Invención tardía, Horacio Cavallo

Cavallo
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Si hay un posible mascarón de proa de esa “generación” que algunos insisten en ver en la camada de escritores nacidos antes de 1980 y que han ido ganando espacios -tanto de publicación como de visibilidad- en los años recientes, este se trata sin dudas de Horacio Cavallo. Nacido en Montevideo, en 1977, Cavallo lleva poco más de diez años de publicación ininterrumpida alternando los libros de narrativa (tanto de cuentos como de novelas) con los de poesía, así como mantiene una sostenida publicación en materia de narrativa infantil-juvenil. Son de su autoría libros como “Oso de Trapo” (novela, Trilce, 2008), “Fabril” (novela, Trilce, 2009), “Descendencia” (poesía, Ediciones del Estómago Agujereado, 2012) y el imprescindible volumen de cuentos “El Silencio de los Pájaros” (Alter Ediciones, 2013). Avalado tanto por la crítica como por premios -ha sido merecedor del Anual de Literatura, el Municipal de la IMM y de los Fondos Concursables, por mencionar sólo algunos- Cavallo se posiciona sin discusión alguna como uno de los más importantes narradores y poetas de nuestro presente, un escritor de esos a los que conviene no perderle la pista puesto que no defrauda, sea en una novela, en un relato gráfico infantil o incluso en una presencia breve como parte de una antología variada en autores.

En la novela que aquí nos ocupa, desarrolla la historia de Agustín Salerno, un hombre de treinta y algo a quien le obsesiona la historia de su padre, Enrique, “uno de esos escritores para quien el Estado ha colocado una placa recordatoria en su lugar de nacimiento. Sin embargo, si saliera a la calle y les preguntara a quinientas personas al azar quién lo conoce, no más de uno se animaría a afirmarlo”. Enrique murió en un accidente de tránsito cuando Agustín tenía seis años y desde entonces -y en su vida adulta, con la aparición de Lorena, una estudiante obsesionada también con la figura de Enrique- ha tratado de reconstruir su figura, quién era, así fuera a partir de las pocas anécdotas que logra ir recogiendo y, mayoritariamente, desde su literatura.

Así, el hijo y la estudiante -que irán a su vez desarrollando su propia relación con sus particularidades- irán construyendo una suerte de “puzzle” (como lo describe Hugo Fontana desde la contratapa) que conformará un padre, un autor, un Enrique posible. Pero no es lo único que la novela irá construyendo: por su parte, por voz propia de Agustín, iremos sabiendo más y más de él, aprendiendo que se esconde detrás de su propia búsqueda. Porque no le faltan secretos al propio Agustín, quién se ha construido a sí mismo de la misma manera que ahora construye la figura de su padre: mediante retazos, decisiones a veces equivocadas y una gran cantidad de oscuridad.

Entre novela autoficcional y tenso ejercicio de terror psicológico, Cavallo aporta además una prosa impecablemente bien escrita. Una novela que a medida que avanza se complejiza y a la que son pocas las críticas que se le pueden hacer (acaso esa constante obsesión del autor -y de muchos otros autores nacionales- con la figura omnipresente de Onetti, algo que puede cansar a los menos pacientes). A su manera, entonces, Cavallo construye la historia de un viaje. Un viaje que los protagonistas hacen conformando la figura mítica de un padre, de un escritor idealizado al que irán construyendo mediante especulaciones, imaginación, posibilidades, prueba y error, pero también el viaje que el protagonista hace hacia su propia alma y lo que encuentra allí, entre los recovecos de la memoria.

Mi padre tenía cuarenta y cinco años y tres meses su última noche. De acuerdo a la reconstrucción, que incluyó diagramas en horas de desvelo, buscaba una dirección en las cercanías de Jacinto Vera. Le preguntó a una mujer que quemaba hojas secas junto al cordón de la vereda cuál de aquellas calles era Figurita. Lo he pensado tantas veces que la imagen de la mujer señalando el final de la vereda opuesta y la silueta de mi padre con los brazos a los lados han sido parte de mis sueños las pocas veces que consigo recordarlos. Poco o nada sé de esa mujer que volvió la atención a la hoguera mientras él intentaba sin suerte cruzar Garibaldi. La he imaginado blanca, incandescente, con el rostro hundido en el hombro de su marido que vino al primer grito, que oyó la frenada, el otro grito, y persiguió el pasillo de la casa de otras veces siguiendo el alocado ritmo de su respiración. Esa mujer sin rostro, ese hombre que ha doblegado el tiempo, no pudieron hablarme de mi padre. Nunca supe si él, arrodillado, mareado por la sangre de aquel rostro, oyó una palabra. Si mi padre alcanzó a articular alguna cosa suelta, una frase cualquiera, sobre la cual yo mismo hubiera dado vueltas estos años, como si todo fueran tres palabras, tres palabras posibles.

Calificación: bueno.
Estuario Editora, 2015
ISBN: 9-789974-720206

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