El gato tuvo la culpa, Hebe Uhart

Uhart
El gato tuvo la culpa

El periplo de la literatura de Hebe Uhart (Moreno, Buenos Aires, 1936) ha sido lento, largo, casi secreto. Desde 1962, año de su debut con Dios, San Pedro y las almas, su obra ha encontrado su lugar de forma casi exclusiva en pequeñas editoriales independientes de existencias breves y visibilidades limitadas. En Argentina, el círculo de sus lectores era reducido; fuera de su país ese círculo no existía. Por algún motivo, sus cuentos y sus novelas no conseguían acceder a eso que suele llamarse “el gran público”, a pesar de contar con devotos ilustres, como su amigo Elvio Gandolfo o Ricardo Piglia, por no hablar de Fogwill, quien estaba dispuesto a afirmar a los gritos que Uhart es “la mejor cuentista argentina”. La respuesta de Uhart: “Fogwill es loco”. Sin premios, sin reconocimientos, sin aspavientos, Uhart continuó escribiendo y publicando a un ritmo constante. Alguna vez, comentó: “Yo siempre estoy a contrapelo de las épocas: o soy de antes o soy de después”. No le faltaba razón. Nadie extraordinario parece ser cabalmente contemporáneo. Y sin embargo, al menos de alguna manera, su época le dio alcance cuando dos editoriales independientes de creciente prestigio, Adriana Hidalgo Editora e Interzona, publicaron los libros de cuentos Del cielo a casa (2003) y Camilo asciende y otros relatos (2004). Llegan las reseñas en los grandes medios, la crítica la celebra, recibe el premio Konex y es captada finalmente por el radar de una editorial de fuste internacional, Alfaguara, que en 2010 publica sus Relatos reunidos, una antología de 500 páginas de cuentos y novelas breves originalmente publicados entre 1962 y 2004 que sirvió para ubicar a Uhart en un sitio que sólo ella podía ocupar, aunque sabiamente lo desdeñe.

El gato tuvo la culpa es el resultado de una segunda criba de la frondosa producción de Uhart: 29 cuentos y una nouvelle que habían quedado fuera de la selección de Alfaguara y que funcionan como la ampliación del mundo narrativo de Uhart, que parece estar siempre contando la misma historia a la vez que la expande mediante variaciones cada vez más finas. El orden cronológico de los relatos ayuda a percibir la gradación del tono, que se vuelve más personal con el paso de los libros, de modo que si en los primeros textos la influencia de Felisberto Hernández es evidente e insoslayable al nivel de la frase, hacia la mitad del volumen nos encontramos ante una asimilación completa: la voz de Uhart es ya enteramente suya, y aunque Felisberto nunca la abandona, desde entonces la acompaña de un modo más delicado.

Mucho se ha dicho acerca de la capacidad de Uhart para captar el habla de las personas y para volcar en sus cuentos esos matices que vienen a definir toda una manera de percibir el mundo y de existir en él. El gato tuvo la culpa contiene un puñado de muestras espléndidas en esta línea: “Cartas de un colono” o “Iorá”, por ejemplo, pero también “Cómo vuelvo”, donde se nos cuenta, en apenas cuatro páginas y media, el dilema de una maestra de escuela rural que luego de pasar toda su vida en un pueblito al costado de la ruta consigue atisbar la inmensidad del mundo que se ha perdido. Esa es una de las fuerzas que tensionan la narrativa de Uhart, la revelación (temprana o tardía, pero siempre problemática) que suele asaltar a sus personajes de que existen otros modos de vivir. Los que intentan acceder a esas otras dimensiones de la existencia suelen fracasar justamente porque llevan en el habla la marca idiosincrática de su origen. Es lo que le ocurre a Maruja, protagonista de “La elevación de Maruja”, cuyo intento de elevación se ve frustrado por no haber visto las suficientes películas de Fellini y Antonioni, por no saber cómo participar de una charla culta de café, por no ser capaz de hacerse entender en francés. Y así, sin una intensidad afectada, Uhart configura el peso de una fuerza que parece querer que todo quede como está. Si bien esa pesadumbre es perforada a cada momento por el humor y el disparate, estas gracias nos son ofrecidas como una tregua que aliviana las penas; no son victorias, sino formas de sobrellevar lo que ha tocado.

Más allá de su oído prodigioso para los diálogos y del pulso para mantener el tono de un relato justo en el punto en el que lo desea, ¿qué lecciones tiene para enseñar Heber Uhart en el panorama de la literatura contemporánea? Probablemente no se trate de lecciones técnicas, sino de una lección ética. Cada vez que tiene oportunidad, menciona con desagrado lo que ella percibe como el solipsismo de los escritores en la actualidad. Esto le decía a Mariana Enríquez y Eduardo Carrera en una entrevista publicada en Revista Anfibia en 2015: “…me parece que los escritores están mal colocados. Mal encarados. Se colocan de manera muy egocéntrica o narcisista. ¿Sí o no? Hay muchos jóvenes que escriben bien pero los embalurda que son egocéntricos”. Por eso, empezar a leer a Hebe Uhart (y El gato tuvo la culpa es una muy buena manera de hacerlo) también es acercarse a la posibilidad de una escritura diferente, como si su ejemplo habilitara un camino artístico menos preocupado en pedirle algo al lector que en dárselo.

¿Sabe en lo que yo pienso? En cómo vuelvo yo a mi pueblo. Estoy acá, hablo con los maestros salteños, que me cuentan su pobre vida de allá, más pobre que la mía; escucho el altavoz y pienso que si en este lugar hay un mundo cuánto más habrá más allá, en todos lados, y ahora que estamos por volver, no hago más que preguntarme, ¿cómo vuelvo yo a mi pueblo?

Blatt & Ríos, 1era reimpresión, Buenos Aires, 2016.
ISBN: 978-987-3616-06-8

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