El Chico Sucio”, “La Hostería”, “Los años intoxicados”, los ya mencionados “La casa de Adela” y “Bajo el agua negra”, “El patio del vecino”- mejor le va. De hecho, en comparación, los más breves se sienten algo abruptos, y quizá menos logrados. En este mismo tren de destacar, el notable “Tela de araña” se erige como uno de los mejores, así como por ser probablemente el único que incluye cierto remanso de humor (negro, pero humor al fin).

Con horrores de este siglo, con presencias que bien pueden estar simplemente a la vuelta de la esquina, con una intención que va más por inquietar antes de aterrorizar, Enríquez presenta en “Las cosas que perdimos en el fuego” una docena de relatos que dentro de su impronta completamente personal cabe entender como “de género”. Ese tan esquivado género- horror en este caso, pero no faltan los autores que vilipendian el policial o la ciencia ficción- que sin embargo sigue tan vigente como siempre. Una docena de relatos que una vez leídos logran que uno mire nervioso a su alrededor, que vaya al cuarto del nene a escucharlo respirar mientras duerme o hasta la puerta de calle a comprobar que ha cerrado todas las cerraduras.

También vive mucha gente en la calle. No tanta como en la plaza Congreso, a unos dos kilómetros de mi puerta; ahí hay un verdadero campamento, justo frente a los edificios legislativos, prolijamente ignorado pero al mismo tiempo tan visible que, cada noche, hay cuadrillas de voluntarios que le dan de comer a la gente, chequean la salud de los chicos, reparten frazadas en invierno y agua fresca en verano. En Constitución la gente de la calle está más abandonada, pocas veces llega ayuda. Frente a mi casa, en una esquina que alguna vez fue una despensa y ahora es un edificio tapiado para que nadie pueda ocuparlo, las puertas y ventanas bloqueadas con ladrillos, vive una mujer joven con su hijo. Está embarazada, de unos pocos meses, aunque nunca se sabe con las madres adictas del barrio, tan delgadas. El hijo debe tener unos cinco años, no va a la escuela y se pasa el día en el subterráneo, pidiendo dinero a cambio de estampitas de San Expedito. Lo sé porque una noche, cuando volvía a casa desde el centro, lo vi en el vagón. Tiene un método muy inquietante: después de ofrecerles la estampita a los pasajeros, los obliga a darle la mano, un apretón breve y mugriento. Los pasajeros contienen la pena y el asco: el chico está sucio y apesta, pero nunca vi a nadie lo suficientemente compasivo como para sacarlo del subte, llevárselo a su casa, darle un baño, llamar a asistentes sociales. La gente le da la mano y le compra la estampita. Él tiene el ceño siempre fruncido y, cuando habla, la voz cascada; suele estar resfriado y a veces fuma con otros chicos del subte o del barrio de Constitución.

(del cuento “El Chico Sucio”)

Calificación: muy buena
Editorial Anagrama (febrero 2016)
ISBN 978-84-339-9806-4

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2 comentarios en “Las cosas que perdimos en el fuego, Mariana Enriquez

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