Siete casas vacías, Samanta Schweblin

El más reciente libro de cuentos de la autora argentina, Samanta Schweblin, está compuesto por las seis piezas que formaron el conjunto que obtuvo el  IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero se les suma “Un hombre sin suerte”, galardonado con el Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo 2012. Estamos ante un libro con credenciales.

Schweblin
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En este volumen, Schweblin desplaza el centro de su interés en tanto al género: lo fantástico queda de lado y su lugar viene a ser ocupado por las perspectivas psicológicas quebradas de sus personajes principales o narradores. Si antes la tensión (la búsqueda de Schweblin es, siempre, la tensión) se generaba a partir de un fenómeno extraño, muchas veces innominado, ante el cual la comprensión resbalaba sin solución, ahora la tensión se crea desde la perspectiva trastornada de personajes que, ya sea por una enfermedad identificable (el alzhéimer en “La respiración cavernaria”, la demencia senil en “Mis padres y mis hijos”) o no, enrarecen el texto hasta desquiciarlo. El trastorno (etimológicamente, ese giro al otro lado) es la puerta de entrada que Schweblin usa para entrar al mundo dentro del mundo. Lo cotidiano se rasga cuando, ante una circunstancia normal, los personajes no responden normalmente y fuerzan, con su conducta, los límites del orden convencional. Por eso, no es raro que sean los agentes del orden (la policía, propiamente) los que aparecen en los relatos que llegan a un punto excesivo de desviación: “Mis padres y mis hijos” y “Un hombre sin suerte” (que es, con distancia, el cuento más logrado). En ambos, hay niños implicados en circunstancias sexualmente ambiguas con adultos, pero Schweblin diseña las situaciones de forma que no haya nada que pueda señalarse como claramente erróneo o “malo” en sí mismo. Al negarle al lector una resolución, intenta sostener esa ambivalencia más allá del final, como una forma de no liberar la tensión. Eso explica que tantos finales sean deliberadamente abiertos, y ese es un cambio respecto a los cuentos iniciales de Schweblin (casi todos los de “El núcleo del disturbio” y muchos de “Pájaros en la boca”) en los que el lector podía, sin duda, esperar el movimiento final, ese golpe de cierre con moño que ataba el artefacto.

El estilo de Schweblin está hecho de frases cortas, de precisión, de adjetivación controlada, de puntuación que pauta la lectura casi con ritmo de metrónomo, y es un estilo férreamente dirigido, es necesario repetirlo, a mantener la cuerda de lectura a un alto nivel de tensión: siempre hay una amenaza inminente, algo ominoso que acecha, algo que puede pasar en cualquier momento, el lector es obligado a no bajar la guardia.  Es interesante hacer el ejercicio de preguntarse qué no hay en los cuentos de Schweblin. No hay nada que no sea pertinente, no hay momentos de distensión, no hay ni un solo momento de humor. Esto implica que tampoco haya matices y que los hallazgos y descubrimientos que ofrecen todos los cuentos se parezcan mucho entre sí, lo que le otorga al libro una verdadera fuerza de conjunto, es verdad, pero también lo vuelve redundante.

-¿Dónde está la ropa de tus padres? -pregunta Marga.
Cruza los brazos y espera mi respuesta. Sabe que no lo sé, y que necesito que ella haga una nueva pregunta. Del otro lado del ventanal, mis padres corren desnudos por el jardín trasero.
-Van a ser las seis, Javier -me dice Marga-. ¿Qué va a pasar cuando llegue Charly con los chicos del súper y vean a sus abuelos corriéndose uno al otro?
-¿Quién es Charly? -pregunto.
(de “Mis padres y mis hijos”).

Calificación: buena.
Editorial Páginas de Espuma, 2015
ISBN 978-84-8393-185-1

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