Mi año de descanso y relajación, Ottessa Moshfegh

Moshfegh
Mi año de descanso y relajación

Moshfegh irrumpió en el ambiente literario estadounidense con su segunda novela, Eileen (2015), finalista del Premio Booker y ganadora del PEN/Hemingway, que adopta la estructura de un thriller psicológico en torno a Eileen Dunlop, una veinteañera con una vida difícil —al cuidado de su padre alcohólico y con un trabajo en una correccional de menores—. Eileen se siente “fea, asquerosa, inadecuada para el mundo”. El éxito del libro llevó a que Mosfhegh tuviera que responder muchas veces cómo tuvo el valor de crear un personaje femenino tan desagradable. Ella respondió siempre algo parecido a esto: “Vivimos en un mundo en el que se reelige en sus cargos a asesinos en masa, pero un personaje femenino desagradable resulta ofensivo: eso es sexista e idiota”.

Antes de dar el batacazo comercial, Moshfeg había debutado con McGlue (2014) una novela sobre un marinero del siglo XIX con el cráneo roto y a la espera de la sentencia por homicidio. Si bien cosechó los elogios de la crítica académica, McGlue no fue un hito que le permitiera a Moshfegh pensar en vivir de su escritura. “No quería tener que bajar la cabeza y esperar 30 años para que me descubrieran… así que pensé que iba a hacer algo audaz. Hay un montón de idiotas haciendo mucha plata, así que ¿por qué yo no?”. Y así surgió Eileen, una novela incómoda y oscura que utiliza una estructura de suspenso y se aprovecha de la popularidad de fenómenos globales como Gone Girl —novela de Gillian Flynn adaptada al cine por David Fincher—. Así, Moshfegh se vale de los recursos más reconocibles del entretenimiento comercial, pero lo que vuelve extraordinaria su escritura es que su fuerza no es absorbida por el formato industrial, sino que es capaz de parasitar ese envase, obligándolo a transportar algo diferente, ya no un contenido evasivo y tranquilizador, sino uno inadecuado y sedicioso.

Este procedimiento se repite en la tercera novela de Moshfegh, Mi año de descanso y relajación (2018), aunque aquí el modelo asimilado es el de una comedia. La narradora y protagonista es una mujer joven con aspecto de supermodelo que vive en el Upper East Side de Manhattan sin tener que preocuparse por el dinero: sus padres han muerto hace poco —su padre, de cáncer; su madre se suicidó— y le dejaron una herencia razonable. Así que cuando esta mujer solitaria y privilegiada, sin ataduras ni preocupaciones materiales, pierde su trabajo en una galería de arte, comienza la ejecución de su plan de reclusión farmacológica. Gracias a la negligente práctica médica de la doctora Tuttle —una psiquiatra que es la parodia de todo lo que está mal en la sobremedicada sociedad contemporánea—, ella cuenta con un arsenal de psicotrópicos para llevar a cabo su proyecto de poner en pausa su existencia durante un año, incluido un medicamento ficticio, el Infermiterol, una droga capaz de causar apagones de la conciencia de varios días de duración:

Conté tres pastillas de litio, dos de Orfidal, cinco de zolpidem. Me pareció una gran mezcla, una caída libre de lujo hacia una negrura aterciopelada. Y un par de pastillas de trazodona, porque la trazodona lastraba el zolpidem, así que, si soñaba, soñaría con los pies en el suelo. Pensé que aquello me estabilizaría. Y quizás una más de Orfidal. El Orfidal para mí era como aire fresco. Una brisa un poco efervescente. Esto está bien, pensé. Un descanso de verdad. Se me hizo la boca agua. El gran sueño americano.

La narradora desarrolla su proyecto delirante con total seriedad, con un anhelo que parece una forma de religiosidad chamánica, de hechicería química. Está convencida de que hay una vida diferente en alguna parte, una vida a la que solo se puede acceder por la vía de un dopaje prolongado. Para acceder a esa vida nueva algo tiene que morir en el proceso, y al final “sería una persona completamente nueva, todas mis células se habrían regenerado las suficientes veces como para que las células antiguas fuesen solo recuerdos distantes y confusos”.

Moshfegh muestra su pericia en la dosificación del tono: su modo irónico siempre deja ver la inocencia herida de la que brota; la indolente crueldad de su protagonista es el indicio de una sensibilidad abotargada que no consigue expresarse; la reticencia mantiene fuera de la página la exploración de los estados anímicos y solo nos permite ver sus residuos conductuales.

Lo que hace Moshfegh con estos elementos es una huida de lo convencional: su protagonista no necesita ser salvada mediante el amor romántico, pues su malestar no se debe a Trevor —su perverso y frustrante interés amoroso—, ni siquiera podemos decir que se deba estrictamente a la muerte de sus padres; el suyo es un malestar ambiental que parece ser independiente de sus posibles causas concretas. Por eso, más allá de lo argumental, la novela es la puesta en escena de un dolor de época. Jean Baudrillard, en El crimen perfecto (1995) puede proporcionarnos una clave de lectura útil para Mi año de descanso y relajación. Allí, el filósofo francés señala que en la actualidad “el problema ya no es cambiar la vida (que era la utopía máxima), sino sobrevivir (que es la utopía mínima)”. Pues bien, la narradora está harta de sobrevivir y sí quiere cambiar de vida, aunque no sepa cómo y tampoco tenga idea de qué clase de vida querría vivir. Aún en su perplejidad ella puede identificar una falsedad de la que quiere escapar, un modo de vida que la novela expresa a través de Reva, su única amiga, esclava de su afán por encajar: “Por las mañanas se preparaba y salía al mundo con su máscara de compostura. ¿Y era yo la que tenía problemas? ¿Quién es la que está jodida, Reva? La odié cada vez más”.

El triunfo de Moshfeg es conseguir que el proyecto de su personaje parezca cada vez más sensato —no en su ejecución, sino en sus objetivos—, al subvertir aspectos enfermos de esa utopía mínima que el mundo maquilla y adereza tan primorosamente.

Mi año de descanso y relajación, de Ottessa Moshfegh,
Penguin Random House – Alfaguara, Madrid, 2019, 253 págs.
Traducción de Inmaculada C. Pérez Parra

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