La ciudad invencible, Fernanda Trías

Trías
Trías
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La novela de Trías nos presenta a una mujer en tránsito por Buenos Aires, una ciudad ajena que es el escenario de un tránsito más espiritual que material. La narradora-protagonista vive una separación traumática de un hombre denominado “La Rata”, que la asedia y parece querer expulsarla de la ciudad. Todo lo que sabemos de esto es muy indirecto, la reticencia del discurso es una de las marcas de la novela: el centro de cada asunto queda siempre fuera de cuadro y solo es posible acceder a las réplicas lejanas del sismo, como si de un gran terremoto solo pudiéramos percibir la vibración del agua en un vaso. Y esta intención reticente se explicita (página 50): “¿Cómo nombrar las cosas? Cómo acercarse lo más posible al asunto que se quiere contar, es decir, al corazón del asunto, no a la anécdota. Porque no se puede llegar a él en línea recta; hay que merodearlo, dibujar el contorno a partir de las múltiples vueltas y los múltiples intentos, de modo que al final el asunto quede expuesto como un hombre invisible al que se le ha tirado una sábana encima”. El efecto producido es sutil y sugerente, y paga el precio de cierto aire de levedad o insatisfacción, porque el equilibrio entre decir demasiado y no decir lo suficiente es finísimo, y en esta novela, ante la duda, siempre se elige la discreción. Esto puede apreciarse especialmente en el episodio de la muerte del padre de la protagonista, un episodio pesado y central, que decide resolverse de modo circunspecto, en pocas páginas y confiando en la fuerza de un par de imágenes (página 60): “encontré la cédula de identidad de mi abuela argentina y dentro de una bolsita de tela tan empercudida que parecía de cuero, un mechón de pelo, el primer corte que mi abuela le haría a su hijo predilecto: un bucle rubio. Fue raro, porque durante el velorio –y en contra de la voluntad de mi hermano-, yo había cortado un mechón gris y algo pegoteado de la cabeza de mi padre (…) Puse juntos los dos mechones, el primero y el último, y los llevé conmigo a Buenos Aires”.

A veces, las construcciones teóricas de algunas ciencias funcionan como marcos analíticos de aproximación a ciertas formas artísticas. Cuando esto es posible, el ejercicio de yuxtaponer un modelo esquemático sobre una obra concreta puede venir a revelar las fuerzas cohesivas y no del todo evidentes que pulsaban en la obra, muy probablemente, más allá de la intención del autor. En “La ciudad invencible” hay una buena cantidad de ritos y ceremonias, y el conjunto de la novela, en su intermitencia fragmentaria, es, punto por punto, el testimonio de un rito de paso (de acuerdo a las teorías propuestas por Arnorld Van Gennep en “Les rites de passage”, de 1909). Dice Van Gennep: “…tanto para los grupos como para los individuos, vivir es desagregarse y reconstruirse incesantemente, cambiar de estado y de forma, morir y renacer”. Sigamos con Van Gennep un poco más: “La fase de separación supone una conducta simbólica que signifique la separación del grupo o el individuo de su anterior situación dentro de la estructura social o de un conjunto de condiciones culturales (…); durante el período liminal, el estado del sujeto del rito (o ‘pasante’) es ambiguo, atravesando por un espacio en el que encuentra muy pocos o ningún atributo, tanto del estado pasado como del venidero; en la tercera fase, el paso se ha consumado ya”. De acuerdo a este esquema, se vuelve obvio que la novela se centra en el “período liminal” del rito de paso, nos da noticias de la anterior “fase de separación” y termina en el punto exacto en el que comienza el “rito de incorporación”. La narradora flota en una especie de limbo, sin hogar, sin posesiones, desligada de las condiciones del pasado, y sus características coinciden con las del iniciado de Van Gennep, que “ya no es titular de una posición social culturalmente definida y tampoco ha pasado aún a ocupar otra”. Esto se ve con claridad cuando intenta irse a vivir a una pensión para estudiantes, pero su solicitud es rechazada por todo lo que ella ya no es: “yo no era estudiante, no tenía trabajo fijo y le llevaba diez años a la pensionista más vieja”. La narradora (como el pasante de Van Gennep), se define ante su entorno de forma siempre negativa, como un ente vacío que todavía no ha encontrado el camino del renacimiento a una nueva forma de existencia.

Hay más, los seres transicionales generalmente son recluidos: algo que le ocurre a la narradora cuando, iniciado el proceso legal para obtener una orden de alejamiento contra “La Rata”, se le ordena que abandone su apartamento y que no tome contacto con sus conocidos. Estos seres transicionales también suelen ser representados simbólicamente como si no fueran ni varones ni hembras y, de manera alternativa, pueden írseles atribuyendo características de uno u otro sexo: algo que se condice con la bisexualidad manifiesta de la narradora. En cuanto a las posesiones, los seres transicionales no tienen nada y, según Van Gennep: “su condición es en verdad el prototipo mismo de la pobreza sagrada”. Cuando la narradora por fin consigue su pequeño apartamento sobre la calle Scalabrini Ortiz, no tiene muebles. Su vecina Marita lleva consigo su propia silla cuando quiere ir a charlar con ella. Además, los pasantes suelen ser tratados como seres contaminantes. La narradora, contaminada por la sombra nefasta de “La Rata”, pierde la chance de conseguir un dormitorio en una casa compartida: “Tres días después recibí un correo de Malena rechazando mi candidatura. El motivo: yo aún tenía problemas que resolver; la Rata o yo –quizá los dos- estábamos locos y ella tenía miedo”.

Existe un elemento de mucha importancia para acabar de ver la novela como un rito de paso completo: el grupo liminal, “una comunidad de camaradas (…) Dicha camaradería trasciende las distinciones de rango, edad, parentesco, e incluso, en determinados grupos culturales, de sexo”. El grupo de camaradas de la narradora tiene un par de pilares fundamentales: Ricardo y Marita (y, en menor medida, José Luis, Ada y Dilon), las fuentes de apoyo afectuoso que la sostienen y, cuando el rito ha sido completado, la bendicen. Es Marita la encargada de profetizar lo que le espera al otro lado, a modo de augurio y despedida: “Vas a tener suerte, cabrona”. Y si una ciudad no es el conjunto de sus calles y edificios, sino el trayecto personal que uno ha vivido en ella, es ese grupo de afectos la verdadera ciudad invencible del título.

Mi supersitición consistía en seguir adelante como si nada, como si la ilusión de la beca no brilalra, intermitente, en la oscuridad de mi futuro. La técnica me la había enseñado un amigo japonés: “No miedo, no ansiedad, no esperanza”.
Algo fantasmal ver ese espacio otra vez vacío, igual a como lo recibí, las mismas maderitas levantadas del parquet, las mismas roturas en la persiana, sin huellas de mí excepto por ese último clavo. Hasta la sombra de los cuadros del ex inquilino seguían ahí. Huella sobre huella. Marcas que se acumulan no solo sobre el cuerpo sino también sobre los espacios.

Calificación: buena.
Casa Editorial HUM, Montevideo, 2015.
ISBN: 978-9974-720-29-9

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Un comentario en “La ciudad invencible, Fernanda Trías

  1. HOLA , Leo gracias por tu comentario, me resultó muy claro y concreto, aparte de los comentarios referenciales, me dieron ganas de leerlo, así que haré una visita a mi librería preferida.No he leído a Fernanda Trías. Saludos.Esther López.

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