Bailarinas, Yasunari Kawabata

Kawabata
Bailarinas

Esta novela breve no figura entre las que habitualmente se mencionan al hablar de Yasunari Kawabata. Para presentarlo ante los neófitos, la enumeración de las obras más destacadas del primer ganador del premio Nobel de literatura japonés (lo recibió en 1968) suele incluir Mil grullas (1962), País de nieve (1961) y La casa de las bellas durmientes (1978). Casi no es necesario decir que cualquiera de ellas puede ser una puerta perfecta al mundo de Kawabata, sin embargo, es posible que la naturaleza elusiva de su estilo merezca una inmersión todavía más paulatina. Igual que los santuarios sintoístas están precedidos por un arco llamado torii (percha de pájaros), de madera o piedra, que señala el límite del espacio profano, Bailarinas podría ser un torii adecuado a la obra de Kawabata. Al atravesarlo se deja atrás un mundo, pero no se accede inmediatamente a otro; si bien el torii señala la dirección en la que se encuentra el santuario, el acceso a lo sagrado es progresivo.

Bailarinas (Maihime), fue publicada por entregas en el Asahi Shimbun (“periódico del sol de la mañana”) entre 1950 y 1951. Antes de ser publicada en forma de libro en 1955, la novela fue adaptada al cine por el director Mikio Naruse. Asistimos aquí a la disgregación de una familia. El matrimonio de Yagi y Namiko, envenenado desde el comienzo (Yagi fue obligado por su madre a casarse con una mujer proveniente de una familia acomodada y durante muchos años vivió a costa de su riqueza), décadas después, se sostiene en pie gracias a una fuerza macabra, triste y serena. Yagi es un frío profesor lleno de profundo resentimiento; Namiko fue bailarina de ballet y actualmente tiene su propia escuela, vive llena de temor hacia su marido y añorando lánguidamente a su amante, Takehara. Tienen dos hijos: Shinako, bailarina como su madre, y Takao, que se debate entre la lealtad hacia un padre incomprensible y una madre distante.

La historia familiar se imbuye de la sombra de la guerra, que se proyecta en el espíritu de la época de un modo oblicuo, aunque los cruces de fuerzas sean tangibles y la novela esté atravesada de oposiciones. La dicotomía entre la tradicción oriental y la modernidad occidental es explícita. En cierto momento, Shinako le dice a su madre: “Pero la danza japonesa y el ballet se oponen. La tradición del cuerpo y el espíritu japonés no tienen nada que ver con este. Los movimientos de la danza japonesa invitan a ir hacia adentro, mientras que en Occidente se abren hacia afuera. Las sensibilidades son muy diferentes”. Esta contradicción actúa en Namiko, que vive atrapada en un silencioso sufrimiento, incapaz de expresar abiertamente su deseo, pero incapaz, también, de acceder al interior de ese deseo para cumplirlo o anularlo. El pez en el foso del Palacio Imperial, que tanto atrae a Namiko durante el paseo con su amante que abre la novela, adquiere un carácter de símbolo elocuente: “En ese rincón, el pez carpa blanco no flotaba ni se hundía, se mantenía simplemente bajo la superficie”. En este punto de su vida, la tibia pasividad de Namiko la atormenta, pues no ha llevado hasta las últimas consecuencias ninguno de sus impulsos, se ha limitado a mantener sus pasiones bajo un control prudente y temeroso: la danza, el amor por Takehara.

Si Namiko puede representar el lado de Japón abierto a Occidente, capaz de abrazar una danza que “no tiene nada que ver” con el espíritu japonés; Yagi, en tanto, es “un fantasma del antiguo Japón”. Este antagonismo no se pierde en su mero valor alegórico porque Kawabata tiene en su mano la capacidad de hacer que cada personaje y cada elemento de su novela sea más de una cosa simultáneamente y, por lo tanto, más complejo y sutil. En la oposición entre budismo y sintoísmo que también se tensiona en Bailarinas, Yagi es el representante del antiguo culto popular animista que solo adquirió estátus de religión cuando se lo utilizó para dar legitimidad a la expansión militar japonesa. En la pared del altar de la habitación de Yagi cuelga un rollo con la siguiente inscripción: “Es fácil entrar en el mundo búdico, es difícil entrar en el mundo demoníaco”. Esta frase pertenece al monje Ikkyu, un personaje al que Kawabata menciona, también, en su ensayo titulado “El bello Japón y yo” (1968). Allí, refiriéndose al aforismo de Ikkyu, Kawabata dice: “Sin el mundo del demonio no existe el mundo de Buda. Es más difícil entrar en el mundo del demonio: no es para débiles de espíritu”. Hay una vitalidad aquí que se revela ante la verdad budista que explica el sufrimiento a partir del deseo. El monje Ikkyu: “Procuró, comiendo pescado, tomando alcohol y frecuentando mujeres, ir más allá de las reglas y proscripciones del Zen de su tiempo, buscando liberarse de ellas (…) como renacimiento y afirmación de la esencia de la vida y de la existencia humanas”. No está muy lejos de aquella frase que Goethe puso en la boca de Mefistófeles: “Si no cometes errores, no obtendrás la comprensión”. De hecho, no parece descabellado pensar en Yagi como en un personaje mefistofélico. Alcanza con pensar de nuevo en aquel estático pez carpa. Y ahora volvamos al Fausto, solo un instante, esta vez, son palabras de Dios: “La actividad del hombre se relaja con demasiada facilidad, enseguida se complace en el reposo absoluto; por este motivo me ha complacido darle este compañero, quien le aguijonea y estimula y, como diablo que es, debe trabajar”. Esto no justifica la crueldad de Yagi hacia su mujer y sus hijos, pero la pone en perspectiva. Es Yagi el que hace posible que ciertos sentimientos sean puestos en palabras; es él quien rompe el discreto protocolo y agita el agua mansa cuando acusa de sentimentales a su esposa y su hija, es decir, de querer vivir una emoción sin tener que pagar su precio. La pregunta que flota apenas por debajo de la superficie es, ¿realmente podían, Namiko y Shinako, elegir? El arco de las respuestas posibles delimita el territorio de esta novela contenida y melancólica.

-¿No te extraña que permanezca inmóvil en ese rincón de un foso tan amplio, en un lugar tan concurrido? Nadie lo ve y, si llegara a contarlo, dirían que miento.
-Alguien que presta atención a algo así tiene problemas… Quizás el pez vino a que lo vieras. Solitario y compasivo hacia quienes padecen su mismo mal.
-Y allá, en medio del foso, mira el cartel que reza: “amemos a los peces”.
-Cierto. ¿Y no habrá otro que diga: “Y también a Namiko”? -le respondió jocoso y fingiendo buscar tal cartel.
-Allá lo veo, ¿y tú? -chanceó ella.
(…)
-En semejante sitio y mirando a un pobre pez. Sí que eres rara -dijo él-. Suprime ese modo de ser.
-Por el bien de mi hija.
-Y por ti también.

Bailarinas, de Yasunari Kawabata, Editorial Planeta (Emecé), Buenos Aires, 2018, 224 págs. Traducción de Amalia Sato y Mami Goda.

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