El hermano mayor, Daniel Mella

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El rayo es uno de los fenómenos climáticos y atmosféricos que más ha sido asociado a la idea de la divinidad a lo largo de la historia de las mitologías, ya sea como manifestación de la voluntad de Dios, como uno de sus atributos singulares o, incluso, como una personificación concreta de su esencia. En un mundo de personas que creen que una descarga colosal de electricidad estática es la manifestación pura de una voluntad divina, no existen la ideas de azar o caos. En última instancia, siempre hay un sentido. Ese sentido puede ser oscuro o misterioso, pero la fe salva la distancia y proporciona alivio. Ese ya no es el mundo de la familia del “Daniel Mella” (que oficia de narrador en primera persona de esta novela auto-ficcional), cuyos padres educaron a todos sus hijos en la fe del Libro del Mormón de Joseph Smith, una fe de la que cada uno huyó por su propio camino hace tiempo. De modo que, cuando en la madrugada del 9 de febrero de 2014, durante una gran tormenta, un rayo golpea la casilla del guardavidas en la Playa Grande de Santa Teresa, y mata a Alejandro, de 31 años, guardavidas, surfista, músico, su familia ya no tiene un sentido prefabricado al que recurrir. Todo es demasiado concreto ahora que se ha vaciado de la trascendencia espiritual de un tiempo más ingenuo. En cierta forma, este libro es un intento de construir sentido alrededor de la muerte, el dolor, el miedo y la pérdida. Si las respuestas ya no están en un libro sagrado, hay que escribir un libro que no desee ser sagrado, sino uno que desde cada línea intenta escabullirse a la tentación de engolar la voz, un libro que parece querer escapar, también, a su destino de literatura.

Así que Daniel Mella, narrador, construye este libro con un estilo que busca la transparencia, y lo hace al despreocuparse de la estructura o de la elegancia (incluso de la gramaticalidad) de la frase. En la página 92 hay un fragmento en el que se habla de la forma en que Alejandro tomaba las críticas y comentarios que Daniel hacía de sus canciones: “Las discutíamos, pero incluso cuando se trataba de un error gramatical él prefería dejarlas tal como estaban (…) Yo lo acusaba de terco, pero capaz que Ale realmente no sentía ninguna presión de conformar a nadie”. Bien, eso puede aplicarse al “modo de uso” del lenguaje de la propia novela, a su estilo que recurre a construcciones sintácticas provenientes de la oralidad y lo coloquial, y un registro que está muy conforme con sus muchos momentos fallidos (fallidos incluso al tomar en cuenta sus propios términos de juego). Un ejemplo, en la página 135: “Atendí en la cochera. Mi voz retumbaba. No quise hablar demasiado hasta que no hube salido a la calle”. Otro, en la página 9: “Esa noche iban a hacer pizzas en el horno de barro y, sabiendo cuánto le gustaban a Ale, lo llamaron para que se venga”.

La novela se mueve en un presente que se extiende desde el momento en que la familia se entera de la muerte de Alejandro hasta que dispersan sus cenizas en el mar, previo velorio y cremación. Mediante flashbacks, el narrador amplía el rango con pericia, dando saltos que van entrelazando la historia. El manejo de los tiempos verbales merece una mención especial. La elección inicial de establecer la muerte de Alejandro en futuro le otorga al hecho una fuerza casi mística: “Su muerte va a caer un 9 de febrero…”, dice Mella en el comienzo, y suena profético y terrible. La muerte se extiende por el pasado, el presente y el futuro en su inevitabilidad, porque cuando ocurre enloquece el tiempo. Sin embargo, el recurso se agota a sí mismo en la novela, que lo consume en el capricho o el desorden, hasta que llega a convencerse a sí misma de la necesidad de explicarlo, cuando Paco (uno de los hijos del narrador) pregunte, en la página 141: “¿Por qué hablás como si fuera todo en el futuro? –me preguntó-. Si todo eso ya pasó”. Y el narrador responda: “Pero siempre iba a pasar”. Es curioso que en una novela que parece querer ser tan simple, en su lenguaje y estructura, se sienta la necesidad de proporcionar estas interpretaciones a las que cualquier lector podía llegar por sus propios medios, sin mediaciones invasivas.

Hay que hablar del título. ¿Quién es el hermano mayor? Daniel. Si la muerte de Alejandro es la pedrada en la ventana, la ventana es Daniel y la novela es la descripción de las rajaduras en el vidrio. Pero, a su vez, la muerte, que ya había trastocado el tiempo, trastoca el orden y convierte a Alejandro en una nueva clase de hermano mayor: no el que nace primero, sino el que muere primero. Página 93: “Ahora el hermano menor se había convertido en el hermano mayor, y no había forma de revertirlo”. Entonces, ambos comparten el título: de formas diferentes, Daniel y Alejandro se amalgaman por momentos, o, al menos, hay un desplazamiento de Daniel hacia Alejandro, un desplazamiento que comienza con el símbolo evidente de los championes de Alejandro que Daniel empieza a usar casi de inmediato.

Un personaje importante para comprender “El hermano mayor” y, quizá, toda la producción literaria de Mella, es Ricardo (obviamente, Ricardo Henry), a quien Daniel parafrasea más de una vez a lo largo del libro, una de ella, en la página 124: “Él sabía que estaba endemoniado. Los artistas estaban endemoniados o enfermos y todas sus obras eran un revolcarse en su propia mierda o un exorcismo a medias”. Quizá de aquí surja cierto aire de exacerbación que puede percibirse en el libro, cierto enamoramiento de lo enfermo o lo endemoniado que lleva al narrador a declaraciones gratuitas, declaraciones que persiguen la única finalidad de afirmarse a sí mismas, bajo el lema de “cuanto peor, mejor”. Algo de eso parece confesarse en la página 95, cuando, refiriéndose al dolor de sus años adolescentes bajo la agobiante presencia de unos padres demasiado atentos, Daniel afirma: “Puede que haya tenido que inventarme una desdicha para dármelas de interesante, de escritor maldito. Puede que estuviera creando y empezando a creerme mi propia leyenda. Puede que esa desdicha haya sido mi primera invención”. Y es probable que en este libro, por debajo de la anécdota, cada tanto emerja ese artificio que acaba por funcionar como un corsé que le impide a Daniel explorar lo que no está enfermo ni endemoniado, pensando, quizá, que en esos territorios más iluminados no hay ninguna verdad posible.

Para terminar, diré algo sobre el trasfondo esotérico de la novela, que aparece aquí y allá, en la pluma negra sobre el cajón, en el sueño del padre de Alejandro de la choza ardiendo, en la visión de Agustina, la primera novia de Alejandro, de su fantasma junto a la cama. No hay certeza. Si se derrumbó la construcción anterior (el cielo mormón), ahora quedó un vacío que cada uno llena como puede.  Daniel tiene teorías. Una de sus teorías es la de que el miedo tiene un modo de acción subyacente en el Universo. Esta teoría cuaja definitivamente a raíz del episodio de Sandra, cuyo hijo de cuatro años muere en un accidente. Sandra temía, desde el nacimiento de su hijo, su muerte prematura, que al fin había ocurrido. Página 110: “Todos los miedos se iban cumpliendo. Lo dije pensando en Sandra. Verla como el arquitecto de la muerte de su hijito me va a parecer una idea rebuscada, una distorsión morbosa, pero en la lógica de la noche (…) no me cabrá ninguna duda de que el mundo se va a confabular siempre con nuestra parte secreta, disponiendo los materiales crudos para la representación de nuestras pesadillas más privadas”. Algo que ideológicamente no está tan lejos, y que es el reverso oscuro, de la célebre frase de Paulo Coelho: “Cuando una persona desea realmente algo, el Universo entero conspira para que pueda realizar su sueño”.

Calificación: regular.
Casa Editorial HUM, Montevideo, 2016.
ISBN: 978-9974-720-61-9

 

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2 comentarios en “El hermano mayor, Daniel Mella

  1. Hola. Vi que salió este mismo título por la editorial argentina Eterna Cadencia. Me tocó el tema, hace poco murió uno de mis hermanos en una situación abrupta e irreal, y claramente es algo que me desconcierta, me provoca dolor y busco revivirlo a través de la escritura, dándole un giro a un texto poético que tenía armado y donde incluyo de una forma paralela lo que le pasó los diez días que estuvo internado inconsciente hasta que lo desconectaron.

    Disculpá que escriba todo esto, sin tener nada que ver con el post, pero sentía que podía encontrar alguna relación con el proceso que estoy haciendo para convivir y sobre llevar el dolor de la muerte fraternal con este libro, y atendiendo tu reseña me doy cuenta que nada más lejos, muy lejos.

    Muy completo el post, muy detallado. Lo agradezco.

    Saludos,

    1. Hombre del Pantano:

      tal como decís, el libro se ha reeditado en Argentina (y también en España). Lamento mucho lo que me contás de tu hermano. Solo puedo intentar imaginar lo doloroso que puede ser. Ahora tengo que hacer una puntualización, que es, más que nada, una relativización: este libro ha sido comentado de forma muy elogiosa por la mayoría de sus lectores (algunos de ellos, muy calificados), y se ha señalado más de una vez su fuerza emotiva o conmovedora. Con esto quiero decir que quizá el libro sí tenga algo para decirte. Las experiencias de lectura son tan personales, Hombre del Pantano… Yo trato aquí de ofrecer una mirada analítica y sincera, pero quién sabe… ¿verdad? Quizá yo no soy el mejor lector para este libro y tal vez vos sí lo seas (no por tu experiencia de pérdida, necesariamente, sino por motivos incluso más misteriosos).

      Te agradezco la lectura del artículo y te mando un abrazo desde Uruguay.

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