Las cárceles que elegimos, Doris Lessing

Lessing
Las cárceles que elegimos

Doris Lessing tenía 88 años en 2007, cuando ganó el Premio Nobel. Su hijo Peter se encontraba enfermo y ella estaba cuidándolo. No se había enterado de la noticia. Cuando los periodistas y fotógrafos que acudieron a su casa le explicaron el motivo del alboroto, ella dijo “Oh, Cristo” y volvió a entrar. Al cabo de unos minutos, salió de nuevo y se sentó en los escalones de la entrada. Allí, sentada frente a los micrófonos, rodeada de plantas, desaliñada y con el pelo alborotado, Lessing mostraba sus manos abiertas y se tocaba la frente: “Todo este asunto no tiene gracia”, les dijo, “es estúpido y grosero”. Su nombre había danzado en el bolillero del Nobel durante tanto tiempo que ya se había instalado la certeza de que nunca lo ganaría. Cuando por fin se lo otorgaron, estaba demasiado cansada para fingir entusiasmo.

Lessing murió seis años después, en 2013. Entre las voces que elevaron el réquiem se oyó con especial claridad la de Margaret Atwood, quien destacó el carácter ardoroso de su colega: “Doris puso su corazón entero en todo lo que hizo, puso toda su alma y todas sus fuerzas. A veces podía estar equivocada algún tiempo, como en el caso del comunismo estalinista, pero nunca se cubrió las espaldas ni anduvo con rodeos. Se jugó todo”. Las palabras de Atwood cobraron su verdadera dimensión en 2015, cuando el servicio de inteligencia británico, el MI5, desclasificó cuatro archivos en los que se documentaba la militancia comunista de Doris Lessing entre 1943 y 1959. La actividad de Lessing a favor de la causa comunista comenzó en Rhodesia del Sur (ahora Zimbabwe) y prosiguió en Gran Bretaña hasta el cisma que distanció a los intelectuales de los burócratas del partido. Entre aquellos intelectuales se encontraban, por solo nombrar a algunos, Eric Hobsbawm, John Berger, John Osborne y Vanessa Redgrave.

Las cárceles que elegimos recopila una serie de conferencias  dictadas por Doris Lessing en 1985. A las cinco conferencias originales, el volumen añade una sexta, leída por Lessing en 1992 en un congreso sobre cambio social en Europa del este, titulada “Actitudes mentales no analizadas que el comunismo dejó a su paso”. El volumen se presenta como una reflexión sobre el espíritu de la época, pero al cabo de pocas páginas adquiere el tono de un encendido ajuste personal de cuentas.

La idea central de Lessing aquí es que la Humanidad desaprovecha la gran cantidad de nuevo conocimiento producido por las ciencias sociales acerca de los impulsos que dominan la conducta humana. Según ella, si “la pequeña voz de la razón” pudiese utilizar de forma eficaz la nueva información acerca del comportamiento de los seres humanos expuestos a las presiones del grupo, la clase o el poder dominante, los individuos, conscientes de las fuerzas que operan sobre ellos, podrían anticiparlas para evitar ser dominados por sus “pasiones primitivas”. La tesis de Lessing es atendible, sin embargo, su sesgo personal y el barullo de los estertores de la Guerra Fría parecen impedirle un enfoque lúcido. Su alegato a favor de la libertad individual se queda a las puertas del problema real, dado que los peligros que proyecta no son otra cosa que repeticiones de formas de tiranía ya conocidas.

De tal modo, al hablar de técnicas de lavado de cerebro y adoctrinamiento, Lessing llega muy cerca del actual uso del big data: “Cada vez más será habitual que un gobierno utilice la investigación sobre lavado de cerebro (…) Nuevas y terroríficas tecnologías van de la mano con la nueva información psicológica”. Lamentablemente, la intuición de Lessing se ve nublada por la idea prefijada de que estas técnicas irían dirigidas a reproducir las condiciones opresivas del estalinismo. Si algo hace bien Las cárceles que elegimos, es funcionar como un recordatorio de que el infierno es una continua fábrica de novedades difíciles de prever hasta para las mentes más preclaras. “Basta con conocer gente que vive tras la Cortina de Hierro, donde no se permite la circulación de ideas, donde se censura la información, donde existe un ambiente cerrado, claustrofóbico, opresivo, para recordarnos lo afortunados que somos, aún con todos los defectos que sin duda tienen nuestras sociedades”. Mientras Lessing decía esto, en 1985, pasaba por alto la posibilidad nada despreciable ­-y que terminaría concretándose de una manera absoluta- de que esas sociedades democráticas estructuradas a partir de nuevas formas de capitalismo llevarían al extremo la aniquilación de la libertad por el camino nada paradójico de la exacerbación del liberalismo. En el mismo momento en que Lessing hablaba de un mundo de tintes orwellianos, algo mucho peor ya estaba en el horno. Por eso este libro suena tan ucrónico, porque se encarniza con un esperpento moribundo al tiempo que ignora monstruos mucho más saludables.

La cruzada de Lessing contra su antiguo idealismo llega a límites casi intolerables cuando, en la última conferencia, caricaturiza a los jóvenes con ideas de izquierda: “Muchos se han pasado años fantaseando tan contentos con la idea de acabar presos y soportarlo todo con grandes dosis de heroísmo, de ser torturados y ganarle la partida a sus interrogadores…”. Esta especie de romanticismo revolucionario imaginado por Lessing es, según ella, el responsable de que los jóvenes no se sientan atraídos por las tranquilas aguas de la democracia y decidan buscar “el vino fuerte y la música alocada de la revolución”. Haríamos bien en leer estas conferencias de Lessing con indulgencia, la que ella parece haber sido incapaz de ofrecerle a la memoria de su juventud.

Cada vez tengo más la sensación de que nos gobiernan oleadas de sentimientos colectivos y de que, mientras duren, no hay manera de formular preguntas serias y objetivas. No, hay que callarse y esperar, todo pasa… Pero, entretanto, estas preguntas serias y objetivas, con sus respuestas serias, objetivas y desapasionadas, podrían salvarnos.

Las cárceles que elegimos, de Doris Lessing, Penguin Random House, Barcelona, 2018, 140 págs. Traducción de Ariel Font Prades.

1 Comment

  1. “que terminaría concretándose de una manera absoluta- de que esas sociedades democráticas estructuradas a partir de nuevas formas de capitalismo llevarían al extremo la aniquilación de la libertad por el camino nada paradójico de la exacerbación del liberalismo.”

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