Diario de un mal año, J.M. Coetzee

Coetzee
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“Diario de un mal año” apareció en setiembre de 2007. En tanto, “Verano”, la parte final de la trilogía de sesgo autoficcional, fue publicada dos años después, en setiembre de 2009. En “Verano”, la última entrevista ficticia es la de Sophie Denoël, una francesa profesora de estudios francófonos que se nos presenta como una antigua colega de Coetzee durante los años en los que ambos enseñaron en la Universidad del Cabo en Sudáfrica. La última respuesta de Sophie es una valoración literaria de la obra de Coetzee: “No los he leído todos. Después de Desgracia perdí el interés. En general, yo diría que su obra carece de ambición. El control de los elementos es demasiado férreo. En ningún momento se tiene la sensación de un escritor que deforma su medio para decir lo que nunca se ha dicho antes, que, a mi modo de ver, es lo que distingue a la gran literatura. Demasiado frío, demasiado pulcro, diría yo. Demasiado fácil. Demasiado falto de pasión. Eso es todo”. Estas palabras podrían aplicarse sin problemas a “Diario de un mal año”: aquí tenemos a un famoso escritor, John C., sudafricano que ahora vive en Australia, de 72 años, al que una editorial alemana ha invitado a participar de un libro en conjunto con otros intelectuales de renombre para que aporte su mirada sobre los temas que más le preocupan del mundo actual. Bajo el título “Opiniones contundentes” se nos presentan los breves ensayos que John C. escribe acerca de, por ejemplo, el terrorismo, la pedofilia, la matanza de animales, la razia… A su vez, en una segunda línea se desarrolla la relación entre John C. y Anya, una joven (de suculento trasero) a la que John C. ve en el parque delante del edificio en el que ambos viven y a quien convence para que se convierta en su mecanógrafa. Anya vive con su pareja, Alan, y esa es la tercera línea de la historia, la forma en la que John C. se convierte en un factor distorsionante en la pareja, sus opiniones acerca de él, acerca de sus breves ensayos, acerca de si va a lanzarse o no, en algún momento, encima de Anya. Y esas tres líneas se entretejen, porque Anya influye sobre las opiniones de John C. y los artículos de John C. influyen a Anya, y el simple hecho de haber entrado en un nuevo sistema de relaciones hace que todos se muevan de su posición original, que toda la configuración tenga que cambiar para hacerle lugar a las nuevas fuerzas.

En mi opinión, ni uno solo de los ensayos de John C. es especialmente brillante. En realidad, se trata de bocetos, apuntes de ideas que quizá más desarrolladas podrían haber llegado a un punto original o removedor, pero que así dichas, acotadas por la brevedad y la fragmentariedad que la estructura del libro impone, son apenas estampas o viñetas de pensamiento sin un peso específico importante en sí mismas. El tema es que ninguna de las tres líneas posee ese peso y que lo que ganan en la fricción entre sí tampoco es tanto, de modo que el que tambalea es el volumen entero. Eso no pasaba tanto en el anterior libro de Coetzee que deliberadamente se había dispuesto combinar ensayo y ficción: “Elizabeth Costello”, y tal vez la explicación haya que buscarla en que la señora Costello es un personaje  mucho más interesante que John C. Éste es un hombre solitario a las puertas de la peor parte de la vejez y que ya empieza a olfatear la cercanía de la muerte, pero todavía está vivo, todavía puede desear la vida. Y ese es, en el fondo, el tema de todo el libro, que se vuelve explícito en el comienzo de la segunda parte, titulada “Segundo diario”, que contiene las opiniones descartadas para formar parte del libro alemán y de los fragmentos de una carta que Anya le envía a John C. luego de haber abandonado a Alan. Pero volvamos al tema de la muerte, el temor a la muerte y la necesidad de compañía:

Anoche, un sueño turbador.
Me había muerto, pero aún no había abandonado el mundo. Estaba en compañía de una mujer, una de los vivos, más joven que yo, que había estado conmigo cuando morí y comprendía lo que me estaba sucediendo. Hacía lo posible por suavizar el impacto de la muerte mientras me protegía de otras personas, personas a las que no les importaba mi nueva situación y querían que partiera enseguida.
A pesar de su protección, aquella joven no me mentía. También ella dejaba claro que no podía quedarme; y, en efecto, yo sabía que mi tiempo era escaso, que disponía de uno o dos días como máximo y que, por mucho que protestara, llorase y me aferrase, no podía cambiar las cosas.

¿Recuerdan el relato de John Cheeer “El ángel del puente”? Vuelvan a leerlo. El caso es que el narrador de ese relato está viviendo un momento muy duro de su vida espiritual: “Mi vida estaba acabada, nunca volvería a tenerla: todo lo que yo amaba: el coraje de un cielo azul intenso, la lujuria o la natural curiosidad ante las cosas. Nada de eso volvería a mí jamás”. Y ahora ha dejado de poder cruzar puentes. Pero tiene que seguir cruzándolos. Frente al puente George Washington, paralizado, dominado enteramente por el pánico, la puerta de su auto se abre y entra una muchacha con un arpa (“créanme”, pide Cheever ante este detalle): “No esperaba que nadie me recogiera en el puente”, dice la autoestopista al acomodarse en el asiento. Luego de una breve charla, la muchacha comienza a cantar una canción folk que dura todo el recorrido del puente: “…le di mi amor a un niñito que lloraba”, dice. Pues bien, Anya también es el ángel del puente de John C., y también le ha dado su amor a un niñito compungido, pero basta leer a Cheever y a Coetzee a la vez para entender lo que Coetzee dice cuando se refiere a sí mismo como escritor, para identificar la pulcritud, el control, el frío pudoroso que bloquean en él toda la pasión y el calor sentimental.

Calificación: regular.
Título original: Diary of a bad year (2007)
Traducción: Jordi Fibla
Random House Mondadori, España
ISBN 9788439720928

 

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