Tan cerca en todo momento siempre, Joyce Carol Oates

Oates
Tan cerca en todo momento siempre

Cada página de las cuatro nouvelles que componen este libro es incómoda o frustrante. La escritura de Joyce Carol Oates (Nueva York, 1938) muestra aquí su inmensa capacidad para producir un efecto envolvente que impide encontrar un ángulo inocuo de lectura. ¿De dónde surge esa potencia? ¿De qué manera el estilo de Oates ejerce una autoridad tal que obliga a su lector a implicarse? Para empezar, Oates se complace en mostrar abiertamente las vueltas mentales de sus personajes, juguetea con el flujo de conciencia, modula las variaciones del punto de vista y nos hace creer que, en tanto lectores, estamos en un lugar privilegiado desde el que podemos juzgar a los personajes.

En la primera nouvelle del libro, “Mal de ojo”, Mariana es la cuarta esposa (treinta años menor) del célebre, casi legendario, catedrático Austin Mohr. Mariana conoce a Mohr en un momento de extrema vulnerabilidad para ella, luego de la muerte de sus padres. Mohr toma todas las decisiones, sus palabras son sentencias que Mariana confunde con ternura: “Insisto en que no debes estar sola en estos momentos. Y que debes cuidarte mejor. Yo me encargaré de eso, querida”. El sometimiento es absoluto. Una vez casados, Mariana se va a vivir a la casa de Mohr, una casa que parece un jactancioso museo, lleno de exóticos recuerdos de una vida ya cristalizada por completo y que no parece tener un espacio real para Mariana, aunque ella quiera convencerse de lo contrario: “Pero ahora yo soy su esposa, él me ama. Este es mi lugar”. La visita repentina de la primera esposa de Mohr, Inés, trae al presente una truculenta historia (incluye un bebé muerto en su cuna) que adquiere la forma de una oportunidad para Mariana, la de comprender quién es Mohr realmente y qué lugar ocupa ella en ese juego de roles, o lo más importante, hasta qué punto el rol que ha ocupado (¿voluntariamente?) podría estar definiendo su identidad. “Él no se siente cómodo en presencia de mujeres fuertes…”, le advierte Inés.

En el relato que le da título al libro, una adolescente que aparenta menos edad de la que tiene, Lizbeth, conoce a un muchacho mayor que ella (pero, ¿cuán mayor?) en la biblioteca. Lizbeth, igual que Mariana, no es particularmente bella: “Nunca nadie me había mirado como Desmond Parrish me miraba en ese instante”. Lo que comienza como un encuentro fortuito, algo peculiar a raíz de las evidentes peculiaridades de Desmond, va enrareciéndose más con el avance del relato a medida que comprendemos algo que Lizbeth parece no ver, que Desmond toma todas las decisiones de su extraño noviazgo con aires de obsesión. El estallido ocurre cuando Lizbeth da una muestra de su voluntad, una manifestación de su autonomía: no quiere que Desmond le enseñe a tocar el violín. A partir de este punto, el relato deriva hacia el terreno del acoso y el brote psicótico. Entonces, Lizbeth tiene una revelación que ilumina, también, a los demás relatos: “Verme como nada más que una figura, sin mayor sustancia que una muñeca de papel, en la imaginación de alguien más, me horrorizó”.

La imagen de la muñeca es central en “La plataforma”, donde Cecelia, una mujer de veintinueve años (que ha vivido sexualmente paralizada por el abuso sufrido en la infancia) intenta superar el trauma para comenzar una relación con N., el hombre al que ama. El abusador, G., su abuelo, ha sido un hombre poderoso: alcalde, diputado, la máxima figura patriarcal de una familia de alcurnia. Lo magnífico del relato es lo poco que importa lo que Cecelia quiere. Cuando N. se duerme, ella desea suplicarle en susurros: “Ámame aun así, por favor. Creo que… puedo amarte”. Ella quiere ser amada tal como está, rota, “aun así…”; él quiere repararla, y  una vez que la ha forzado a que le cuente su secreto todo parece convertirse más en un asunto de él que de ella; una venganza se pone en marcha: “Al comienzo de su relación no había imaginado cuán agresivo y posesivo podía llegar a ser”. Aquí la mujer es una vez más reducida a una especie de entidad pasiva que puede desencadenar una serie de sucesos, pero no intervenir en ellos, no torcerlos; así, cuando se produce la inevitable confrontación entre el abusador y el vengador, cuando éste lo ataca y aquél comienza a suplicar: “No le suplicaba a ella, sino a N., a quien no había visto nunca en su vida…”. Cecelia ni siquiera entra en el cuadro. Fue la muñeca de su abuelo: “Me he mantenido al tanto de tus novedades, muñequita”. Es la muñeca de su pareja: “Ahora no, muñeca. Estoy manejando”.

En el relato más extremo del libro, “La ejecución”, el protagonista es Bart Hansen, un universitario con un historial no demasiado limpio que incluye una violación grupal, robo, falsificación: un encanto de muchacho. Bart ha decidido que la culpa de todos sus problemas la tienen sus padres, así que va a matarlos. Con un hacha. Mata al padre, pero la madre queda en coma. Mutilada, deforme, sin un ojo, al despertar, la señora Louisa se convierte en el principal testigo de la defensa de su hijo: “Les suplico que nos permitan seguir con nuestras vidas después de esta catástrofe”. Louisa parece encarnar una idea hipertrofiada de la abnegación maternal, una forma de locura que la lleva a querer salvar al hombre que ha intentado abrirle el cráneo con un hacha mientras tararea “die, die, die, my darling”. La idea es espeluznante porque también es plausible.

El subtítulo del libro es “Cuatro nouvelles sobre amores malogrados”, sería bueno no perderlo de vista. Todas las mujeres del libro, Mariana, Lizbeth, Cecelia y Louisa, aman a los hombres que las lastiman. Algo en la estructura de los vínculos funciona como una especie de mandato que ellas obedecen, es decir, como si sus vidas estuvieran siendo vividas por una fuerza externa. Y si bien la lectura secuencial de las cuatro nouvelles puede resultar redundante (las mismas mujeres minimizadas, acosadas, tratadas como objetos; los mismos hombres agresivos, controladores, destructivos); basta sacar la mirada del libro y observar el mundo para ver que esa redundancia no suena inverosímil; ni siquiera suena improbable.

Quería protestar: ella era mucho más que lo que fuera que le hubieran hecho de pequeña.
Era algo que guardaba para sí misma, que la sostenía con su calidez -una piedra térmica, un medallón, una especie de escudo-, que ella llevaba presionado contra su pecho y su vientre, a resguardo debajo de la ropa.

Título original: Evil Eye.  Four Novellas of Love Gone Wrong (2013)
Traducción: Ariadna Molinari Tato
Fiordo, Buenos Aires, 2018
ISBN: 978-987-4178-08-4

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