Las niñas de Santa Clara, Gabriel Sosa

Sosa
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Gustavo Larrobla es periodista. Supo ser periodista de investigación, de los jugados, de los comprometidos, pero ahora paga las cuentas colaborando con “Posmo”, una revista de “tendencias” (sea lo que sea que signifique esto) capitalina que, de repente, pretende un viraje hacia un periodismo más serio, con la peregrina idea de atraer otro tipo de lectores al medio. Esto le significa a Larrobla la oportunidad de volver a sus viejas artes al momento de investigar una denuncia de abuso infantil en el pequeño pueblo de Santa Clara, en la frontera con Brasil. Santa Clara es apenas un puñado de casas que sobrevive por la instalación de free-shops que motivan escasas visitas del resto del país y es prácticamente -como comproborá el periodista poco después- tierra de nadie dónde el ya mencionado abuso infantil es apenas la punta de la madeja que descubrirá Larrobla. Así, Larrobla -primero a desgano, más convencido a medida que pasa el tiempo- irá descubriendo mucho de lo todo que pasa de malo en ese lugar.

Gabriel Sosa (Montevideo, 1966) es, al igual que su protagonista, periodista y eso le permite recrear con completa verosimilitud una investigación periodística -que además está basada en hechos reales, por lo que uno imagina sin demasiada dificultad a Larrobla como un alter ego del propio Sosa- y compone una novela que en materia de producción nacional puede estar hermanada con la saga que generara Pedro Peña con su periodista Agustín Flores para la colección Cosecha Roja. La diferencia de fondo, si se quiere, entre esta novela y las escritas por Peña, es la investigación y la manera en que sus personajes protagonistas la realizan. Si bien “Las niñas de Santa Clara” se inscribe en el género negro -desde el momento que está editada dentro de la colección temática argentina Negro Absoluto, prologada por uno de los mayores exponentes de este género en ese país como es Juan Sasturain- no se aparta Larrobla en ningún momento de su condición de periodista que reporta los hechos, y no interviene en ellos ni trata de modificarlos en manera alguna. Larrobla viaja hasta allí, constata los hechos, pregunta, consulta y trata de sacar la mejor nota posible (o, al menos, la que “Posmo” le permitirá publicar) pero los hechos -más allá de horrorizarlo o conmocionarlo- permanecerán fuera de su órbita. No es Larrobla un vengador o un justiciero. Es simplemente un periodista y a eso se mantiene Sosa completamente fiel.

Lo hace incluso desde la prosa que elige para narrar su novela. Alejada de cualquier vuelo poético, Sosa apela a una narrativa llana, sencilla y contundente. Reporta los hechos que le acontecen a Larrobla con la misma conciencia de oficio que suponemos tendrá el periodista a la hora de reportar lo que ocurre en ese pueblo de frontera. Los días de Larrobla en Santa Clara van pasando inexorables y Sosa los data como si se tratara de una bitácora más interesada en señalar cada uno de los hechos que ocurren más que de darles profundidad dramática o estilo narrativo. Parecería que confía -y hace bien- en el lector para que haga esto. Sosa, tal como Larrobla, sólo se limitará a narrar los hechos y a nosotros nos tocará darles su justa importancia.

“Las niñas de Santa Clara” es la tercera colaboración de Gabriel Sosa para la colección Negro Absoluto, pero la primera en solitario. Las dos anteriores fueron “El doble Berni” y “Los muertos de la arena”, ambas en colaboración con el afamado escritor rosarino Elvio Gandolfo. Antes de éstas, había publicado los libros de relatos “Orientales excéntricos” y el muy recomendable “Qué difícil es ser de izquierda en estos días”. Dada la costumbre de la colección Negro Absoluto de generar sagas con sus personajes protagonistas -tanto “El doble Berni” como “Los muertos de la arena” eran protagonizadas por Lucantis, una curiosa mezcla entre detective y encargado de una tienda new age-es de esperar el regreso de Gustavo Larrobla (y del propio Sosa) en una nueva aventura. Ojalá.

-Acá lo tenés al Tomate -dijo Saramago, deteniendo el coche frente a un local ubicado al fondo de una explanada vacía y de aspecto sucio. Detrás de sus cortinas metálicas herméticamente cerradas podía haber una carnicería, un taller de motos o cualquier otra cosa-. Es la whiskería más concurrida de acá, la de mejor nivel. Hay un par más, pero son más bien bolichones para paisanos veteranos que caen del campo a tomarse una y visitar alguna puta vieja. Por el Tomate en cambio pasa todo el mundo. Vos tendrías que entrevistar a la Reina Tomate. Se llama Walter, pero si le decís Reina queda contentísimo. Es el dueño, no hay nada que no sepa.

Calificación: bueno.
Negro Absoluto, Ediciones Aquilina SA, 2016
ISBN: 9-789872-679088

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