La uruguaya, Pedro Mairal

Mairal
Mairal
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Lucas Pereyra es un escritor argentino de cuarenta y pocos años. Ha publicado algunos libros, cuenta con algo de prestigio y acaba de firmar contrato para la publicación de dos libros nuevos en el exterior. Con la excusa de cobrar los adelantos de dichos contratos en mejores condiciones económicas -nos encontramos algunos años atrás, cuando cobrar en dólares en Argentina incluía hacerlo a un cambio oficial que devaloraba sustancialmente la moneda extranjera por sus restricciones cambiarias y no fueron pocos los hermanos del otro lado del Plata que cruzaron a hacerlo en mejores condiciones- Lucas cruza a Uruguay por el día. Pero en realidad cruza también por otro motivo: concretar una infidelidad que viene arrastrando desde algún tiempo atrás, cuando conociera a una joven en Valizas.

Así, a partir de esta premisa, Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) comienza su relato que habla de muchas cosas: la crisis de mediana edad por la que pasa el protagonista, los problemas naturales que tiene un escritor de poco o mediano éxito, el cansancio al que puede llegar una pareja luego de muchos años de relación, ese mismo cansancio construido desde la diferencia de ingresos, etc. Pero lo hace de una manera que incorpora un ritmo feroz -es un hecho que “La uruguaya”, aunque breve (168 páginas), además se lee rapidísimo- y un humor mordaz que hace blanco especialmente consigo mismo, en la carne y piel del personaje principal. Narrado en primera persona, la peor víctima del patetismo de todas y cada una de las situaciones en las que se ve envuelto Lucas, es Lucas mismo.

Para Lucas, Montevideo es como ese romance que no ha logrado todavía concretar: algo idílico y perfecto. Así como imagina -recrea a su propio criterio- a la muchacha, construye Montevideo a partir de los chats con ella, de la música que ella le pasa y las pocas visitas que hizo a la ciudad con anterioridad. Esto, para nosotros, lectores uruguayos, funciona casi que a modo de plus. Como cuando uno mira una película extranjera filmada en nuestra capital y se pasa tratando de reconocer escenarios y lugares, en “La uruguaya” uno reconstruye la ciudad a través de los ojos de Lucas (los ojos de Mairal) y la revisiona. Por supuesto, como todo, cuando es visto de más cerca está lejos de verse tan bien como cuando lo imaginábamos. Le pasa a la ciudad y le pasa también a aquel luminoso romance. Pero en el durante, la Montevideo -y el Uruguay- de Mairal se construye por referencias potentes y extremadamente uruguayas: Fernando Cabrera, el programa de Youtube Tiranos Temblad, Luis Suárez y, obviamente, la obligada mención a Onetti (aparece además un personaje mitad uruguayo-mitad argentino que a quien suscribe le recordó poderosamente a Elvio Gandolfo).

Lucas sale a la madrugada de su apartamento en Buenos Aires y regresa antes incluso de que pase un día. Pero ese viaje tan aparentemente breve, tan cercano, será un parte aguas. Un cambio diametral a quién era, cómo vivía e, inclusive, que esperaba de la vida. Pero a pesar de tratar temas así de intensos -y densos- Mairal imprime a todo el relato un feroz entretenimiento, una pasión por lo que cuenta, que hace de la lectura algo por demás disfrutable.

Mairal saltó a la escena cultural hace unos años con la publicación de su novela “Una noche con Sabrina Love” -que luego tuviera su reconocida adaptación protagonizada por Cecilia Roth- y se ha mantenido presente en años más recientes con trabajos como la reconocida “El año del desierto” y la hermosamente ilustrada por Jorge Gonzáles “El gran surubí”, entre una docena de obras. Es “La uruguaya” una gran manera de entrar a la obra de Mairal, por su caracter tan próximo como accesible, por su prosa vertiginosa y su trama tremendamente entretenida.

Esa guitarrista mínima me apuntaló el alma en todo este año que llevo viviendo solo. Lo que sabía de guitarra me permitió aprender rápido. Es un instrumento simple y puede ser complejo también. La guitarra siempre me quedó grande, me sonaban sucios los acordes, demasiadas cuerdas para tener en cuenta, demasiadas notas en ese puente. Para un autodidacta, para el que toca de oído como yo, el ukelele es ideal. Entendí que prefería tocar bien el ukelele que seguir tocando mal la guitarra, y eso fue como una nueva filosofía personal. Si no podés con la vida, probá con la vidita.

Calificación: bueno.
Emecé, 2016.
ISBN: 978-950-04-3820-9

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