Truman Capote en Kansas, Ande Parks y Chris Samnee

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Parks

Pocas veces ocurre que el interés sobre una obra literaria excede los límites de aquello que acontece dentro de la ficción, y abarca también la situación de enunciación del escritor. A sangre fría (1966) de Truman Capote es una de esas obras. Y quizás sea porque se trata de un libro fundacional para el género No-fiction, ese que, un ratito antes y con menos reflectores, había inaugurado Rodolfo Walsh en Argentina con Operación Masacre (1957).

El género no-fiction supone, a grandes rasgos, convertir la crónica en literatura y valerse para ello, de todos los recursos de ambos géneros: del primero, se trata de extraer el hecho, de construir lo verdadero atendiendo al dato, a la percepción in situ, a la reconstrucción más que a la recreación, al documento, a la investigación; del segundo, se trata de aportar a la historia el verosímil, lo creíble ficcional, de tomarse licencias metafóricas y metonímicas, de generar un in crescendo en la tensión de la fábula.

Truman Capote en Kansas (TKC) no es estrictamente la adaptación al cómic del libro A sangre fría, sino más bien una suerte de homenaje con pocas pretensiones de un guionista que en el epílogo de su historieta se confiesa fan del libro de Capote. Una aclaración del autor que, por sincera, acota las expectativas del lector y que, por ese mismo motivo, funcionaría mejor como un prefacio que como un cierre.

Aunque es históricamente precisa tanto en la línea temporal como en la estructura. Truman Capote en Kansas no es siempre un reflejo fiel de las acciones de los personajes involucrados. He sido un poco injusto en mis intentos de narrar la batalla creativa de Truman por concebir lo que yo considero su obra maestra.

Con guión de Ande Parks y dibujos de Chris Samnee esta “No graphic novel” tiene aciertos que se apoyan más en alguna de sus ilustraciones y en un timing respetable en sus viñetas. No obstante, se advierten carencias en un guión que se centra demasiado -en un evidente sacrificio a la hora de elegir cuál será el eje principal de la historia- en los fantasmas que persiguen a Capote mientras realiza su investigación, en vez de completar aquellos huecos sustanciales que, de no haber leído previamente el libro o haber visto alguna de las películas sobre el escritor, no se llenarían. Truman Capote en Kansas es un libro fetiche, dirigido a lectores fieles para los que Perry y Dick no son dos nombres, sino los asesinos de la familia Clutter.

Cuando en la transposición de un género a otro se pierden aspectos esenciales de la obra germen algo falló: la subjetividad o capricho del adaptador le ganó al argumento de la obra. En el caso de Truman Capote en Kansas, que establece desde el vamos una clara intención de mostrar el proceso creativo de Capote, deja por completo de lado el conflicto ético y nudo del verdadero proceso creativo que el escritor tuvo respecto a la historia. Una vez que Dick y Perry fueron condenados a muerte, Capote intercedió una y otra vez ante la justicia para que les aplazaran la pena. El fin era lograr lo que hasta el momento le faltaba: escuchar el final de su libro de la boca de Perry Smith. El día que por fin tuvo el final de su libro, no volvió a interceder ante la justicia. Si bien TCK podría destacarse precisamente por haber obviado el eje de la historia, y preferir centrarse en acciones periféricas de la misma, sus desvíos no funcionan, precisamente, por omitir de la narración aspectos que el lector reclama por claves.

TCK hace una mala elección de las excusas para contar la historia y pone innecesariamente en evidencia sus fallas. Desaprovecha las posibilidades del género historieta, en donde la elipsis pocas veces se percibe como una falla, sino como un recurso que pugna por quitarle redundancia a una forma de contar que incluye texto e imagen. La viñeta es una porción de historia cuyo potencial -el de establecer una relación complementaria entre texto e imagen- puede ser fácilmente desaprovechado: la viñeta que carece de texto debe ser lo suficientemente concluyente como para hablar por sí sola. En TCK, la sensación es que, cuando existen omisiones de texto, la historia se desfragmenta en la percepción del lector.

En definitiva, Truman Capote en Kansas es una historieta para fánaticos de Capote, más un fetiche que una obra imprescindible de la novela gráfica. Si se quiere leer una adaptación a la que no le falta ni le sobra nada, buscar en alguna librería (porque Anagrama tuvo el tino de editarla) la adaptación al cómic de Ciudad de Cristal de Paul Auster. Otro acierto de Art Spiegelman, un guionista que entendió que las transposiciones de una obra suponen la sinergia entre esa obra, las ilustraciones y el nuevo guión, y que jamás debería ser la sumatoria de esos tres factores.

Calificación: regular.

Rabia, Sergio Bizzio

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Rabia (2004) transcurre en un universo modesto y realista. Acá no hay héroes ni antihéroes. Hay, en principio, una historia de amor entre un obrero de la construcción y una empleada doméstica. Hasta ahí la misma fábula de siempre. La historia de amor es un pretexto, un motivo desde donde partir para crear una novela en la que las acciones están más ligadas a la elaboración de una representación, a una postura; que a un acto genuino desprovisto de camuflaje.

José maría, el obrero de la construcción que se enamora de Rosa, mata al capataz de la obra donde está contratado. Al convertirse en prófugo decide esconderse en la buhardilla de la mansión de recoleta donde trabaja su novia. Desde entonces la fábula relativiza el tópico del amor convencional y deja lugar a la construcción de un simulacro: José María convertido en un hombre-fantasma, un voyeur que agazapado en los recovecos de la mansión, contempla la vida cotidiana de su objeto de deseo, se entera de que Rosa será madre y ve crecer a su hijo como si mirara un programa de televisión. Sin esfinges ni oráculos, Bizzio prepara el decorado en un barrio de Buenos Aires y monta allí la tragedia ontológica de aquel que siendo, no es.

“ Sus prevenciones, combinadas con su agilidad natural lo hacían desplazarse en la oscuridad con la sutileza de un fantasma. (…) en realidad parecía una imagen de cine mudo proyectada hacia afuera de la pantalla”.

En Rabia la poética del espacio maneja un código de encierro y de guarida -tópico recurrente en otros libros del autor: Realidad (2009), El Escritor comido (2010), Borgestein (2012)- , desde donde el protagonista construye su virtualidad. José María está sostenido, contenido y seguro allí entre las paredes que albergan su invención. Así como no hay súperhéroe sin guarida, tampoco parece haber creadores de simulacros sin ellas. En su proceso de camuflaje en la mansión, el protagonista aprende a vivir tratando de eliminar de su nuevo universo todos aquellos signos – desde un olor, hasta una cáscara de banana olvidada en una escalera) que atenten contra su virtual existencia.

“Decir que leía, se masturbaba y hacía gimnasia en su tiempo libre puede sonar disparatado, pero lo que presupone es razonable: realmente tenía mucho trabajo, alimentarse y satisfacer sus necesidades biológicas básicas eran actividades en las que invertía buena parte del día. En la aventura de bajar desde la mansarda hasta la cocina para robar un poco de comida estaba en juego la libertad, su libertad. Y para eso debía dominarse a sí mismo, más que a la casa”.

Rabia elabora un escenario en donde todas las acciones ocurren en un plano de segundo orden, o de mímesis. Bizzio no recurre a estructuras grandilocuentes, ni a claves de ciencia ficción (género en donde los esquemas del simulacro pugnan por hacerse visibles) que acabarían por robarle el verosímil de la historia; sino más bien todo lo contrario: se ocupa de que la idea de simulación impregne la novela de forma solapada (diálogos permanentes acerca de fingir; Rosa y José María disimulando su romance en el barrio; el entrenamiento a escondidas de José María quien se camufla en la casa como un fantasma) para lograr sobre el final, un golpe de efecto sin arbitrariedades argumentales.

“Volvió una hora después. La ventana de su cuarto seguía abierta. El cielo estaba despejado y muy de vez en cuando pasaba un auto, nadie a pie. La luna brillaba como una piedra radiactiva. Se acostó. Estaba a punto de quedarse dormido cuando oyó unos ruiditos en la parte superior del placard. No se movió. No siquiera pareció importarle que la rata no hubiera salido, que siguiera en el cuarto. Ahora sabía dónde estaba el hueso.
-Buenas noches- dijo.
Se oyó y se sorprendió. Hacía mucho tiempo que no escuchaba su propia voz”.

Calificación: Excelente.
Editorial: De bolsillo, Buenos Aires, 2004.
ISBN: 978-987-566-351-0