Ciencias ocultas, Mike Wilson

Mike Wilson
Fiordo, Buenos Aires, 2019, 128 págs.

Ciencias ocultas (2019) es un solo párrafo de más de cien páginas, un sólido bloque de texto que comienza con “un cadáver fresco, tendido, bocabajo, sobre la alfombra”. El cadáver está en el centro de un cuadrado formado por dos mujeres, un hombre y un perro. Este inicio, que parece remitir a un problema del policial clásico —incluso al juego de mesa Clue—, genera expectativas convencionales que con el correr de las páginas se verán minuciosamente frustradas.

Mike Wilson nació en Misuri (EEUU) en 1974, hijo de madre argentina y padre estadounidense; y aunque también vivió en Argentina durante su infancia, reside en Chile desde 2005. “Esta es mi casa”, dice Wilson, “escribo acá, publico acá, me siento chileno”. Y Chile lo siente suyo: en 2014, Wilson recibió el Premio de la Crítica y el Premio del Consejo Nacional de Cultura y Artes por su novela Leñador (2013); la obra encontró lectores además de elogios críticos —fue publicada también en Argentina y España— y terminó de situarlo en una posición central de la literatura latinoamericana contemporánea. Esa novela puede funcionar como una clave para comprender la concepción que Wilson tiene de la literatura o, al menos, comprender la estrecha relación entre su vida y su escritura, es decir, la enorme diferencia entre la obra no como algo producido sino como algo segregado, una especie de emanación que, una vez separada de su fuente, es capaz de contener y trasmitir un sentido hondo acerca de aquella: “…lo que me sentaba a escribir no me convencía, sentía que me estaba parodiando a mí mismo. No tenía tanto que ver con el tema o la trama, sino más bien con el acto de narrar (…) y empecé a describir textos descriptivos, describir una nube en detalle, un objeto en detalle, y lo hacía más que nada para despejar la cabeza, y ahí me dí cuenta de que eso estaba comunicando lo que yo quería hacer, que me estaba dando sentido”.

El término experimental es utilizado con frecuencia para referirse a los libros de Wilson, un término que él suele rechazar en tanto que la experimentación remite a una búsqueda de innovación meramente formal, un ejercicio que podría agotarse desde lo intelectual; los procedimientos de Wilson, en cambio, parecen dirigirse a fines que están mucho más allá de la forma; si ésta sufre extrañas contorsiones no es porque esas contorsiones sean el objetivo, sino las marcas visibles de una exploración que las trasciende. La pregunta es: sin trama, sin anécdota, sin sucesos enlazadados en una serie causal y, por lo tanto, sin narración, sin historia, ¿adónde lleva Wilson a su lector? Quizá podamos buscar el comienzo de la respuesta en David Foster Wallace, un autor con el que Wilson comparte algunas características —la obsesión de ambos con Wittgenstein es solo una de ellas—. En la novela póstuma e inconclusa de Wallace, El Rey Pálido (2011) hay páginas y páginas dedicadas a describir a un nivel microscópico de detalle el funcionamiento de un centro de examinadores de declaraciones fiscales. Wallace estaba explorando el aburrimiento: “…el éxtasis, un placer sentido segundo a segundo y acompañado de gratitud por el don de estar vivo y de ser consciente, se encuentra al otro lado del aburrimiento absolutamente letal (…) Si consigues capear esas olas, será como si pasaras del blanco y negro al color. Como encontrar agua después de pasar varios días en el desierto. Un éxtasis constante en todos y cada uno de tus átomos”. Mantengamos esto en mente. Continuemos.

Ciencias ocultas (2019) es un solo párrafo de más de cien páginas, un sólido bloque de texto que comienza con “un cadáver fresco, tendido, bocabajo, sobre la alfombra”. El cadáver está en el centro de un cuadrado formado por dos mujeres, un hombre y un perro. Este inicio, que parece remitir a un problema del policial clásico —incluso al juego de mesa Clue—, genera expectativas convencionales que con el correr de las páginas se verán minuciosamente frustradas. A Wilson no le interesa construir un mecanismo literario de misterio en el que piezas encajen con un clic perfecto; su búsqueda es conceptual, él se limita a disponer el escenario y los elementos para que la mente del lector fracase al intentar construir un modelo que explique lo que ha ocurrido. Y lo que ha ocurrido es nada menos que la muerte, no la muerte puntual del hombre tendido sobre la alfombra, sino toda la muerte, todas las muertes. Pero antes de llegar ahí, a ese punto de abandono en el que el sentido debería emanar por sí solo, con una cualidad desarticulada, aromática, la mente del lector va a rumiar, y lo que es peor, va a verse a sí misma rumiando, y la lectura no será gratificante ni placentera.

Wilson hace existir el espacio estático en el que están el muerto y los cuatro personajes con una voz que gira y describe cada mueble, cada objeto, cada foto, libro, frasco, mancha de humedad… y la meticulosidad obsesiva de la descripción sobreadjetivada, que se conecta con el horror cósmico de los mitos lovecraftianos, también funciona como un conjuro —ahora volvemos a Wallace— que busca llevar al lector a un estado mental que solo puede ser alcanzado luego de atravesar el lugar simbólico de la novela que por momentos es pastoso y empinado. Ciencias ocultas, entonces, se resiste al lector, pues es refractaria a cualquier intención de desencriptación, y busca que el lector se rinda, no ante la novela misma, ni siquiera ante su propia incapacidad, sino ante la ausencia última de un sentido en el Universo. Entonces, volvamos también a la pregunta de más arriba: ¿adónde lleva a Wilson a su lector? A la aceptación de que la existencia no puede ser explicada a partir de la articulación de significados parciales. Y esa aceptación es una forma de dolorosa liberación, un permiso para comenzar a vivir fuera de la habitación cerrada, antes de que cada uno de nosotros sea un cuerpo sobre la alfombra.

Todo esto, que puede sonar áspero y desolador, y que sin duda podría parecer como un mensaje envuelto en una mortaja, no deja de estar cargado de una gran fuerza vital que se manifiesta a través del amor. Cuando esos trazos aparecen, la novela se sacude de tal modo que es inevitable pensar que todo lo demás era el desierto que había que atravesar antes de acceder a ese éxtasis fugaz: “Hay un cosmos aquí conmigo, un presidio que se reduce a un asunto de escala y cuyos límites son una bruma…”.

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