Cuentos completos, Mario Levrero

el
Levrero
Cuentos completos

La publicación de los cuentos completos de Mario Levrero —en una edición que cuenta con el atento y amoroso cuidado de su hijo, Nicolás Varlotta—, es un acontecimiento central para la literatura uruguaya contemporánea. El arco cronológico de los cuentos, relatos, nouvelles —y otros textos inclasificables— que se reúnen aquí se extiende desde 1966 a 2003 y, por lo tanto, abarca todo el periodo creativo de Levrero. La lectura inmersiva del volumen depara una experiencia poderosa y de consecuencias imprevisibles para la realidad circundante, la percepción y el flujo de conciencia. Es probable que durante muchos momentos de la travesía se perciba la ocurrencia del milagro íntimo que Levrero persiguió con tanto ahínco: la comunicación entre esas entidades inasibles que él llamaba “almas”.
Aquí estoy yo. El descubrimiento de Kafka en su juventud significó para Levrero una ampliación del campo literario a la vez que una clave de acceso a la posibilidad de convertirse en escritor. A partir de ese permiso recibido a través del tiempo y el espacio, Levrero dedicó desde el comienzo toda su literatura al descubrimiento de su propia voz, y esa voz propia se convirtió, a su vez, en un medio sumamente original de exploración de sí mismo. La búsqueda y el hallazgo no son dos cosas distintas en la lógica de sus relatos, sino dos instancias de un mismo fenómeno. Lo que salva a una empresa como esta de caer en el hermetismo, en los riesgos solipsistas de un lenguaje privado, es la enternecedora necesidad de comunicación de Levrero, para quien esa era la función principal del arte, atravesar el encierro de la existencia, llegar al otro y decirle —como en el comienzo de “Diario de un canalla” (1986-87, 1991)—, “heme aquí, aquí estoy yo“.
Una de las ventajas de tener todos los libros de cuentos reunidos es que se vuelve evidente que más allá de sus distintos momentos, la obra de Levrero —tanto cuentística como novelística—, posee una estricta cohesión que proviene de su autenticidad. Siempre fiel a sí misma, todos sus movimientos se sienten naturales. Y esto ocurre porque se estructura a partir de una serie de preocupaciones centrales que exceden el campo de la escritura, aunque encuentren en la escritura su realización.
En el relato “Todo el tiempo” (1974) se dice: “Nuestra idea del yo, de la propia persona, había sido bombardeada sistemáticamente por todos los medios; nos movíamos como sombras de nosotros mismos (…) Éramos nada más que despojos, que los despojos que fieras un poco más hábiles que nosotros aún se disputaban“. Esta idea del yo que es forzado a ser un despojo, una sombra, es la fuente de todo el horror en la obra de Levrero, porque es la imagen de una aniquilación del ser mucho más brutal que la muerte: ya no una existencia, sino una sub existencia, vivir sin saber quién es uno realmente, ignorándose o negándose, como consecuencia de no haber querido o podido resistirse a la maquinaria del mundo.
Respecto a este punto es muy interesante el relato “Apuntes de un “voyeur” melancólico” (1976), donde nos encontramos con el diario de un narrador-escritor que nos cuenta que cada año, al terminar el verano, siente la imperiosa necesidad de escribir un libro, aunque casi siempre algo se interpone y el libro, al final, no se concreta. El diario pronto se encamina al relato de un encuentro, en un almacén, entre este poético voyeur y una dama un poco exhibicionista. El puente silencioso que se establece entre ambos produce este fragmento: “…puedo llegar, mediante la intimidad, a descubrir un secreto a veces más hermoso, esa comunicación de alma a alma entre los amantes —cuando el deseo exacerbado primero tiende un puente y cuando la instancia del clímax después derriba momentáneamente el artificio del yo“. Esta es la clase de imagen epifánica que titila a lo largo de todo el libro, como faros que señalan un camino hacia una forma plena —aunque momentánea— de existir.
Una vez desarmado el artificio del yo, cuando se consigue recordar que uno no siempre ha sido una sombra o un despojo, también se abre la posibilidad de acceder al sentido más profundo de las cosas, que reside en la conexión casi mística de la conciencia con el Universo, la repentina certeza de que la vida es más grande de lo que parece. Dada la fugacidad de esta conexión, el intento por recuperarla pasa a ocupar el centro de la vida. Muchos de los cuentos aquí reunidos no son otra cosa que el minucioso relato de esos intentos.
En el afán de compartir con su lector estos chispazos epifánicos, Levrero necesita establecer una comunicación íntima; para ello, elude deliberadamente los canales intelectuales que responden a las directrices del yo artificioso, de modo que sus relatos parecen trasmitirse en dos frecuencias simultáneas, una que permite la decodificación convencional de la peripecia y otra que pulsa con insistencia ciertas cuerdas inconscientes. La segunda frecuencia funciona como un canal seguro —imaginen a dos presos en celdas contiguas que se comunican con golpes cifrados en una cañería—, el único canal en el que Levrero confía para compartir con nosotros una serie de revelaciones criptografiadas que no están hechas para ser comprendidas por nuestro lado intelectual, autoritario y castrador.
Muy probablemente, Levrero habría odiado el párrafo anterior, si nos guiamos por su “Entrevista imaginaria con Mario Levrero” (1987): “…creo que esa es la verdadera función de la crítica: impedir que la locura contenida en una obra se contagie como una peste a toda la sociedad“. Lo que la potencia persuasiva de la voz de Levrero consigue de forma brillante en sus momentos más inspirados es eludir esa intercepción crítica —ya no de la crítica institucional, sino de la crítica interiorizada por cada lector, que es mucho más mezquina—, para esparcir la locura como una peste benéfica. Para conseguirlo, pone todas sus esperanzas en las formas oníricas, de modo que sus relatos se estructuran como las pesadillas, con transiciones absurdas, espacios cambiantes, tiempos elásticos, mutaciones, descensos espiralados, laberintos, geografías imposibles. Al recorrerlo llegamos a sentir que conocemos ese mundo, que lo compartimos, porque esos símbolos se expanden en nuestro inconsciente como las flores de origami se abren cuando tocan el agua.
El aire de premura es particularmente vibrante en sus mejores relatos, y es siempre la premura de una búsqueda, de una persecución. Dado que el impulso libidinal parece la única fuerza capaz de romper las estructuras falsas de la identidad y conectar a los personajes con una verdad más grande, parece lógico que la búsqueda de estos hombres llenos de una angustia fervorosa suela dirigirse a una mujer arquetípica, una mujer de pelo negro y ojos verdes —que se puede llamar Llilli, Mabel, María, Marie—, que está en alguna parte, hubo un encuentro una vez y la promesa de otro, y ahora es necesario encontrarla porque solo así tendrá sentido la vida, pero a medida que la búsqueda avanza la mujer se aleja, se vuelve un fantasma, un sueño. Y el largo trayecto, lleno de dificultades y desvíos, tan hilarante y tan terrible, escarpado hasta la desesperación, tiene la función de que perdamos en el camino nuestro lastre analítico: solo llegaremos al verdadero final si para ese momento estamos desprotegidos.
La plenitud es vivida por los más afortunados personajes de Levrero como una gratificante sensación de pertenecer a un orden más alto. Esta plenitud tiene sus momentos tranquilos, como en “Espacios libres” (1979): “La calle aparecía desierta pero amable, como si las casas y los árboles fueran moléculas de un gran ser bondadoso“, y otros exaltados, imbuidos de un delirio extático, como en “La cinta de Moebius” (1975): “Fue una combinación del lugar y del momento, una luz extraña, un aire muy amable, y ese puente, metálico y verdoso (…) y me llegó algo desde una distancia remota, desde un sitio antiguo, un recuerdo que no podía ser recuerdo, como si me hubieran invadido espíritus nostálgicos y muy viejos, que comenzaban a vivir en mí, a agitarse y a recordar, a gozar del aire y de la luz. Me apoyé contra la baranda verdosa del puente y me puse a llorar a gritos; no podía soportar todo aquello que bullía dentro de mí y me excedía“.
Ya sea una experiencia serena o desesperante, ese es el trasfondo luminoso que justifica todos los padecimientos, las desventuras y los desplazamientos; es la fuerza que mueve el Universo levreriano y que encuentra su realización más acabada en algunos cuentos que son cumbres de la literatura uruguaya del último medio siglo, como “Gelatina” (1967), “Alice Springs” (1974) y “Los carros de fuego” (2003), pasadizos abiertos por el daimon, ese gracioso diablillo que vino a ofrecernos la oportunidad de acceder a secretos sótanos y altillos que siempre estuvieron en nosotros.

Por otra parte, el Sr. Gotardo siente la inquietud de esa presencia inconsciente dentro de sí, que ha llevado a sus dedos a mover, durante el trance, los delicados mecanismos de manera tal que produjeran precisamente esas combinaciones de imágenes que él detesta.
(de “Las orejas ocultas (Una falla mecánica)”)

Penguin Random House, Buenos Aires, 2019; 656 P.
Prólogo de Fabián Casas y Notas de Nicolás Varlotta
ISBN 978-987-769-057-6

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