Diez pequeños indios, Sherman Alexie

Antes de la llegada de los europeos, la tribu Spokane (“hijos del sol”) ocupaba un territorio de aproximadamente 12.000 km2 al noroeste de lo que más tarde serían los Estados Unidos, en los estados de Washington, Idaho y Oregon. En enero de 1881, el presidente Rutherford B. Hayes, destinó para la tribu una reserva de 643 km2: “la nueva y más diminuta casa de los indios Spokane”, según ellos mismos. El censo de 2011 indica que en ese año la tribu contaba con 2.708 miembros.

Alexie
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Sherman Alexie nació y creció en la reserva, y su obra, tanto en poesía como en relato y novela, se apoya en su experiencia dentro y fuera de la reserva, y la trasciende. El valor de la obra de Alexie no puede ser restringido por su carácter más documental, en tanto testimonio antropológico de lo que significa ser un nativo americano en la actualidad, pues su literatura tiene, en sus mejores momentos, la capacidad de ser más de una cosa a la vez, la búsqueda y el hallazgo de tesoros contradictorios y paradójicos.

Llegué a Alexie a través de un relato publicado en 2011 en la página Hermano Cerdo y traducido por Mauricio Salvador: “Lo que empeñes, yo lo recobraré”. Cada algún tiempo volvía a ese relato y lo releía por el puro placer de sentir su ritmo de fábula grotesca, su humor doloroso, su ternura, su nostalgia profunda. Este relato fue publicado por Alexie en The New Yorker en 2003 con el título “What You Pawn I Will Redeem” e incluido, más tarde, ese mismo año, en la colección titulada “Ten Little Indians” que tardó todavía siete años en aparecer en castellano, bajo el sello de la pequeña editorial zaragozana Xordica.

“Diez pequeños indios” es un conjunto de nueve relatos que toma su título de una cancioncita popular infantil. El hecho de que los relatos sean nueve es el primer chiste de los muchos que forman parte de este libro. Empecemos, entonces, por el humor. Se trata de un humor chispeante, inquieto como un niño, aparentemente descontrolado, pero en verdad manejado con un pulso tan preciso que nunca pone en riesgo la fuerza dramática de las historias que atraviesa. De hecho, la potencia cómica del libro es tal, que difícilmente pudiese encontrarse una mejor foto de solapa que la elegida, en la que se ve a un joven Alexie, de pelo largo y dientes blancos, riéndose con la boca abierta. Y uno de los puntos que el libro quiere dejar en claro es el de la relación indisoluble entre la risa y lo indio: la risa que no se olvida del fondo amargo o trágico de la existencia (de un pueblo, de una pareja, de un individuo). Y lo que en verdad quiero decir acerca del humor en “Diez pequeños indios” es que no genera, como cabría esperar, momentos de distensión, sino que suele aparecer para preparar y provocar los  picos más pronunciados de patetismo. Dicho esto, vamos a hacer un repaso del libro, relato por relato.

El primer relato se titula “El motor de búsqueda”; en él, una joven estudiante india, Corliss, sigue el rastro de un misterioso poeta perdido de la tribu Spokane, Harlan Atwater, a partir del hallazgo fortuito de un libro de poemas: “En la reserva de mi mente”. El narrador, una tercera persona muy próxima a Corliss, nos la muestra como a una chica observadora, curiosa, divertida de un modo filoso; también ingenua, con una gran necesidad de sentido y trascendencia. Cuando Corliss se topa con el poemario de Atwater, se pregunta: “¿Y quién podía rescatar los poemas de un indio Spokane sino otro Spokane? Corliss sintió el peso y el calor del destino”. Este relato señala uno de los motivos centrales del libro, el de la identidad india, inasible, contradictoria, irresoluble; y el de la búsqueda de una clave externa que ayude a comprender esa identidad. Se trata de una búsqueda que es también un camino de retorno a uno mismo: salir, buscar, encontrar, volver, reunir. No es extraño que el primer poema de Atwater que Corliss lee se titule “La ceremonia del nombre” y que trate de un indio que hace dedo junto a una ruta mientras confiesa que no tiene un nombre indio, así que ha tenido que inventarse unos cuantos: “Pero si me llevas puedes utilizar para mí y todas mis partes / cualquier nombre que tú me quieras poner”.

Entonces, Corliss necesita encontrar a Atwater. ¿Por qué? Porque es una india universitaria amante de la poesía y cualquier indicio de que eso no es un error ni una traición a su sangre es un tesoro. Corliss emprende una pesquisa virtual que arroja resultados dos semanas después: una entrevista a Atwater en un pequeño periódico de Seatle. Que el periódico sea insignificante hace que las respuestas engoladas de Atwater suenen todavía más ridículas. Esto no desanima a Corliss. Luego de más pesquisas, una llamada y un viaje, la chica se presenta frente al elusivo poeta. “¿Quién soy? ¿Quién debo ser? Preguntas antiguas que respondían ceremonias antiguas”.

¿Y qué es lo que descubre Corliss? Que su poeta Spokane no es exactamente un Spokane, pues fue criado por una familia blanca de Seatle y prácticamente no vivió en la reserva. Sus poemas indios son convenciones: “Lo indio es fácil de fingir. La gente ha estado haciéndolo durante quinientos años. Yo solo era mejor que la mayoría”. Tiene sentido que este sea el relato que abre el periplo del libro, por dos motivos. Para empezar, la declaración de Atwater podría ser leída también como una confesión de Alexie o como su intento de nombrar ese lugar de enunciación (el del indio que cuenta desde dentro el mundo indio) para problematizarlo, para no caer en el fingimiento o para ponernos sobre aviso acerca de ese riesgo. En segundo lugar, el relato pone bajo el foco el tema de la extinción simbólica de lo indio una vez que su forma de pensarse y relatarse a sí mismo ha sido conquistada e infectada de forma irreversible por la mirada extraña. Así, cuando un indio abre la boca para nombrarse, la voz que usa no es la suya y el nombre que pronuncia es falso. Y de esa representación, la representación que encaje con la idea que flota en el imaginario colectivo sobre lo indio, surge una aprobación exultante y seductora. Eso le pasó a Atwater: se convirtió en el poeta indio que los demás, blancos e indios, esperaban que fuera, porque sus mentiras encajaban sospechosamente bien con unas cuantas ideas que estaban allí antes que él.

“Nunca finjas ser un indio cuando no lo eres”, le dice Atwater a Corliss. ¿Entonces? Entonces, la extinción. Extinguidas las condiciones culturales que generaron lo indio, lo que queda es un ejercicio de nostalgia, de emulación, de solemnidad mística o de parodia involuntaria. Corliss busca algo que ha desaparecido para siempre. La tragedia es que, aún comprendido esto, no puede dejar de buscarlo. “La cosa es –dijo él-, que los dos mejores, las dos personas más honorables y leales de mi vida son mi madre blanca y mi padre blanco. Así que dime, chica, ¿qué tipo de indio soy?”

El segundo relato está lejos de la calidad y potencia del primero. Se titula “Liga de abogados” y es la narración en primera persona de un partido de básquetbol amateur que hace un abogado mestizo, hijo de un negro y una bailarina india: “así que desde el punto de vista genético soy un monstruo elegante”. La crisis personal del monstruo elegante se relaciona con el amorío inconducente que lleva adelante con una mujer blanca, dado que no lo cree conveniente para su carrera política como concejal. Ese es uno de los vectores que confluyen en el partido de básquetbol con los demás abogados blancos cuando Big Bill, uno de esos tipos insoportables y fastidiosos que es fácil encontrar en cualquier grupo de deportistas aficionados, empieza a meterse con él. “Big Bill ha sacado su diccionario de sinónimos para encontrar algún término equivalente a negro de mierda, o una metáfora para negro de mierda. La corrección política ha hecho que los racistas se conviertan en poetas”. Y eso es todo lo que hay para contar aquí, un poco de violencia cotidiana e impersonal, una anécdota menor de individuos que no parecen actuar por sí mismos, sino ser actuados por una corriente invisible más grande que ellos mismos.

“¿Puedo conseguir un testigo?”, el tercer relato, cuenta un atentado suicida en un restorán desde la perspectiva de una superviviente que logra arrastrarse fuera del lugar en el que acaban de morir veintitrés personas, en un estado de shock epifánico. En la calle se encuentra con un hombre, un transeúnte (quiero decir, no un paramédico, bombero o policía), y consigue que éste la lleve hasta su casa, donde todo se envuelve en el caos inexplicable de la situación postraumática, como si la onda expansiva de la explosión estuviera reverberando en la realidad, desarticulando su sentido y anulando las reglas previas.

El cuarto relato del libro es un punto muy alto del trayecto, se titula “No entres dócilmente” y puede ser ubicado en la categoría de historias hospitalarias que involucran niños muy pequeños y padres al borde de la desesperación total. Lo que Alexie consigue en este texto es muy difícil de trasmitir y tampoco es fácil dilucidar la forma en la que lo consigue, por eso deberá ser suficiente decir que en seis páginas todo es convocado a través del Trueno de Chocolate: un consolador de treinta y ocho centímetros que se convierte en la antena mágica que conduce al relato a una apoteosis inesperada, bienvenida y catártica. Cabe preguntarse, tras el punto final, qué clase de hallazgo hemos presenciado.

“Patrones de vuelo” es, probablemente, el relato más político del volumen, en él, un hombre de negocios indio deja a su mujer en casa y se sube a un taxi conducido por un etíope con rumbo al aeropuerto. Ambos hombres entablan una conversación en la que el 11 de setiembre de 2001 es un asunto central; a partir de allí, Fedaku, el taxista, cuenta su propia historia de guerra, combate, deserción y desarraigo. El relato parece tener la intención de mostrar el impacto a pequeña escala de la devastación que provocan los conflictos globales, a la vez que aboga por las posibilidades del diálogo, la empatía y la comunicación entre las personas. Pese a estas intenciones (o a causa de ellas) es un relato que se siente lastrado hacia la medianía.

“La vida y los tiempos de Estelle Walks Above” es la elegía a la madre india del narrador, y se trata de un texto de ánimo silvestre, no domesticado y salpicado de travesuras que entran y salen del relato hasta convertirlo en una madeja de ocurrencias en la que uno puede encontrar frases como: “Espero que Hitler se coma a tu perro en el infierno”. La Estelle de este relato bien podría ser la versión adulta, casi crepuscular, de la Corliss del primer relato (al menos, uno puede verse tentado a pensar que Corliss tiene todo para convertirse en Estelle): “Es duro ser una chica lista en cualquier parte, pero es mucho más duro en una reserva”. Alexie declara cada vez que puede que ser parte de una (o dos, o tres minorías) hace la vida de las personas mucho más difíciles de un modo que no puede ser imaginado o sopesado por fuera de esa pertenencia.

La mirada de Alexie es compasiva, siempre más indulgente que severa, sin interés por las afirmaciones tajantes y concluyentes; en cambio, está mucho más preocupado por presentar los ángulos más problemáticos y contradictorios de sus propios planteos.

En “¿Sabes dónde estoy?” aparece otro de los mejores momentos del libro: la historia completa de Sharon y David, una pareja india. Se trata de un texto magníficamente comprimido, resultado de una condensación cuidadosa, que ocupa apenas veinte páginas pero que se despliega más allá, hasta una extensión indefinida (este efecto es algo común en los relatos de Alice Munro). Siempre es un misterio, ¿verdad? Las maneras y los medios que algunos tienen de expandirse mucho más allá de sus límites concretos, físicos y temporales, hasta producir esa sensación de paso del tiempo, de transcurrir de vida. En este caso, el relato parte del perfecto amor adolescente y simbiótico de Sharon y David y la forma en que este se rompe a partir de una mentira original (más bien estúpida), un pecado de egoísmo que mancha para siempre lo que era inmaculado y lo ubica en un nuevo lugar, uno más real, en el que ese amor podía por fin dejar de ser perfecto para seguir existiendo.

Y luego llega el relato narrativamente más relevante del volumen, del que ya hablé en el comienzo: “Redimiré lo que empeñaste” (en la traducción de Daniel Gascón), una especie de fábula circular estructurada a lo largo de las veinticuatro horas en la vida del indio vagabundo Jackson Jackson, durante el día en que pasa intentando reunir los 999 dólares que necesita para comprar el atavío perdido (robado) de su abuela muerta. Jackson Jackson, un borracho lleno de mentiras, desconsolado y divertido, atraviesa el día a medida que se vuelve evidente que nunca tuvo opciones reales de conseguir lo que buscaba. El relato cambia de registro como de tonalidad con cada nuevo personaje itinerante que se cruza en el camino de Jackson Jackson. Y aunque al final el indio consiga, por una vez, una sonrisa compasiva de la fortuna, y se vista con el atavío de su abuela para bailar en la calle, la danza festiva es triste, porque quizá todas las danzas festivas son tristes. Jackson Jackson recuperó lo que buscaba, sí, pero en realidad recuperó solo lo que podía ser recuperado, y ese es todo el consuelo que está a su disposición, y probablemente es todo el consuelo que la mayoría de los indios del libro están buscando.

Y llegamos al último relato, “¿Qué fue de Frank Snake Church?”. Aquí tenemos a Frank, un guardia forestal de cuarenta años que fue una promesa del básquetbol juvenil y que dejó de practicarlo cuando murió su madre, a modo de ofrenda de duelo. Pero tras la muerte de su padre, Frank prácticamente enloquece de dolor y retoma el básquetbol, más de dos décadas después. Entrena como un poseso, se revienta los músculos y los huesos con tal de hacer retroceder el tiempo y ganarse una segunda oportunidad en las canchas. Encuentra instantes de gloria en partidos casuales en la calle, gimnasios y campeonatos de amateurs, pero es una pelea perdida, solo eso, la historia de una pelea perdida. Frank está viejo y no importa lo bueno que haya sido o lo obsesivamente que se prepare, porque la pelea que él quiere pelear ya es imposible, es fantasmal.

Treinta y nueve años es viejo para un indio Spokane. Lo bastante viejo como para entrar en la Asociación Estadounidense de Indios Jubilados. Frank se echó a reír. Sangriento y herido en esa montaña, quizá con lesiones y torceduras en el corazón que serían imposibles de reparar, y seguía haciendo chistes. Qué indígena, pensó Frank, qué maravillosamente aborigen, un aplauso, un aplauso, un aplauso, un aplauso para mí y para mi pueblo.

Calificación: muy bueno.
Título original: Ten Little indians (2003)
Traductor: David Gascón.
Xórdica, Zaragoza, 2010.
ISBN: 978-84-96457-57-5

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