Un niño prodigio, Irène Némirovsky

Némirovsky

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“Un niño prodigio” confirma que no hacen falta mamotretos para ilustrar la vida y el destino de un personaje. El realismo decimonónico había adquirido el tic de sobrepasar la decena o veintena de páginas para describir situaciones mínimas que las buenas plumas del siglo pasado pudieron plasmar en pocas líneas, mediante narraciones más bien alegóricas.
Este es el caso de Irène Némirovsky (Kiev, 1903 – Auschwitz, 1942), que en esta novela breve (cien carillas con cuerpo de letra relativamente grande e interlineado considerable) logra plasmar acertadamente la historia de Ismael Baruch, un niño judío, hijo de un matrimonio que trabajaba en el negocio de la ropa usada, que había perdido muchos hijos apenas nacidos, y que habían sido testigos de la partida de los que sobrevivían ni bien eran hombres crecidos, para casarse y trabajar en las embarcaciones cercanas. Ismael, con diez años, se quedó como hijo único, aumentó su ración de pan y ajo y comenzó a recibir clases de gramática de parte del cura del pueblo. Pero lo que realmente le apasionaba era lanzarse a sus paseos por el puerto y, en la noche, por los bares que rondaban las costas del mar. Fue en esas noches de pescadores borrachos y mujeres de la vida que Ismael descubrió su don: sus cantos y sus poesías conmovían tiernamente a todos los que asistían al bar. A todos les comenzaban a parecer imprescindibles las noches de canto del niño prodigio.
¿Qué ocurre entonces? El talento salvaje, esencial, puro, que llevaba Ismael en su interior y que salía como un torrente irrefrenable, comienza a ser educado y exigido por el frío mundo de la burguesía (la princesa, el barin) hasta que termina por agotarse, así como terminaría rompiéndose un capullo al que quieren hacer florecer a la fuerza.
La adolescencia, además, termina por hacerle desaparecer esa percepción elemental del mundo propia de la infancia, que era indispensable para componer sus canciones. En este punto, recordamos el mito de Peter Pan, que mientras mantenía la inocencia de la niñez podía volar hasta el reino de Nunca Jamás, y dentro de la narrativa actual, al pequeño niño prodigio de “Mr. Vértigo” de Paul Auster, que justo pierde su capacidad mágica que le permite levitar y volar durante la transición de la niñez a la adolescencia.
Y, por último, el don compositivo de Ismael se diluye ante el sentimiento, inesperado, del amor que comienza a sentir por la princesa. Amor imposible desde un comienzo, pero al parecer imposible también era renunciar a él. Némirovsky ata, con brillante estilo, el nudo corredizo, típico del romanticismo, con las cuerdas del deseo y la imposibilidad, y la resolución no puede dejar de ser drástica.

El barin extendió hacia la ensortijada pelambrera del pequeño unos dedos largos y finos que el alcohol hacía temblar ligeramente.
–¿Cómo te llamas?
–Ismael.
–¿Eres judío?
–Sí.
–¿Dónde has aprendido tus canciones?
–En ninguna parte… Las invento…
–¿Quién te ha enseñado a traducir así lo que piensas y lo que sientes?
–Nadie… Todas esas cosas que digo cantan dentro de mí…
Un rictus de sorpresa recorrió las facciones del barin, pero no dijo nada. Llamó al patrón y se limitó a indicarle su botella vacía. En cuanto hubo bebido otra vez, se volvió hacia Ismael:
–Canta, pequeño… Me siento triste…
Ismael había oído muchas veces aquella frase u otras parecidas, ya que todos sus amigos del puerto acudían a él cuando estaban tristes. Conocía bien la angustia difusa, aplastante, que pesaba sobre todas aquellas almas sencillas en cuanto un momento de ocio les permitía pensar vagamente en su ruda existencia, en la injusticia del destino, en la miseria, en la muerte.

Calificación: muy bueno.
Título original: Un enfant prodige (1927)
Traducción: Miguel Azaola.
Editorial: Alfaguara, Madrid, 2009.
ISBN:978-84-204-7357-4

Boquitas pintadas, Manuel Puig

Puig

Puig

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Suele decirse que “Boquitas pintadas” (1969), de Manuel Puig, es una novela innovadora. Estoy de acuerdo con esto, pero solo en un sentido, que explicaré al terminar de enumerar los puntos en los que Puig decididamente no realiza ningún aporte novedoso con esta novela.
No es nuevo, dentro de la narrativa latinoamericana, introducir experimentos estilísticos como los que aparecen en “Boquitas pintadas”. Tanto el monólogo interior, como los fragmentos de cartas, titulares de periódicos, citas de libros y tarareos de canciones forman parte, por mentar un ejemplo, de “Rayuela” (1963), de Julio Cortázar, que a su vez es una novela claramente inspirada, entre otras influencias, en el estilo de William Faulkner o de John Dos Passos.
Tampoco es algo novedoso incorporar elementos de la llamada “cultura de masas” en la novela experimental, y para argumentar esto no me harían falta más ejemplos que los anteriormente citados.
¿En qué sentido, entonces, puede hablarse de una innovación? Me animaría a arriesgar la hipótesis de que la temática del machismo nunca antes había sido tratada, al menos en la literatura argentina, con la agudeza con que la trata Puig. El folletín y el estilo experimental existían; estos, al servicio de la denuncia al patriarcado, no.
En “Boquitas pintadas” Puig se revela contra la hipocresía por la cual el machismo es aceptado y promovido durante los años 30 y 40, en Buenos Aires o en General Villegas, ciudad natal del autor, que inspira la ciudad ficticia de Coronel Vallejos. Con esto, el mayor peso de la denuncia de Puig recae en el género masculino como totalidad, en el patriarcado en general. Tanto Pancho, hombre de clase baja, como Juan Carlos Etchepare, hombre de clase alta, perpetran un abuso o una violación. Para Puig, entonces, el machismo es regla, es un síntoma propio de la cultura. En la conocida entrevista que le realizó Kathleen Wheaton, para The Paris Review, Puig señala que “…el machismo es la cuestión básica de mi existencia”. Y ya que hemos hablado de “Rayuela”, veamos que la violación que sufrió la maga, durante su infancia en Montevideo, cometida por un negro del Cerro, es concebida de otra forma. Tanto por la descripción del violador (negro) como por la localización del hecho (Cerro), Cortázar parece querer explicar el acto violento como un síntoma de la cultura pobre, asentada, marginada, y no como una manifestación propia de la sociedad machista en su conjunto, presente tanto en las esferas altas como en las bajas. Esto último es lo que, a mi entender, logra plasmar excelentemente Puig, como pocas veces (o ninguna) se había hecho antes.
Estando dentro de este eje hermenéutico (el machismo en “Boquitas pintadas”), nos resulta accesible interpretar las dos grandes partes en que se divide la novela. La primera parte, “Boquitas pintadas de rojo carmesí”, se centra en la juventud de los personajes, y entre ellos, de las mujeres (Nené, Mabel y la Raba), que aplican sus energías en verse bonitas y conseguir novio, pues es lo que la sociedad espera de ellas, que se casen y no sean unas solteronas. El rojo carmesí es símbolo ineludible de la pasión, la vivacidad, el amor en su primera etapa. La segunda parte, “Boquitas azules, violáceas, negras”, presenta un tono mucho más sombrío, sobrio, de adultez, de reflexión sobre la vida. Los colores se han opacado porque las esperanzas y la fogosidad también lo han hecho. Las mujeres se casan y se dejan vivir, tienen hijos y añoran aquel amor de juventud que nunca pudo ser. Pero una segunda lectura de los colores nos vuelve a remitir a la violencia machista. Los machucones de la piel son azules, violáceos y negros; y las golpizas, como la que se narra en la radionovela que escuchan aquella tarde de reencuentro Nené y Mabel, son desgraciadamente justificadas por ellas mismas. En conclusión, Puig ha logrado, como nadie, ilustrar un fenómeno cultural como el machismo, y lo desarrolla magistralmente en un tipo de novela cuyo estilo, repito, ya venía siendo moneda corriente en la época y no supone innovación alguna.

“–Si las tropas francesas avanzan, conviene que nos vayamos de aquí, mujer. Y más rápido con esos atados de heno y esas hormas de quesillo. Cada día estás más torpe, y hasta tiemblas de miedo, ¡tonta de capirote!”
“–¿Hacia dónde iremos?”
“–A casa de mi hermano, no comprendo por qué no ha vuelto por aquí.”
“–No, a casa de él, no.”
“–No me contradigas, o te descargaré esta mano sobre el rostro, que ya sabes cuán pesada es”.
–¿Pero ésta se deja pegar? ¡qué estúpida!
–Y… Mabel, lo hará por los hijos ¿tiene hijos?
–Creo que sí. Yo lo mato al que se anime a pegarme.
–Qué porquería son los hombres, Mabel…
–No todos, querida.
–Los hombres que pegan, quiero decir.

Calificación: muy bueno.
Editorial: Sudamericana, Buenos Aires, 6ta edición, 1970.
ISBN: –

Dublineses, James Joyce

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En 1914 se publicó la primera edición de “Dublineses” de James Joyce (Dublín, 1882- Zúrich, 1941). Sorprende leer un conjunto de quince relatos de corte más bien realista, siendo que uno asocia directamente a Joyce a la experimentación narrativa que alcanzaría uno de sus colmos en “Ulysses” (1922) y luego en “Finnegans Wake” (1939). A los 25 años, Joyce ya había ingresado al mundo de la literatura con “Música de cámara” (1907) y publica “Dublineses”, su segundo trabajo, con 32 años. Por lo tanto, es postulable que el naturalismo estilístico de estos cuentos no es producto de la inmadurez escritural sino que es resultado de una elección concienzuda, de una influencia notoria de Chéjov, y de un sincero intento de fotografiar las complejidades de la vida irlandesa, con todo lo que implica el hecho de “fotografiar” narrativamente hablando.
De todos modos, la diversidad de estos cuentos radica en la proliferación de temáticas y situaciones presentadas, además de la alternancia de narraciones en primera y en tercera persona. Como ejemplo, el vanguardismo cercano al futurismo de “Después de la carrera” no tiene casi nada que ver con “Las hermanas”, tal vez el cuento más extraño del volumen. Estos pares de antinomias pueden realizarse con casi todos los relatos de “Dublineses”. Sin embargo, dentro de la gran variedad de relatos, hay una intención común a todos ellos, o a casi todos ellos, y esta sería la puesta en escena de una sociedad en la que suele haber un enfrentamiento entre una individualidad y unos requerimientos o deberes sociales, teniendo esa tensión su desenlace, la mayoría de las veces, en una catástrofe o una desilusión.
Podremos centrarnos en los cuentos que, para quien escribe, representan lo mejor del volumen.
En el cuento “Las hermanas” se ilustran las diferentes intensidades con las que la muerte de un ser querido afecta a las distintas personas, pero sobre todo los diferentes planos de interpretación de la importancia que en vida tuvo el difunto. Las hermanas del reverendo Flynn parecen ciegas a aceptar que el reverendo, unos días antes de su muerte, o bien comenzó a ser influido por una extraña locura, o bien culminó sus días con una progresiva pérdida de fe.
En “Eveline” se nota claramente ese enfrentamiento del que hablamos como línea temática cohesiva de todos estos textos: el enfrentamiento entre los deberes sociales y los deseos individuales. Eveline es una muchacha que olvida su libertad y su amor, decide ignorarlos, para mantener su acostumbrada y perturbada vida en familia.
“La casa de los huéspedes” es el segundo mejor cuento del volumen. La joven y encantadora Polly, hija de Mrs. Mooney, una sufrida mujer que lleva adelante una casa de huéspedes, comienza una relación con uno de los inquilinos, Mr. Doran, hasta que la situación límite a la que llegan no admite otra solución que una decisión drástica e irreversible por parte de los amantes.
Y, finalmente, el mejor y más extenso cuento del volumen es “Los muertos”. Una gran danza festiva en la que, como en “Sarrasine”, la excepcional nouvelle de Balzac, se dejan entrever los intereses y deseos más ocultos de los integrantes de la vida burguesa.
Gabriel Conroy tiene preparado un discurso para inaugurar el baile anual que celebran sus tías en su gran mansión, colmada de invitados, y entre diálogos y situaciones inesperadas se entera de un secreto profundo de su esposa, suceso que lo conduce a replantearse toda una base existencial y moral que, como las arenas movedizas, aparentaba ser suelo firme pero, en realidad, no era más que terreno escabroso.

Lágrimas generosas colmaron los ojos de Gabriel. Nunca había sentido aquello por ninguna mujer, pero supo que ese sentimiento tenía que ser amor. A sus ojos las lágrimas crecieron en la oscuridad parcial del cuatro y se imaginó que veía la figura de un hombre, joven, de pie bajo un árbol anegado. Había otras formas próximas. Su alma se había acercado a esa región donde moran las huestes de los muertos. Estaba consciente, pero no podía aprender sus aviesas y tenues presencias. Su propia identidad se esfumaba a un mundo impalpable y gris: el sólido mundo en que estos muertos se criaron y vivieron se disolvía consumiéndose.

Calificación: excelente.
Título original: “Dubliners” (1914)
Traducción: Guillermo Cabrera Infante.
Editorial: Salvat, Barcelona, 1972.
ISBN: -

El día de todas las almas, Cees Nooteboom

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Nooteboom

Nooteboom

La historia de Arthur Daane, un holandés atormentado por el recuerdo de su esposa y su hijo muertos en un horrible accidente, es un telón de fondo para retratar lo verdaderamente importante en esta novela, que es su visión estética y pictórica de la realidad, una visión de cineasta. Insensible ya al dolor propio y al ajeno, Daane se pasea por las calles de Berlín, donde se encuentra visitando amigos, y aprieta el rec frente a toda escena que estime pertinente: un choque automovilístico con un herido de gravedad, un pobre pidiendo monedas en la calle, la nieve que se extiende como un enorme mar blanco por la Kantstrasse o la Göethestrasse. Atesora todas esas tomas en su cámara, ya que algún día formarán parte de un proyecto futuro, aun impreciso.
Bebe en el bar atendido por Herr Schultze con sus tres amigos: Víctor, un escultor, Arno, un filósofo, y Zenobia, una científica. Mantienen interminables charlas que pueden ir desde la división del átomo hasta la esencia de los alemanes, pasando por la música de Schostakóvich y la importancia de la historia en una ciudad como Berlín.
Además de los amigos con los que comparte esos días en Berlin, a Daane siempre lo acompaña la voz de su amiga Erna, ya sea en el contestador cuando regresa cansado o borracho a su casa, o cuando camina por la calle y sus consejos resuenan en su mente.
Todo se desarrolla del mismo modo, sin demasiadas peripecias, hasta que Daane conoce a Elik, una holandesa que está realizando una tesis sobre Urraca, una reina española medieval con la que se identifica plenamente. Mantienen una breve relación y ella debe partir a España para profundizar su investigación, entonces Daane partirá tras ella, para de algún modo, también seguir con su otra investigación, que es la de volver a encontrarle un sentido al acto de vivir.
Una de las mejores propuestas de la novela radica en los cortos capítulos intercalados con la narración propiamente dicha en los cuales leemos, en una suerte de prosa poética, los juicios de ciertas voces que podemos equiparar a los coros de las tragedias griegas, que se encargaban de resumir y lanzar diatribas moralizantes a algún personaje o a otro.
En resumen, una novela lograda y atractiva, de un autor que escribe y publica desde la década del cincuenta, muy premiado y, según he leído por ahí, es un fuerte candidato al Premio Nobel de Literatura 2013. Sería la primera vez que un holandés alcance el galardón.

El antes y el después. A los griegos no les gustaba mostrar las influencias que el tiempo tiene en los estados de ánimo y en los sentimientos. Sí, lo sabemos porque debemos saberlo. Naturalmente, seguimos siendo nosotros, no se nos ha concedido el liberarlos. Sucede demasiado y demasiado poco. En la Medea de Eurípides el coro puede decir que sabe lo que viene después. En Sófocles puede preguntar, implorar, pero no vaticinar nada. Nosotros, por nuestra parte, no urdimos nada, pero vemos la telaraña; ni siquiera la diferencia temporal llega a significar algo para nosotros. No nos importa estar fluyendo día y noche alrededor de la Tierra como una suerte de líquido, no dormimos nunca. Solo vemos.

Calificación: muy bueno.
Título original: Allerzielen (2000)*
Traducción: Julio Grande
Editorial: DeBolsillo, Buenos Aires, 2008.
ISBN: 978-987-566-442-5

*En el libro, por error, escribieron como título original “Paradijs verloren”, pero enseguida noté que ese era el título original de “Perdido el Paraíso” (2006), por lo que investigué y encontré que “Allerzielen” era el título original de “El día de todas las almas”.

El fondo, Damián González Bertolino

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González Bertolino

González Bertolino

Si admitimos que todo texto literario se inscribe en una tradición, debemos hacernos la siguiente pregunta: ¿Cómo ubicar a “El fondo” en determinada tradición literaria uruguaya? Cabe tener en cuenta las propias declaraciones que hace el autor: al ser interrogado por autores que lo influenciaron en su labor literaria, González hace hincapié fundamentalmente en dos nombres: Felisberto Hernández y Juan José Morosoli. Aunque en la dupla parezca presentarse una dicotomía insalvable, el intento de conciliar estas dos estéticas se logra de una manera decorosa en la obra de González Bertolino.

Teniendo en cuenta que Hernández escribe cuentos de registro más bien urbano, y Morosoli decididamente de campo (salvo en contados casos, como en el relato “El disfraz”), podemos plantear que la narrativa de González Bertolino se desarrolla en un escenario intermedio: un pueblo a caballo entre el campo y la ciudad, notoriamente influido por el lugar de nacimiento del autor: el barrio Kennedy de Punta del Este, y que sería como un primer “justo medio” a tener en cuenta a la hora de conjugar estos dos autores uruguayos.

Por otro lado, el predominio de personajes infanto-adolescentes (presentes tanto en “El increíble Springer”, en “El fondo”, o en el cuento “Los Alienados”) también es moneda corriente en los autores mentados, sirviendo como ejemplo el maravilloso “Por los tiempos de Clemente Colling” o “La pelota” de Hernández, y “Perico” o “El cumpleaños” de Morosoli.

Además se vuelve insoslayable la ligazón de la literatura de González Bertolino con la narrativa de Giselda Zani. En su excelente cuento “Luz de limbo”, de 1956, Zani narra el proceso de fundación de un pueblo que, debido a las referencias dadas, bien puede ser Manantiales o José Ignacio, en el departamento de Maldonado. Teniendo en cuenta que “El Increíble Springer” está ambientado más o menos en la misma fecha, aludiendo a la transición de pueblo a ciudad de Punta del Este, y que ambos cuentos desarrollan una especie de vertiente fantástica, la vinculación se vuelve exigida.

Y hablando de filiaciones, las de Bertolino también apuntan a la literatura universal: el suceso y las descripciones de la ballena anclan en la historia de Jonás, en Pinocho o en Moby Dick; mientras que la enana parece salida de “El cerebro musical” de César Aira. También el modo de narrar del autor se asemeja al de Aira.

Por otra parte, no debemos evitar la mención de una característica, más bien de una inclinación, en que ha ido deviniendo la literatura de Bertolino. El autor ha dado un paso de la literatura fantástica, o al menos extraña, para ubicarse en una suerte de realismo introspectivo. Nótese que el hecho plenamente fantástico de “El increíble Springer” (el crecimiento desmesurado, de un momento al otro, del cuerpo de un personaje) en “El Fondo” se divide en pequeñas anécdotas increíbles que no exceden el plano intra-ficticio (ficciones, relatos del padre, dentro de la ficción misma que es la novela), de modo que a pesar de la ballena, la extraña tribu y los rusos, el realismo de “El fondo” permanece inmaculado. Podemos hacer una salvedad si tenemos en cuenta la extrañeza, la fantasía quizá, de establecer el hecho de la ingesta de veneno de ratas como causa de la enfermedad de la enana.

La narración de la historia se desarrolla de forma impecable (utiliza una delicada primera persona del plural que, si bien podría entenderse como simplificadora de la diversidad entre los niños, es un acierto que estos conformen un “personaje en bloque”, según la terminología de Forster), con pericia estilística, logrando la redondez necesaria para cerrar el libro, suspirar, tal vez un poco entristecidos, y decirnos que sí, que todo cerraba nomás.

–Coman –dijo papá de repente–. No se olviden de comer… Y nosotros hicimos caso. Hasta ese momento de nuestras vidas nunca se nos había ocurrido que aquella cantidad de comida existiera toda junta. Comimos hasta que no pudimos más. Luego de un rato, ya teníamos toda la ropa sucia de la comida y los refrescos que se nos habían volcado. Mamá continuaba bailando como una loca. Subía y bajaba los brazos, hacía con la cola para atrás y para adelante. Y la tía bailaba con ella y hacía lo mismo. Parecían dos novios bailando juntos. Más tarde se acercó a la mesa y nos miró de arriba abajo. Era esa mirada fulminante que nosotros ya conocíamos y que nos decía que nos aguantáramos hasta llegar a casa. La tregua nos daba un alivio; pero para papá era distinto, y ahí nomás discutieron un par de minutos. Antes de volver a bailar con la tía, mamá le preguntó si todavía tenía la llave. Papá le decía que sí, que la tenía, y se la mostró. Cuando mamá se entreveró con el resto de la gente, él se puso a comer. A cada rato levantaba la vista y nos recordaba que había que aprovechar esa comida.
–¿Ustedes qué saben cuándo van a volver a comer estas cosas en su vida?… Saquen hambre de cualquier lado y aprovechen… No sé qué más decirles… Hagan de cuenta que son un perro flaco que anda en la calle y encuentra una carnicería abierta y sin gente…

Calificación: muy bueno.
Editorial: Estuario, Montevideo, 2013.
ISBN: 978-9974-699-44-I

 

Hay alguien más, Camilo Baráibar

Baráibar

Baráibar

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¿Hasta qué punto el hecho de sugerir, de insinuar, de coquetear con algo que no se concreta no es más hiriente, más desesperante o más terrorífico que un acto consumado? Esa es la cuestión en la que se centra un film como “Sleeping Beauty” (2011) de Julia Leigh. La protagonista, Lucy, una estudiante que necesita dinero para pagarse los estudios, decide vender su cuerpo en una misteriosa casa a la que asisten clientes muy ricos. Lo curioso es que la dueña del lugar tiene una regla de oro a la que todos los asistentes se atienen: no podrá haber penetración vaginal. Lucy, todos los fines de semana, se bebe un té que la mantiene inconsciente en la cama de una habitación lujosa y los hombres que pagan por ella deben ser creativos para disfrutarla toda la noche sin penetrarla. El alcance de la sabiduría popular en cuanto a pornografía no permite que nuestra imaginación se nuble ante la prohibición de la dueña del negocio. Hay muchas cosas que le pueden hacer, pensamos al instante. Algunas (como que la quemen con un cigarrillo) nos van acercando al límite de lo morboso, ya alejados de experiencias sexuales parafílicas. Hasta que el final de la película nos produce el último escalofrío: un cliente depresivo, ya entrado en años, se bebe el mismo té que ella (aún bajo advertencia de la dueña) y decide acostarse con Lucy para morir allí, junto a una mujer joven y hermosa. ¿Conclusión de todo esto? Que lo más terrible que podía pasar dentro del cuarto era algo que estaba fuera de todas las expectativas. Nada. Morir sin que pase nada.
Camilo Baráibar en “Hay alguien más”, su última publicación, nos introduce a un mundo inquietante: el de la infidelidad de pareja. Ese terreno escabroso donde, muchas veces, la sugerencia, el coqueteo, la insinuación, el “tal vez”, hieren más, molestan más, nos dan más miedo, que el propio y mero acto de engañar.
Los tres cuentos que integran el conjunto, “Nadie”, “Solo” y “Nosotros”, (escritos en 2005, 2006 y 2010 respectivamente), parecen representar dos cosas.
En primer lugar, en un plano paratextual, si tomáramos el título del libro como una pregunta (¿Hay alguien más?), la yuxtaposición de los títulos de los cuentos (Nadie. Solo nosotros) conformaría su respuesta.
En segundo lugar, dicha respuesta no sería la típica evasiva del adúltero: sería la confesión sincera de que no ha habido adulterio más que en la mente. La infidelidad a la que los tres cuentos aluden es a la sospecha siempre presente, el paso previo al infierno tan temido, con que toda pareja atormenta, alguna vez, sus días.

Ayer cociné pasta y quedó riquísima. Ahora que lo pienso me doy cuenta de que yo estaba muy feliz y ella comía en silencio. Algo tenía entre dientes. Me levanté a llevar los platos a la pileta y ella, que volvía de apagar la televisión, me abrazó. Susurró algo así como “tengo tanto para decirte”. Yo la abracé más fuerte y le empecé a preguntar y preguntar, como si quisiera pegarle hasta machucarla con los signos de interrogación.
Me habló de él. De su moto, del paro de transporte. Del paseo inesperado por la ciudad. La cerveza. La marihuana. La obligué a contarme detalles demasiado íntimos, detalles que ella nunca debió acceder a contar, detalles que al ser dichos empujaron gotas de vergüenza salada por los ojos.
No hubo siquiera un beso. No se animaron a hacer nada. Se respetaron como monjas. Pero entender lo que pasaba entre sus piernas, vichar desde el cielo sus sonrisas y miraditas, me hizo sentir héroe de una tragedia griega.

De “Nosotros”.

Calificación: bueno.
Editorial: Trópico Sur, Maldonado, 2013.
ISBN: 978-9974-8386-8-0

Cuentos, Cesare Pavese

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Pavese

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Con los versos que citaré a continuación, Pavese ilustra poéticamente el espíritu y la mirada del mundo que, yo estimo, también logró construir en su narrativa: “Lo spiraglio dell’alba / respira con la tua bocca / in fondo alle vie vuote.”
El aura matinal, su respiración por las calles vacías, son estados del alma (amén de escenarios típicos) en los cuentos que se convocan en esta reseña.
El campo italiano, la campiña, los pequeños pueblos, sirven como punto de partida y, a la vez, de llegada. Los personajes se buscan a sí mismos en esos lugares: buscan su esencia, su huella, algún rastro que, inútilmente, hubieran dejado desperdigado por las calles o los caminos que transitaron en su infancia, y que, en el momento del relato de los cuentos (como adultos que hacen memoria, pero que sienten aún como niños pequeños), trataran de que, como las migas de Hansel y Gretel, los volvieran a conducir a casa, o al menos, a algún lugar familiar, de referencia. Pero no… en el triste mundo de los cuentos de Pavese, las referencias se desdibujan en el trayecto de la vida de los personajes, y cuando están listos y maduros para vivir, o al menos eso parece, “vendrá la muerte y tendrá sus ojos”.
En esa visión desencantada de la vida, en ese eterno canto cuyo estribillo parece comulgar con el refrán “Dios le da pan al que no tiene dientes”; allí, decía, los personajes viven y se desviven por relacionarse y lograr la felicidad.
Si bien casi todos los cuentos funcionan, hay dos que merecen un tratamiento especial en esta reseña: “El nombre” y el mejor del volumen, llamado “El ermitaño”.
En “El nombre” la búsqueda de ese pasado glorioso, el intento por recuperar el paraíso perdido, se da con el recuerdo del narrador ante la reconstrucción de su infancia junto a su amigo Pale. Mientras este último huía de su casa, y su madre lo llamaba a gritos desesperados todas las tardes, ambos ansiaban el momento de encontrar a la víbora, de cuya existencia dudan, pero aún así la respeta y le temen, como sucede con todo mito infantil.
En “El ermitaño”, Nino, un pequeño niño, establece una relación de padre a hijo con un veterano ermitaño que la sociedad mira de soslayo y con desprecio. El niño aprenderá mucho de este señor, y el padre del párvulo, y a la vez todo el pueblo, tendrán que aceptar que no se trata de un loco vagabundo, sino de alguien a quien temen, como suele suceder con todo excluido, a causa del desconocimiento que recae sobre su modo de vida y sus valores.

Era mediodía y volvía a casa fatigado bajo el agua, cuando desembocó sobre la plaza un gigante hirsuto y rubio, envuelto en una desteñida capa militar. Cuando estuvo en el umbral, abrió la capa y allí estaba Nino, cabeza y piernas colgando como un cabrito, que se puso de pie avergonzado.–Este muchacho está embarrado –dijo con una voz alegre y ronca. Le corrían gotitas por la barba rubia y la capa exhalaba el olor de las cañas mojadas. Niño lo miraba encantado, aunque se le veían bajo las gotas rastros de lágrimas recientes.–Si con el buen tiempo quieren venir a respirar un poco de aire –dijo el gigante muy serio– no digo que no, pero cada cual tiene su casa, hasta los animales.Me saludó con una inclinación de la cabeza, y se fue con los pies enormes de barro.

Calificación: bueno.
Título original: –
Traducción: Rodolfo Alonso.
Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1971.
ISBN: -