El cine en vivo y sus técnicas, Francis Ford Coppola

Coppola
El cine en vivo y sus técnicas

En 2015 y 2016, Francis Ford Coppola llevó adelante dos talleres experimentales en centros universitarios de Oklahoma y California sobre su más reciente proyecto: el cine en vivo. Ambos funcionaron como campos de pruebas en los que Coppola se enfrentó a todas las dificultades prácticas propias de la representación y emisión en vivo de un mediometraje para un puñado de salas. El cine en vivo y sus técnicas es la reflexiva bitácora del director enfocada en los desafíos técnicos que él y su equipo de estudiantes debieron resolver para poner en escena, en un solo set y utilizando decenas de cámaras, la realización de Distant Vision, la primera parte de una obra mucho mayor, titulada Dark Electric Vision. El guión, de obvios tintes autobiográficos, narra las peripecias de varias generaciones de una familia italoamericana en relación con la influencia que ejerció en ella la aparición de la televisión, su apogeo y declive.

En el libro, Coppola expresa su interés por explorar y aprender las particularidades del medio híbrido del cine en vivo, un formato que toma elementos del cine, del teatro y de la televisión en directo, pero que no es ninguno de ellos. Buena parte del libro se dedica a detallar los escollos y las soluciones que Coppola encontró en su camino, desde la utilización de un versátil escenario modular construido en base a paneles móviles hasta la inserción de escenas pregrabadas mediante servidores de video digital similares a los que se utilizan en las transmisiones deportivas para introducir repeticiones. Es interesante, y puede ser útil, conocer los detalles referentes a cómo ocultar 22 cámaras en un set para obtener la toma más cercana a la deseada sin utilizar lentes zoom que le darían a la imagen una estética televisiva; sin embargo, El cine en vivo… se queda corto en su afán instructivo. Como manual es un compendio algo vago de comentarios que va de una generalidad nebulosa a una particularidad hermética.

Coppola tiene más éxito aquí cuando se retrata a sí mismo. Los trazos que dedica a su propia figura como funcionan muy bien para revelar a un hombre obsesivo con una curiosidad casi fáustica por lo nuevo. Cuando habla de una lejana (y desastrosa) experiencia como director de un discurso de un político televisado en vivo, es capaz de resumir toda la anécdota en una línea: “Como siempre, hice todo lo que estaba en mi mano para complicar el proyecto”. He ahí una clave de su ética de trabajo: para Coppola las complicaciones son oportunidades de exploración. Todo se convierte en bagaje. “Suelo llevar cualquier concepto lo más al borde del fracaso posible para aprender lo que puedo o no puedo hacer”.

¿Por qué le interesa a Coppola el cine en vivo? Esta es la pregunta que el libro es incapaz de responder satisfactoriamente. Comienza hablando de competencias deportivas: “Solo hay que pensar en cómo nos sentimos cuando estamos viendo un partido de béisbol televisado…”, dice. Pero Coppola elude enfrentarse a la diferencia radical entre un partido (del deporte que sea) y una obra de ficción trasmitida en vivo: la fuerza del presente, que es lo que da la importancia de cada circunstancia del partido, está ausente en la ficción en vivo. En el primero, salvo las reglas fijas que delimitan el espacio simbólico de cada deporte, no hay un plan. En la segunda, todo ha sido planeado, proyectado, ensayado. Es imposible que un espectador olvide por completo que al ver una ficción (aunque sea en vivo) está viendo la ejecución de una obra de la inteligencia, no del devenir, pues alguien ejerce un control sobre la sucesión de los acontecimientos. La pregunta, entonces, es la siguiente: ¿además de imposible, no es también irrelevante? No para Coppola. Su preocupación está enfocada en volver evidente que lo que ocurre en la pantalla está ocurriendo ahora. ¿Cómo conseguirlo? Por la vía de la imperfección. Si puede llegarse a la perfección mediante la práctica, el error, en cambio, simplemente ocurre. Si la perfección es atemporal, el error es una especie de marca fluorescente capaz de fijar el instante. Entonces, Coppola reflexiona sobre si no debería introducir imprevistos y obstáculos a sus actores durante la obra: “Tal vez así se desencadenarían pequeñas crisis que harían que el público disfrutara del hecho de que fuera en directo (…) Tal vez si viéramos a todos prepararse para rodar en vivo un programa que no se sabe en que resultará, tomaríamos conciencia de que es en directo y nos preguntaríamos, ansiosos, si todo va a salir bien”. Pero, ¿eso es lo que le pasa al espectador de una obra de teatro? ¿La ansiedad de saber si todo va a salir bien? ¿Esa es la auténtica fuente de la emoción de una obra representada en vivo? Los actores teatrales suelen afirmar que no hay dos representaciones iguales, pero creer que el interés del espectador puede radicar tan fuertemente en la incertidumbre (una incertidumbre ya no acerca de la fuerza interna de la historia, sino acerca de los aspectos prácticos de su ejecución) parece, cuando menos, un argumento endeble de Coppola a favor del cine en vivo.

En este punto se podría desear que Coppola tuviera a su alcance el talento de un ensayista capaz de ahondar en conceptos más filosóficos que cinematográficos. En una época en que la perfección técnica domina el cine, la búsqueda del error como marca de verdad es algo más que un gesto extravagante, es disruptiva. Valdría la pena explayarse en el porqué. Otro concepto en el que cabría haber esperado que Coppola ahondara es en la idea de la materialidad del presente. ¿Por qué es tan importante que un espectador sepa que lo que ve está ocurriendo ahora? ¿Qué experimenta entonces que no experimentaría de otro modo? La idea de la incertidumbre del desenlace se queda corta para dar respuesta a esto. Así, leer El cine en vivo… es ser testigos de la vaga intuición de Coppola acerca de un asunto que al final no acierta a nombrar, aunque lo insinúe.

Los errores en el cine en vivo son como fallos de confección deliberados en las alfombras navajas para que puedan salir los espíritus malignos, o en las alfombras persas para no ofender a Alá, el único cuyas creaciones son perfectas.

El cine en vivo y sus técnicas, de Francis Ford Coppola, Penguin Random House, Barcelona, 2018, 240 págs. Traducción de Aurora Echeverría.

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