Mentirosos enamorados, Richard Yates

el
Yates
Mentirosos enamorados

Richard Yates tenía veinticinco años en 1951 cuando se mudó a París para seguir los pasos de sus escritores admirados. Ya conocía Francia, aunque de una forma muy diferente: había pasado allí varios meses como soldado luego del final de la Segunda Guerra Mundial, convaleciendo de tuberculosis en un hospital militar. Visto en retrospectiva, su regreso a París anuncia la clase de error al que los personajes de sus obras se verán enfrentados una y otra vez: aunque realicen los movimientos aparentemente correctos en dirección a sus sueños, más tarde o más temprano llegará a ellos la comprensión de que todo el tiempo estuvieron dirigiéndose a un sueño fantasmal.

Una vez en París, sin trabajo y valiéndose de ahorros, Yates se abocó a ejecutar su plan, que incluía escribir cuentos a razón de uno por mes, venderlos a revistas y vivir menos de las magras ganancias que de la satisfacción de un anhelo. Sus primeros catorce cuentos no encontraron comprador, pero Yates ya era el hombre tozudo al que en 1991, cuando su muerte estaba próxima, los alumnos de la Universidad de Tuscaloosa (Alabama) verían pasar en auto por el campus, sufriendo los estragos de un enfisema, fumando y con un tanque de oxígeno en el asiento del acompañante. El relato número quince de su producción parisina fue adquirido por la revista The Atlantic. Yates se convirtió en un autor publicado y ganó 250 dólares.

En 1953, Yates volvió a Estados Unidos para trabajar como redactor y agente de relaciones públicas en las oficinas de una oscura corporación. La mitad de sus ocho horas de rigor las usaba para escribir su primera novela, Revolutionary Road, que se publicaría en 1961 y que es, para muchos, su mejor libro. La novela fue finalista del American National Book Award de ese año, aunque quedó por el camino junto a otra obra ilustre, Catch-22, de Joseph Heller. El impulso que recibió gracias al reconocimiento de la novela sacó a la luz los cuentos que había escrito durante esos años: en 1962 publicó Eleven kinds of loneliness, una colección de relatos reverenciada por la crítica y los escritores de la época.

Claro que Yates sabía que para hacerse un nombre a la altura de sus ambiciones debía dedicarse a la escritura de novelas; para él, los cuentos podían ser un campo de pruebas, una forma de ablandar la mano con miras a asumir proyectos de largo aliento, pero no nunca fueron algo más que una actividad subsidiaria. De modo que se puso a trabajar en su segunda novela: A special providence se publicó en 1969 y Yates siempre la consideró un trabajo débil, o, como solía decir: la causa de que no pudiera construir la reputación de escritor de éxito que buscaba. Había invertido siete años en un libro que era un paso atrás en su carrera. Intentó corregir este traspié con tres novelas más en los nueve años siguientes, pero ninguna llegó a ser tan exitosa como su ópera prima. Y aunque la crítica seguía reconociendo su talento, detrás de los elogios vibraba la idea de que su esplendor iba en declive. Yates comenzó a vivir a la sombra de su juventud. Incursionó en Hollywood como guionista, fue ghost writer y buscó sustento como profesor de escritura creativa en universidades del medio oeste; se casó y tuvo dos hijas, se divorció, volvió a casarse, tuvo una hija más, perfeccionó su alcoholismo, se dejó crecer la barba y su mirada fue volviéndose ansiosa, suspicaz, insatisfecha.

En su edición de invierno de 1972, la revista literaria Ploughshares publicó una extensa entrevista a Yates. Hacia el final de la charla, el periodista lo consulta acerca de ciertos escritores desatendidos por la crítica de la época. Yates habla con generosidad de muchos de sus colegas (sus palabras para Gina Berriault son fervorosas), y termina con la siguiente de declaración de principios: “Y mierda, ojalá estuvieran todos aquí ahora (…) me gustaría estrecharles la mano y desearles suerte. Porque puede ser que la suerte, después de todo, sea la única cosa que un buen escritor necesita. Creo que esta es probablemente la profesión más difícil y solitaria del mundo, este loco y obsesivo negocio de tratar de ser un buen escritor. Ninguno de nosotros sabe nunca cuánto tiempo le queda, o qué tan bien podrá utilizar ese tiempo, o, incluso si lo consigue, si su obra resistirá y sobrevivirá a la terrible e inexorable indiferencia del tiempo”.

Yates tenía cincuenta y cinco años en 1981, cuando publicó su segundo libro de relatos, Liars in Love, editado en español recientemente por Fiordo como Mentirosos enamorados en una traducción del escritor español Andrés Barba. El libro reúne siete largos relatos que tienen muchos más puntos en común con la producción novelística de la última etapa de Yates que con los cuentos de Once tipos de soledad (también editado por Fiordo en 2017). Aquellos cuentos de la edad temprana, acotados a extensiones publicables en medios de prensa, se apoyan en anécdotas que nos conducen a momentos en que se revela, por fin, la particular forma en que un personaje está encerrado en su propia existencia. Empujados por una sola fuerza, el aspecto de esos cuentos es compacto y certero. Los relatos de Mentirosos enamorados, en cambio, buscan producir efectos más ambientales, quizá por eso son mucho más extensos, de modo que proveen el tiempo necesario para el desarrollo de varios personajes a la vez y los bordes de sus significados se desdibujan. Es decir, son relatos escritos mediante los atributos de un novelista. Estos relatos están atravesados por el fracaso, pero no se trata de una clase de fracaso capaz de ennoblecer a los personajes; no hay estrépito alguno en la caída de esos hombres y mujeres que la mayor parte del tiempo se dedican a cuidar las formas, a mantenerse a flote, mientras que secretamente atesoran íntimos deseos de una vida diferente, de alguna clase de mínima grandeza.

En la lista de aspiraciones, un lugar importante lo ocupa la guerra, que se presenta no en su magnitud horrífica, sino como una oportunidad inmejorable para que los hombres le encuentren propósito a su vida. En la novela de 1986, Cold Spring Harbor, padre e hijo comparten esta emoción, sin embargo, es usual en Yates que la guerra nunca entregue lo que se esperaba de ella. Así, el padre, Charles Shepard se enrola en el ejército y llega a Francia tres días después de terminada la Primera Guerra Mundial, y “comenzó incluso a sospechar que toda su vida se vería acosado por una mareante sensación de fracaso”. La misma sensación que décadas más tarde asalta a su hijo, Evan, cuando el ejército lo rechaza. Esta clase de desazón reaparece en Mentirosos enamorados, especialmente en el relato titulado “Licencia por motivos familiares”, en el que el joven soldado de primera, Paul Colby, se encuentra varado en un campamento de reubicación del sur de Francia cuando termina la guerra sin que su división haya llegado a hacer nada demasiado importante para ello. El combate le ha negado su metamorfosis y sigue siendo el mismo adolescente un poco pusilánime. No puede ocultar lo decepcionado que está. Su aventura real es la de intentar perder la virginidad durante un par de días francos en París. No lo consigue. La visita a su madre y su hermana (a las que hace años que no ve) en Londres, no sale mucho mejor. Y aunque el relato no sea demasiado brillante, arroja elementos que pueden ser utilizados para interpretar la visión de Yates del hombre en la llamada era de la ansiedad. Se trata de hombres sobrepasados por sus expectativas e incapaces de asimilar los cambios de un mundo en el que todo lo sólido se desvanece en el aire. No pueden estar a la altura de lo que creen que sus padres esperan de ellos y no saben qué hacer ante una generación de mujeres que son muy diferentes a sus propias madres. Emocionalmente inmaduros, sienten la obligación de sostener una imagen imposible de sí mismos ante los demás, y lo intentan hasta el punto de colapso.

En uno de los mejores relatos del libro, “Saludos en casa”, tenemos a otro ex soldado que, una vez terminada la guerra, intenta encauzar su vida. Tiene un trabajo como redactor, una noviecita, una madre algo desequilibrada (volveremos a este punto) y un compañero de trabajo con el que quiere llevarse bien: Dan Rosenthal. Los divorcios tempranos siempre dejan a los personajes masculinos de Yates sin padre, como entidades lejanas que apenas están autorizadas a circundar el espacio narrativo. De alguna manera, ese espacio paternal queda ocupado aquí por Rosenthal, un personaje que a pesar de tener la misma edad que el narrador parece provenir de un tiempo anterior. De hecho, Yates consigue aquí, con notable sutileza, que bajo la textura de la narración fluya la idea de que Rosenthal es un tipo de hombre imposible, el último espécimen de un linaje que se extinguirá con él. La intensidad de la devoción contenida y casta que Rosenthal demuestra hacia la mujer del narrador (una mujer hacia la cual los sentimientos del propio narrador son endebles y fortuitos) es la señal más clara de que allí hay un dislocamiento en el orden de los elementos. Cuando Rosenthal se entera de que el narrador va a ser padre, luego de felicitarlo no puede evitar comentar: “¿Cómo puede ser que vayas a ser padre si todavía pareces un hijo?” Es casi un efecto de ventriloquía, como si el narrador hablase a través de la boca de Rosenthal, el hombre, parece decirnos Yates, que debería ocupar su lugar si el mundo fuera justo. Sin embargo, hay algo más. Para ser quien es, Rosenthal debe inmolarse a sí mismo, negarse, convertirse en su propio padre. El narrador es quien tiene la vida en la mano, todas las posibilidades de la vida, que desperdiciará una a una más allá del final del relato. Pero no podía ser de otra manera. Lo sabemos.

Y ahora volvamos al apunte sobre la madre desequilibrada, porque ella aparece una y otra vez en la obra de Yates, al menos en tres relatos de este libro y en la desesperante figura de Gloria Drake de Cold Spring Harbor. El caso es que en torno a la idea de la madre divorciada que saca adelante a sus dos hijos (siempre un varón y una niña), se desarrolla el mejor relato del volumen, “José, estoy tan cansada”: aquí nos encontramos con Yates en estado de gracia, desplegando toda su capacidad para desarrollar ambientes y personajes en una nouvelle de 32 páginas. La acción se desencadena a partir de un hecho curioso: Helen es una tardía escultora amateur con muchas veleidades que consigue, vía favores y tibias influencias, el encargo de esculpir el busto del presidente Franklin D. Roosevelt. El espiral que se produce entonces acaba por ofrecer al menos una verdad sobre cada personaje involucrado, especialmente sobre la propia Helen y la manera en que una larga serie de pequeños fracasos puede desgastar a una persona hasta extraer de ella un sabor intenso y dañino.

Más allá de contener algunos relatos menores, como “Una chica natural” o “Adiós a Sally”, Mentirosos enamorados es, también, un compendio de las virtudes y limitaciones de un escritor que puso todo lo que tenía en el intento de eludir la inexorable indiferencia del tiempo. Y eso es todo lo que hay.

-No digo solo los ruidos fuertes -dijo-, como el de la sirena que está pasando ahora, o los portazos de los autos o los de la gente que pasa por la calle riéndose o charlando. Esos son ruidos cercanos. Me refiero a otra cosa. En Nueva York viven millones y millones de personas, mucha mas gente de la que puedes imaginar, y casi todas están haciendo algo que genera ruido. Algunas están hablando, otros escuchando la radio, o cerrando puertas, o apoyando los cubiertos sobre el plato mientras cenan, o quitándose los zapatos antes de meterse en la cama… Y como son tantos, todos esos ruiditos se unen y forman una especie de murmullo. Pero es tan tenue, tan tenue que es imposible oírlo a no ser que te quedes escuchando durante un buen rato y muy atento.
-¿Tú lo oyes? -le pregunté.
-A veces. Todas las noches hago el intento, pero solo a veces consigo escucharlo. Otras veces me quedo dormida. Vamos a quedarnos callados y a escuchar, a ver si tú también puedes oírlo, Billy.

Título original: Liars in love (1981)
Traducción: Andrés Barba
Fiordo, Buenos Aires, 2018
ISBN: 978-987-4178-16-9

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