Imposible salir de la Tierra, Alejandra Costamagna

Costamagna
Imposible salir de la Tierra

La fuerza que encadena los once cuentos de este conjunto a la Tierra es un fatalismo forjado a partir de las particularidades de sus personajes rotos, impotentes, consumidos en la noria de la neurosis obsesiva. Acompañar a estos personajes en su devenir es, entonces, algo parecido a ocupar una trinchera mientras la propia narración ejecuta un movimiento envolvente que va cerrando todas las vías de escape. En ese sentido, el título del tercer relato (que le da nombre al volumen) proyecta su augurio claustrofóbico a cada página. Ni siquiera la frecuente ocurrencia del humor abre un espacio a la luz y el aire, porque el humor es utilizado aquí apenas como un momento de modulación a veces irónico, a veces absurdo, solo una pausa en el trayecto descendente.

Alejandra Costamagna (Santiago de Chile, 1970) es una de las escritoras chilenas contemporáneas más prolíficas y premiadas. Su trayectoria, que comenzó en 1996 con su novela En voz baja, se compone de decenas de novelas y libros de cuentos que han ido apareciendo tanto en sellos multinacionales como en pequeñas editoriales independientes de toda América Latina. Esta edición de Imposible salir de la Tierra, prologada por Horacio Cavallo, es el debut de Costamagna en nuestro país, y consta de una recopilación de cuentos escritos entre 2005 y 2015.

El estilo de Costamagna tiene un aspecto desmadejado, como si el texto estuviera sacudiéndose igual que un animal en una bolsa. La deliberada búsqueda de dejar de lado cierta tersura de la prosa tal vez obedezca a la intención de evitar las zonas muertas de la elegancia. Así, alejada de una idea convencional de los buenos modos de lo literario, la prosa de Costamagna asume como marca de identidad esas contorsiones del estilo que proceden de la oralidad y que interrumpen la voz narradora hasta arrastrarla a un modo indirecto muy libre que produce un efecto parecido al de sintonizar mal una emisora y escuchar, al fin, un palimpsesto sonoro de distintas voces que hablan de temas diferentes. “¿Preciosa quién? ¿Preciosa la nada? La mujer quiere preguntar, pero mejor se calla. La nada duerme en mi vértigo, piensa. Y piensa en el cielo raso del invierno. Y en el cojín y en la preciosa nada. Y en la nada, preciosa. Y en la piscina municipal y en las pepas del vino y en las mujeres buceando en un mar sanguíneo y en todo lo que se cuela por sus adentros ya rajados”. El fragmento, que pertenece al cuento “Cielo raso”, puede ilustrar cierta torrencialidad arrebatada que siempre parece a punto de tomar las riendas del discurso, y eso ocurre cuando la voz narradora, más externa y preocupada por los aspectos formales, se precipita en el torbellino interior del personaje.

Otro aspecto que puede ser revelador es el de las descripciones: aquí no hay aquí elaboradas descripciones espaciales o climáticas, porque a las historias solo les interesa lo que les pasa a sus personajes, lo que hacen, lo que piensan, y todo lo demás es decorado. Esto le proporciona un impulso a la narración que no se demora, que avanza con la premura de alcanzar su propio desenlace.

En su apariencia de descuido voluntario, el libro se presenta casi como un trabajo en proceso, parte de una búsqueda mayor, de modo que aún los relatos más logrados adquieren cierto aire de bosquejo abierto donde se presenta un argumento que podría ser objeto de una variación en el futuro, una nueva exploración quizá más profunda en busca de las nuevas aristas de un puñado de imágenes recurrentes.

Imposible salir de la Tierra está poblado de personajes profundamente solitarios, personajes que viven esa soledad con desesperación a medida que van quedándose más y más aislados, hasta llegar a un punto sin retorno, un punto que suele estar marcado por la desgracia. Esto ocurre en dos de los cuentos: el primero, “La epidemia de Traiguén”; y el último, “Naturalezas muertas”, podría decirse que juntos otorgan una especie de soporte estructural a todo el libro. En “La epidemia…”, Victoria, una muchacha que “dicen, es muy pero muy loca”, tiene una aventura de índole puramente sexual con su jefe, hasta que éste decide terminar el amorío y la relación laboral. Para ese entonces, toda la potencia de la fijación romántica de Victoria está dirigida hacia el hombre y es capaz de casi cualquier cosa, incluso de seguirlo en secreto a Japón (como nota al margen, Japón es uno de los fetiches del libro; otro es la llegada del hombre a la Luna). El dolor del rechazo y la herida de la pérdida provocan aquí efectos tremendos porque, hay que decirlo, Costamagna no tiene ningún problema en recurrir a los golpes de timón y la truculencia.

En “Naturalezas muertas”, el relato más extenso del libro, tenemos a Martín Canossa (que, como Victoria de “La epidemia…”, también es huérfano y también ha recibido una herencia que le permite cierta holgura); pues bien, Canossa conoce a Alia en la boletería de un cine y comienza con ella una relación. La curva ascendente del torpe romance alcanza su punto más alto cuando se mudan juntos y compran un local donde harán funcionar un café y bar. A partir de ese momento, el relato adquiere un cariz de pesadilla irremediable a través de la perspectiva torcida de Canossa.

Más allá de sus desenlaces, ambos relatos plantean la angustiosa necesidad de sus protagonistas no solo de amor, sino de una forma muy particular del amor, una que venga a reconocerlos como personas dignas de ser amadas y que los saque del encierro en sí mismos. Cuando esa posibilidad se trunca, toda comunicación con el mundo exterior se corta y ellos quedan suspendidos para siempre en una rumiación ciega capaz de elaborar su propia lógica interna y de la que no puede salir nada bueno.

Ella suelta una risa infantil; él la sigue con una carcajada artificial. Los ojos de la mujer vuelven a brillar con su luz propia y en ese minuto Canossa siente que es capaz de matar porque ella sea feliz…

Imposible salir de la Tierra,
de Alejandra Costamagna,
Ediciones de la Banda Oriental,
Montevideo, 2019, 140 págs.

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