Sunset Park, Paul Auster

Auster
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Muchos de los fallos de esta novela se encuentran representados en el tratamiento que Auster le da al personaje de Miles Heller, el eje alrededor del cual se ordenan los demás. Miles Heller es un prototipo tan puramente austeriano que casi podría ser pensado como el producto de un imitador, alguien que, habiendo leído las novelas publicadas por Auster entre 1991 y 2004, decidiera ejecutar una especie de tributo destinado a desbarrancar hasta el cenagoso terreno de la parodia. Así que tenemos que vérnoslas con este pauperizado remedo de lobo estepario que es Miles Heller: hombre de 28 años que ha abandonado a su familia para irse por el mundo (el mundo es Estados Unidos), viviendo aquí y allá, realizando rudimentarios trabajos físicos, muy por debajo de las notables capacidades intelectuales que, según se nos dice, posee; hasta terminar en el Estado de Florida, vaciando las casas de los desalojados durante la crisis inmobiliaria de 2008. El motivo de su huida es otro tópico extraído del “baúl de recursos frecuentes” de Auster: la perfecta combinación entre pérdida trágica y culpa mortificante (hermanastro muerto en accidente de tránsito ambiguo). Miles es uno más en esa extensa galería de personajes que una y otra vez lo abandonan todo para salir al descampado, autoflagelándose por los errores del pasado. En la concepción de Auster, el dolor es romántico y encantador: ennoblece y realza al portador, como una prenda elegante. El doliente se vuelve irresistiblemente atractivo a los ojos de todos los demás: “¿Era la intensidad de sus silencios lo que le hacía merecedor de tanta atención, la reservada y misteriosa naturaleza de su personalidad lo que le convertía en una especie de espejo donde los demás se proyectaban, la escalofriante sensación de que estaba y no estaba allí al mismo tiempo? Era inteligente y guapo, sí, pero no toda la gente guapa e inteligente emitía esa magia…”. Es imposible creer o sentir siquiera una pequeñísima porción de todo ese dolor que carga el pretendidamente magnético y subyugante Miles, porque Auster decide que no va a tomarse el trabajo de mostrarlo, lo que va a hacer en su lugar es contarlo o, aún peor, comentarlo. En cierto modo, “Sunset Park” es menos una novela que el comentario de las notas que podrían haberse convertido, con suerte y trabajo, en una novela. Porque no alcanza que se repita cada cinco páginas que todos están enamorados de Miles (Pilar, su novia cubana de diecisiete años; Ellen, Alice y hasta su amigo Bing, compañeros en la ocupación del edificio abandonado en el barrio que da título al libro) si el lector no ve en ninguna parte un indicio que justifique esa fascinación. Por eso, la novela lo deja a uno tan frío, porque uno no lee una novela para que le cuenten cómo es tal personaje, sino para ver por sí mismo cómo es, y aquí esa posibilidad está vedada. La voz de Auster se interpone y ofrece a cada momento afirmaciones: nos dice lo que sienten y piensan todos los personajes, pero no es capaz de hacerse a un lado para que podamos compartir nada de eso. Hemos sido reducidos al papel de espectadores pasivos de un espectáculo de títeres.

Auster pone en juego otro de sus procedimientos habituales, probablemente con la intención de establecer conexiones internas que le den cohesión a su novela: el bombardeo de citas y mamushkas metanarrativas provenientes tanto de la alta cultura (Beckett, Shakespeare) como de la cultura popular (baseball, cine). Es así que se entretejen referencias cruzadas que vienen a cumplir la función del resaltador fluorescente. Se hace una lista de lanzadores de baseball con historias particulares de vida: exuberantes talentos frustrados por desgracias repentinas, hombres perseguidos por la mala suerte, hombres sempiternamente afortunados, etc.; de una u otra manera todos los personajes importantes de la novela pasan, en algún momento, por “Los mejores años de nuestra vida”, la película de 1946 de William Wyler; también se habla una y otra vez a “Los días felices”, la obra teatral de Samuel Beckett… y Auster se vuelve burdo, tan evidente en su intención de dejarnos claro lo que intenta decir, que uno podría pensar que ha perdido gran parte de sus destrezas pasadas, toda la capacidad de ser indirecto y sutil (nunca lo fue mucho, hay que aceptar).  Vamos a un ejemplo de estos procedimientos para que no quede como una acusación tirada al aire sin más. Se insiste con que Miles Heller es un hombre herido. Por un lado, tenemos las referencias a la película de Wyler sobre la vida de los excombatientes de la Segunda Guerra y su difícil retorno a su país y sus familias, marcados por las heridas, físicas, emocionales, que los cambiaron para siempre. Auster, empeñado en convertir a su Miles en uno de los excombatientes de Wyler, se lanza a la declaración frontal: resulta que siendo niño, no tendría más de 11 años, Miles le mostró a su padre una redacción de análisis de “Matar a un ruiseñor” en la que concluía: “que las heridas son una parte fundamental de la vida y a menos que uno esté herido de alguna forma, jamás se hará hombre”. Increíblemente profundo y precoz, claro está. Y muchas páginas más adelante, es Alice Bergstrom (la bonachona y obsesiva analista de la película de Wyler) la encargada de preguntarse: “¿A qué guerra ha ido Miles Heller, se pregunta, qué combates ha librado, cuánto tiempo ha estado fuera? Es imposible saberlo, pero no hay duda de que ha resultado herido, de que va por ahí con una herida interna que jamás sanará, y que quizá por eso lo respeta tanto: porque sufre y nunca habla de su dolor”. Ojalá Auster siguiera el ejemplo de su personaje en ese último punto. Pero sigamos, porque hay más, por si no nos estaba quedando claro. El amigo incondicional de Miles, Bing Nathan, tiene una pequeña tienda de reparación de objetos que van cayendo víctimas de la obsolescencia: máquinas de escribir, plumas estilográficas, radios de válvulas, teléfonos de disco, etc. La tienda se llama “Hospital de Objetos Rotos” y como Miles es, de hecho, una persona rota, no es raro que “Charles Bingham Nathan está dispuesto a hacer cualquier cosa por él…”, porque “sabe que Miles solo es media persona, que su vida está destrozada y nunca volverá a componerse del todo, pero la mitad de Miles que queda es más importante para él que las dos de cualquier otro”.

Casi no hace falta hablar de lo ridículo del final, que no parece tan ridículo porque para llegar a él uno ha tenido que atravesar un buen montón de pamplinas. La impresión que uno se lleva del libro es que Auster pierde fuelle a cada momento: la trama es lánguida, los cruces casuales son extremadamente forzados, los personajes no tienen espesor, el lenguaje es demasiado plano para jugar con los matices (y si uno quiere pintar las perspectivas personales de media docena de caracteres, necesita esos matices como el aire), y las notas repetidas son tan artificiales que no pueden componer una melodía, solo retintín, suave y fácilmente olvidable.

Ella sentada en el césped, leyendo un libro, y él también sobre la hierba con otro libro en la mano, que por casualidad era el mismo que ella tenía, en la misma edición de bolsillo, con idéntica portada, El gran Gatsby, que él leía por tercera vez desde que su padre se lo regaló al cumplir dieciséis años. Llevaba veinte o treinta minutos enfrascado en la lectura y por tanto ajeno a todo lo que le rodeaba, cuando oyó que alguien reía. Se volvió y, en aquella primera y fatal visión, mientras ella le sonreía allí sentada señalando el título de su libro, él calculó que no había cumplido los dieciséis, solo una niña, en realidad…

Calificación: malo
Título original: Sunset Park
Traductor: Benito Gómez Ibáñez
Anagrama, 2010
ISBN 978-84-339-7546-1

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