Todo termina aquí, Gustavo Espinosa

Espinosa
Espinosa
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Enrique “Electrón Rosa” Larrosa y Héber “Mondongo Spel” Espel están en el margen del margen, invisibilizados en la periferia de Treinta y Tres, personajes minúsculos de una “mitología estrafalaria”. No están al mismo nivel, por supuesto, Larrosa es el héroe; Espel, su escudero. También hay una Helena en esta historia: Ana Cecilia Armendáriz Cruz, popularmente conocida como Anita Culo de Buje o Anita Culo, a secas. La tarea del bardo recae sobre Gustavo Espinosa, un alter-ego autoficcional, dislocado y juguetón. La trama es sencillísima: Espel es un abombado, un emporio de deficiencias y trastornos mentales que ha vivido reverenciando la belleza irresistible de Anita Culo; Larrosa es el marido de Anita Culo, profesor de Física, armonicista y frontman del dúo blusero que integra junto a Espel; y Anita Culo es la belleza, objeto de deseo, lascivia, centro irradiador de vida, orden y sentido. Cuando Anita Culo enferma y muere de cáncer, tanto Larrosa como Espel pierden la fuerza de gravedad que los estructuraba y salen despedidos hacia los recovecos afiebrados de sus mentes. Espel crea rituales íntimos, sufre alucinaciones, hace apuestas secretas con el Universo. Larrosa se lanza a una dieta voraz, signo inequívoco de un deseo aterrado de no apagarse, como si pudiera equilibrar la muerte de su mujer con un aumento de volumen, y ese deseo acaba dando toda la vuelta hasta convertirse en lo que fue desde un principio: impulso tanático. Y todo termina en Chile, en un festival musical decadente. Más temprano que tarde, Espinosa, el bardo homodiegético, nos pone al tanto acerca de lo que podemos esperar: “No falta el amor ni la muerte, ni siquiera las enfermedades prestigiosas (hasta una tuberculosis medio anacrónica anda por ahí, lamentablemente)”.

Espinosa se divierte mucho, y eso es evidente en la novela, al permitirse manipular registros y materiales de apariencia diversa: desde una crónica policial de prensa hasta una entrevista a un supuesto músico de relativo éxito, la reseña de un disco inexistente o de un toque del dúo Larrosa-Espel. Los artículos firmados por Espinosa, que forman el cuerpo central de la novela son intercalados con esos otros materiales y con los soliloquios de Larrosa, con promiscuidad desenfrenada. En un ensayo de 1966, titulado “Sobre el estilo”, Susan Sontag decía lo siguiente: “Por lo general, los críticos que quieren ensalzar una obra de arte se creen obligados a demostrar que cada parte está justificada, que no hubiera podido ser de otra manera. Y todo artista, en lo que respecta a su trabajo, rememorando el papel del azar, de la fatiga y de las distracciones externas, sabe que el crítico dice mentiras, sabe que bien pudiera haber sido de otro modo. El sentido de inevitabilidad que una gran obra proyecta no se halla compuesto por la inevitabilidad de sus partes, sino por el todo”. En “Todo termina aquí”, el todo no consigue volver inevitables todos sus elementos. La novela tiene muchas partes que uno podría descartar, partes cuyos aportes al todo son casi intrascendentes. Por mencionar solo algunos: la entrevista a Mario “Tarado” Arbelo (páginas 122 a 131), cuyo único interés reside en mostrar la habilidad de Espinosa para emular la vacuidad de la inmensa mayoría de las entrevistas; el episodio del asesinato en la localidad de Julio María Sanz en el que se ve envuelto Espel (páginas 97 a 102, 120 y 121). En estos y otros pasajes lo que queda es el sabor de un ejercicio de ironía paródica que sufren de cierta hipertrofia al momento de cumplir otras funciones, como proveer información necesaria para la historia. Por eso, en estos pasajes aparece especialmente Espinosa, ya no el bardo, sino el autor, en su plenitud arbitraria y lúdica (que no siempre es divertida).

En este sentido también podemos entender la forma en la que Espinosa se incluye a sí mismo en la novela. Espinosa es, sin dudas, el autor de mayor trascendencia a nivel nacional en la actualidad: reconocido favorablemente y de forma casi unánime por la crítica, galardonado con los premios más importantes del Circuito del ATP literario vernáculo; además, sus títulos tienen reediciones, un fenómeno inusual. Espinosa ha bromeado, en más de una entrevista, con que probablemente una parte de ese reconocimiento venga envuelto en el halo de exotismo que tiene el hecho de vivir en Treinta y Tres. Sabe que apenas una figura alcanza cierto nivel de notoriedad, se la reduce a un puñado de elementos básicos para volverla más fácilmente manejable. En esta novela, Espinosa juega con eso, juega a tomar el control, por un rato, del personaje público que se ha creado a partir de él, y juega, también, a influir en ese personaje, a engrosar de forma risueña su mitología para borronearlo un poco.

Hay que acostumbrar el oído a la peculiar adjetivación de Espinosa (que se encuentra en pleno dominio de su estilo), acostumbrarse a la sucesión de momentos curiosos en los que la frase se contonea y se sacude como un toro mecánico que parece querer sacarse de encima al lector. El tramo más brillante de la novela es el titulado “Aceguá trip” (páginas 50 a 66). Aquí, los sacudones del estilo se amansan, el diálogo está manejado con naturalidad y las estrofas intercaladas del blues que Larrosa compondrá a partir de ese viaje tienen un poder devastador. Este es el corazón de la novela, a partir del cual se irriga la fuerza que la impulsa hacia el final, la fuerza que puede hacer que el lector comparta la desolación de Larrosa y que comprenda la inmensa tristeza que nace de saber, sin lugar para la esperanza, que “todo se pierde. Todo se pierde. Todo se pierde”. Enfrentado a una verdad de esta magnitud entrópica, Espinosa la vuelve comunicable a fuerza de no respetar las normas de etiqueta en el trato con ella, de manosearla, de mezclarla con elementos menos nobles, más impuros; así es que el fin de todo se contagia de lo cotidiano y se vuelve cercano y sustancial: verdadero.

Bajo un árbol ancho y redondo –como el que vi después en lo de Mondongo- terminamos de orinar y estuvimos hablando del calor mientras yo fumaba. Fernando elogió el Falcón del 81, al que había adaptado no sé qué motor diesel; solo en aquel auto tan amplio ella podía viajar más o menos cómoda. A pesar de que duró lo que dos cigarrillos fumados con avidez, la conversación fue una vertiginosa esgrima de digresiones en la que yo terminé asegurando que el objeto más bello del mundo era un Delahaye rojo de doce cilindros que había visto en una exposición en Balcarce. De repente Fernando se puso de espaldas a mí, de cara al campo. Estuve mirando sus espasmos hasta que me animé a apretarle el húmero izquierdo y decirle que, bueno, ahora había que seguir, further up on the road, qué se le iba a hacer.
Mi nena quedó dormida / paramos para fumar / Sí, en el viejo pueblo de Arbolito / paramos para llorar / y mi amigo Gus me dijo / tenemos que continuar.

Calificación: buena.
Foto del autor: Iván Franco.
Casa Editorial HUM, Montevideo, 2016.
ISBN: 978-9974-720-38-1

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2 comentarios en “Todo termina aquí, Gustavo Espinosa

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