Yugoslavia, Matías Núñez

Núñez
Núñez
***
***

Matías Núñez nació en Venezuela en 1981. Dos años después, su familia se trasladó a Uruguay. Él ha vivido en Estados Unidos, España y China. Cuando Núñez habla de inmigración lo hace con conocimiento de causa. “Yugoslavia” se desarrolla en St. Louis (Missouri), en pleno midwest, y sigue los trayectos personales de tres uruguayos que se reparten las principalías: por un lado, la pareja de veinteañeros con visos adolescentes formada por Juana y Facundo; por otro, el incomodísimo e inasible Horacio. Al comienzo de la novela Juana trabaja en una lavandería industrial junto a muchas otras mujeres, casi todas ellas son inmigrantes latinas. Sus compañeras de trabajo creen que Juana es yugoslava: saben que no es yanqui porque su modo de hablar inglés es claramente no nativo, pero también es rubia y de piel blanca, lo que les impide pensar en ella como proveniente del Caribe o Sudamérica (en St. Louis, la comunidad bosnia es numerosa, y cualquier extranjero caucásico, en el imaginario popular, es homologado a alguien que se ha escapado del borbollón bélico de los Balcanes). Este error de denominación deja de ser un detalle al pasar cuando se convierte en el título de la novela y comienza a actuar como un símbolo de la descolocación doble que sufre Juana (y que se extiende a los demás): ya no solo ha llegado a un país ajeno, sino que no puede entrar a ningún otro grupo de pertenencia, como si hubiera caído en una especie de limbo de la identidad social, sin ningún vínculo posible de soporte o rescate.

La secuencia de apertura de la novela en la lavandería industrial termina con una pierna de Juana metida literalmente entre los rodillos y engranajes de una cinta transportadora. La poderosa intensidad de toda la escena la distancia (y la salva) del peso de su fuerza alegórica: los inmigrantes siempre son engranajes, siempre más cerca que todos los demás de la mugre, del peligro, del lado podrido de las cosas. Pero hay algo más: ¿cómo llegó Juana a quedar con la pierna destrozada por la máquina? Llegó allí por rechazar el acoso sexual-laboral de Robert, el encargado de personal de la lavandería. Para Juana, el precio de la dignidad es una pierna.

Facundo, en tanto, es un diseñador gráfico bastante pueril y egoísta que, a todas luces, no tiene madera para hacer frente a la situación que vive. La decisión de irse con su novia de la adolescencia a meterse de cabeza en un lugar como St. Louis, sin otro contacto que el de Horacio, un tipo al que ni siquiera conoce demasiado, parece una de esas estupideces de campeonato que podrían salir bien una de cada cien veces. Sin trabajo real ni otra idea de cómo conseguir algún ingreso, Facundo termina un día (un solo día) en un junker: un gigantesco desarmadero de automóviles que, en la descripción de Núñez, adquiere un aspecto post-apocalíptico. La sucesión de esa clase de escenarios, inmensos espacios industriales y decadentes, se convierte en una música de fondo para la novela, dotándola de una sordidez subyacente siempre a punto de eclosionar. Todo es soterradamente violento, quizá porque en esos ambientes no hay espacio para las relaciones humanas significativas. Los que padecen juntos esas condiciones ni siquiera tienen la capacidad de apoyarse unos a otros, de alivianar la carga colectiva, pues han sido reducidos a elementos aislados y funcionales.

Horacio es el personaje más importante de la novela: se ha presentado como voluntario para que se prueben en él ciertas drogas experimentales. Necesita los quinientos dólares para salir del país antes de que lo atrapen, lo procesen y lo encierren. Horacio es un polvorín, un manojo de trastornos que mezclan una estructura afectiva seriamente dañada con una sexualidad torcida y estallidos de violencia incontrolable. Cada vez que Horacio entra en escena, uno sabe que todo se puede ir al carajo en cualquier momento. Estas son palabras de Matías Núñez: “Sólo quiero decir que esta novela tiene algo de la desmesura que significó para mí trabajar en un junker desarmando coches -y no imaginan lo agotadoramente liberador que es astillar un parabrisas con un martillo o deformar una carrocería hasta convertirla en un paisaje lunar-. Porque las consecuencias que me dejó a nivel personal la escritura de este libro son semejantes a las de aquellos divertimentos desaforados: una feliz extenuación…”. Hay algo de eso en Horacio, como si Horacio fuera una manifestación sobredimensionada, llevada más allá de sus últimas consecuencias, de esa desmesura que un ambiente excepcional no solamente permite, sino que requiere. El junker se convierte en una metáfora de un lugar en el que pueden ponerse en juego libremente y de forma catártica impulsos que no tendrían cabida en ningún otro ambiente, algo así como un espacio donde las estructuras normativas externas han sido abolidas y sustituidas por otras, quizá más salvajes, quizá más puras.

La novela intercala pasajes narrados en tercera persona por otros en los que tanto Juana como Facundo y Horacio toman la palabra directamente, ya sea en cartas dirigidas a diferentes destinatarios o en soliloquios íntimos. Quizá, en las cartas que Facundo les envía a su padre y a su hermana (páginas 100 a 115) esté lo más flojo del libro, porque, al fin y al cabo, Facundo es el personaje menos atractivo de los tres, y el cambio de tono y profundidad que le impone su voz a la novela socava, en parte, la solidez de la estructura. En la lista de puntos objetables, figura la inverosímil violación de Horacio a Juana y un desenlace que funciona como un corolario débil en comparación con los muchos puntos altos de la novela. Quizá este no sea un problema de la novela, sino de mi preferencia personal como lector, pero creo que el libro debería haber terminado en la página 156, luego del notable fragmento dedicado al refugio subterráneo anti-tornados, cuando, por fin, ante la inminencia del desastre natural, aparece un impulso de aproximación, de comunión, que suspende durante el tiempo de la emergencia, el quiebre.

La sirena de tornados tiene algo que hermana, algo de silbato para perros que pone en alerta a toda la jauría sin excepción: porque el sonido invasivo de la sirena irrumpe en las rutinas de las personas con una simultaneidad pavorosa, deteniéndoles masivamente los gestos y haciéndoles elevar las cabezas ante un mismo llamado como si en todas las radios comenzara a sonar Pink Floyd con alguna de sus canciones atmosféricas diseñadas para alterar la mecánica celeste.

Calificación: buena.
Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 2014.
Premio de Narrativa “Narradores de la Banda Oriental” 2013.
ISBN: 978-9974-1-0881-3

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s