Declaración: Cuentos reunidos, Susan Sontag

Sontag
Declaración

Susan Sontag fue reticente a utilizar su vida de manera evidente como materia para su obra de ficción. Rehuyó con constancia la escabrosa tentación de la autobiografía y se limitó a odiar con intensidad los libros que otros escribieron sobre ella. Luego de su muerte en 2004, su hijo David esperó todavía una escrupulosa década para editar sus diarios. Sin embargo, los puntos más altos de este libro se apoyan en hechos íntimos, como si para Sontag el ejercicio esporádico de la ficción breve se produjera solamente en momentos de guardia baja. Por eso, en esta recopilación de textos que parecen haberse acostumbrado a estar juntos luego de una larga beligerancia, hay trazos de un boceto que podría titularse: posible retrato de Susan Sontag por ella misma.

¿Quién es Susan Sontag? Susan Lee Rosenblatt, concebida en China, nacida el 16 de enero de 1933 en Nueva York, hija de Jack Rosenblatt y Mildred Jacobson. Niña prodigio de voraz apetito intelectual, precozmente seria, siempre en busca de refugio a la espera de una transformación, devorada por el ansia de la transformación. Susan Lee tiene seis años de edad cuando su padre muere de tuberculosis en Tientsin. Le ocultan la noticia durante meses. Cuando Mildred por fin le cuenta la verdad, la niña no le cree. Jack sigue vivo, entonces, de alguna manera; con el tiempo, comienza a rejuvenecer en la memoria de su hija. Susan Lee, de diez años ahora, prisionera de su infancia, se construye una celda en el patio trasero de su casa en Arizona, un pozo de dos metros de lado por dos de profundidad, cubierto con tablones, una sala de lectura privada, secreta, apenas iluminada por una vela insuficiente. Susan Lee pierde el apellido de su padre a los doce años, cuando Mildred se casa con el piloto condecorado Nathan Sontag, veterano de la Segunda Guerra. La familia se muda a California. Susan Lee Sontag termina la secundaria a los quince años y se matricula en la Universidad de Chicago. Tiene diecisiete cuando asiste a una charla de Philipp Rieff en la sala de conferencias de la Universidad. Susan se queda hasta el final. Al terminar, Rieff se acerca y le toca el brazo. Le pregunta su nombre, la invita a comer. Diez días después, se casan. Susan tiene diecinueve años cuando nace su hijo, David; veinte cuando lee El segundo sexo; veintidós cuando se doctora en filosofía en Harvard; veinticuatro cuando obtiene un puesto en Oxford. Rieff rehúsa ir con ella y pretende que ella desista. Susan deja a su marido y su hijo en EEUU y se va a Inglaterra. Tiene veinticinco cuando llega a París para estudiar en la Sorbona; veintiséis cuando consigue la custodia de su hijo. Aprende a bailar. Descubre el Rock&Roll. Su adolescencia se extiende de los veintisiete a los treinta y cinco. De regreso a Nueva York, publica su primera novela, El benefactor (1963), comienza a escribir para revistas, su nombre suena en el ambiente de la intelligentsia. Tiene treinta y tres años cuando publica Contra la interpretación (1966). Es Susan Sontag. Lleva el pelo negro largo y suelto, su mechón blanco. Hay fuerza en su mirada. Hay, también, un punto de desmesura. Quiere vivir muchas vidas. Nunca estará satisfecha.

El único libro de relatos de Sontag se titula Yo, etcétera (1978). La crítica literaria no fue amable con el libro. Dijeron que era demasiado ensayístico, que los personajes no tenían espacio para respirar, que las historias, aunque ricas en ideas, zozobraban bajo el peso de la incompetencia narrativa de la autora. Probablemente, Sontag haya estado de acuerdo con las críticas menos hirientes. Ella sabía qué clase de escritora era. En 1997, Sontag participó de la presentación de la novela autobiográfica de James Salter, Quemar los días. Sontag dijo en esa ocasión que anhelaba “más de esas oraciones y párrafos que desearía haber escrito o ser capaz de escribir”. Claro que anhelarlo no es suficiente. Vean este fragmento perteneciente a “Repaso de antiguas quejas”: “…esta voz chillona, exageradamente escrupulosa, es la mía. Y si pudiera cambiar mi voz, escribir esto de otra manera, no sería la persona que soy. No tendría el problema que tengo”. Dado que el estilo no es una herramienta, sino una proyección de la personalidad, es indisociable del artista; tener otro estilo es lo mismo que acceder a otro modo de ser y, por lo tanto, a otra clase de sufrimiento. Tal vez, para un artista verdadero su voz siempre sonará como la voz inadecuada, y aunque lo comprenda, el verdadero artista no podrá aceptarlo.

La edición anglosajona de Declaración toma los ocho relatos de Yo, etcétera y le añade tres piezas publicadas por Sontag en The New Yorker entre 1986 y 1987: “Peregrinación”, “La escena de la carta” y “Así vivimos ahora”. La edición española amplía todavía más este corpus, con la adición (más que discutible) de otros cuatro textos. Los altibajos del conjunto responden a la forma en la que fue compuesto. Dado que Sontag fue apenas una autora esporádica de ficción breve, es necesario considerar que sus relatos fueron escritos para ser leídos por separado y que la proximidad a la que se ven obligados aquí no siempre hace que surja lo mejor de cada uno.

El relato central es el que le da título al volumen, “Declaración”, una historia fragmentada (en la que es posible rastrear la influencia de la novela breve Lancha rápida (1976) de Renata Adler). Sontag sentía fascinación por la técnica del relato quebrado, del vacío insinuado. En Cuestión de énfasis (2007), explicita su idea de la utilidad de esta forma: “Hay más libertad para ser elíptico y para compendiar cuando los recuerdos no se relatan en orden cronológico. Los recuerdos –fragmentos de recuerdos transformados- surgen como cadenas de anotaciones exuberantes que envuelven, y ocultan, el meollo de la historia”. Esta cita bien podría ser una glosa  de “Declaración” en cuyo centro está Julia, amiga (quizá, también amante) de la narradora, una mujer depresiva que ha abandonado a sus hijos y vive prácticamente recluida en su apartamento neoyorquino, a merced de sus manías, de los charlatanes, de cualquier indicio de una solución mágica a su dolor. Alrededor de Julia, la narradora disemina una serie de instantáneas que implican a otros personajes sin voz, escenas mínimas, citas, sentencias, reflexiones y frases sueltas que con el correr de las páginas adquieren una textura que hace olvidar su naturaleza quebradiza. De alguna manera, todo se relaciona, pero es imposible decir cómo ha ocurrido. El relato sería apenas un alarde técnico si no estuviera completamente desprovisto de ironía, si no se entregara al lector de una forma tan abierta, casi suplicante.

Entre los relatos de mayor carga autobiográfica del libro se encuentra “Proyecto para un viaje a China” que enfrenta a Sontag con la lejana muerte de su padre bajo la apariencia de una libreta de apuntes que salta todo el tiempo de las confesiones íntimas a ideas más generales, a partir de una estructura en la que la enumeración lo es todo. En tanto, “Peregrinación” es la crónica de la visita dominguera que Sontag y un amigo de sus catorce años, Merrill, le hicieron a Thomas Mann, que por ese entonces vivía, como tantos intelectuales europeos, en la costa oeste norteamericana. A su vez, la visita sirve de excusa para que Sontag se explaye en el contexto de su vida de entonces, la vida de una adolescente peculiar: “Leer y escuchar música: los triunfos de no ser yo misma. Parecía inevitable para mí que casi todo lo que admiraba había sido producido por gente que había muerto (o era muy vieja) o provenía de otra parte, idealmente de Europa. Coleccionaba dioses”.

Se ha mencionado más arriba el deseo de transformación de Sontag. Tanto en “Proyecto…” como en “Peregrinación” hay señales claras de este deseo. Para la casta adolescente que va a conocer a su dios alemán, la esperanza está puesta en el arte y el pensamiento, será por esa vía que accederá a la libertad. Así puestas las cosas, como ya se sospecha, el encuentro con Mann no puede ser otra cosa que una decepción. En “Proyecto…”, en tanto, el viaje a China es una forma de ayudar a su padre a terminar de morir y así mitigar la pena: “Un dolor inconcluso que podría, solo podría, desaparecer dentro de la interminable sonrisa china”. Dejar que el dolor concluya, entonces, y que la niña que todavía lo siente se hunda, al fin, dentro de la mujer transformada.

Más allá de los textos fallidos del libro, las alegorías más o menos burdas o crípticas (“Repaso de antiguas quejas”, “El muñeco”) o los chistes largos con poca gracia (“El nene”, “Jeckyll”), lo que mantiene al lector en alerta es la posibilidad del chispazo de reconocimiento (ese momento que David Foster Wallace llamaba “el clic”), en el que una zona de la humanidad del lector vibra en sincronía con la humanidad depositada en el texto como una verdad susurrada. La ocurrencia de este clic es particularmente alta en “La escena de la carta” un texto en el que Sontag toma una escena de la ópera de Tchaikovsky, Eugenio Oneguin (1879) y la abre como a una flor de origami, para que en su interior quepan otras escenas que se alimentan mutuamente, atravesadas por cartas escritas y no escritas, enviadas y no enviadas, leídas, despreciadas, atesoradas, desechadas. “Amor, por favor sigue escribiendo. Tus cartas me alcanzarán siempre. Escríbeme, aunque sea con tu auténtica diminuta caligrafía. La sostendré a la luz. La aumentaré con mi amor”.

Hay que volver a la pregunta del comienzo. ¿Quién es Susan Sontag? Solo hay pistas. Están en cada uno de sus ensayos, sus lúcidos y contradictorios intentos por alcanzar la autoridad de una certeza, por fijar una posición, ejercer alguna clase de poder, declarar principios, iluminar una idea. Y aunque la imagen total siempre estará incompleta, irremediablemente perdida, las huellas de la identidad que hay detrás de estos relatos amplían el área visible del misterio, pues son de otra naturaleza, una más incierta, más desesperada y equívoca, más insatisfecha.

Al igual que tú tienes el valor de escribirme yo tengo el valor de leer tu carta. No pienses que medito despacio cada renglón, pese a lo cual creo haber entendido por qué te cuesta tanto esfuerzo escribirme. (Date cuenta, tú me has permitido conocerte). Y ello es así porque con cada carta das la impresión de estar escribiéndome por primera vez en tu vida.


Título original: Debriefing: Collected Stories (2018)
Traducción: Aurelio Major: «El muy cómico lamento de Píramo y Tisbe» y «Diálogo entre una descendiente de Noé y un pájaro»; Eduardo Paz Leston: «Así vivimos ahora»; C. Scavino: «Peregrinación»; Eduardo Goligorsky: «Proyecto para un viaje a China», «Espíritus norteamericanos», «El muñeco», «Viaje sin guía», «Repaso de antiguas quejas», «El Nene», «Doctor Jekyll» y «Declaración»; Miguel Martínez Lage: «La escena de la carta»; Margarita de Orellana: «Descripción»; Carlos Mayor Ortega: «Un Parsifal».
Penguin Random House, Barcelona, 2018
ISBN: 978-84-397-3403-1

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