Magnetizado, Carlos Busqued

Carlos Busqued
Magnetizado

En septiembre de 1984, en el correr de la misma semana, se produjeron cuatro asesinatos en Buenos Aires. Tres de ellos en la zona de Mataderos, el cuarto cruzando la General Paz. Las cuatro víctimas fueron taxistas. Los cuatro asesinados de la misma manera: un disparo calibre .22 en la sien. Los cuerpos, abandonados sobre el volante de los autos inmóviles. En ningún caso faltaba nada más allá de la documentación del auto y del chofer. Más que una serie de crímenes, el mismo asesinato repetido con exactitud cuatro veces. Por espacio de un mes la policía bonaerense buscó inútilmente al asesino, hasta que se presentó en jefatura un muchacho que decía que su hermano Ricardo tenía guardados todos los documentos de las víctimas. Al ser detenido, Ricardo no sólo no negó los crímenes, sino que ayudó a vincularlos entre sí -el que no había ocurrido en Mataderos todavía no había sido asociado a los otros tres- y confirmó todos los detalles sin resistirse. El único punto que permaneció a oscuras fue el porqué. Ricardo Melogno no puede, hasta el día de hoy, explicar qué lo llevó a matar a esos cuatro hombres.

El escritor chaqueño Carlos Busqued -muy popular por su novela “Bajo un sol tremendo” y más todavía por la adaptación cinematográfica que Adrián Caetano hiciera de ella en “El otro hermano” (adaptación que Busqued a repudiado públicamente)- realiza en esta serie de entrevistas un trabajo estupendo. Permaneciendo casi que anónimo -su aparición se limita apenas a una medida serie de preguntas que ayudan a Melogno a llevar un hilo conductor- en el proceso y reordenando luego las entrevistas para dar una coherencia cronológica, nos ordena la vida de Melogno antes, durante y después de la ola de asesinatos. Un Melogno criado por una madre déspota -muy metida en el mundo del espiritismo y la religiosidad, aspectos que acompañaran al homicida durante toda su vida-, un Melogno que desconecta en cierta manera del mundo real y en lo que los peritos forenses psiquiátricos dictaminarían luego como brote psicótico realiza los cuatro asesinatos, y luego los más de 35 años que ha pasado por distintas entidades y nosocomios carcelarios, en lo que es verdaderamente un descenso a los infiernos.

Melogno reconstruye su historia -para Busqued y para nosotros, los lectores- con minuciosidad, con frialdad pero también con cierto grado de empatía hacía aquello que hizo -no me atrevería decir arrepentimiento- y en las largas entrevistas se va dando conocer de a poco, con pequeños detalles, aspectos. Y uno no termina apiadándose del asesino pero si termina por empatizar un poco, sobre todo cuando dice cosas como (consultado al respecto de qué hará si algún día recupra su libertad): “La única expectativa que tengo, la única deuda trascendental, es ser una persona. Yo fui una cucaracha. Y después un monstruo. Y después un preso. Me gustaría ser una persona. O sea, no ocultar lo que fui, pero… ser una persona común. Cuanto más pueda desaparecer entre la gente, mejor. Esa deuda pendiente, de ser uno más. Perdido en el montón”.

Con una pena cumplida y un sistema jurídico que no sabe qué hacer con él -Melogno está detenido hasta que se pruebe su ausencia de peligrosidad algo que probablemente no ocurra nunca- tampoco el libro de Busqued es una apología de su persona. Es una reconstrucción. De los hechos, de la persona que cometió esos hechos y su pasado y los elementos que podrían -o no, no es que abunden certezas en este tema- haberlo llevado a cometerlos. Cómo ha transcurrido su vida luego de esos hechos y con esa descripción denunciar, sí, de alguna manera las infames condiciones a las que se ven sometidos los detenidos en instituciones psiquiátricas argentinas (y me atrevo a creer que la realidad en el resto de Latinoamérica no debe ser muy distinta).

Busqued nos invita a escuchar la voz de Ricardo Melogno, asesino en serie, desde una perturbadora cercanía, a oír que tiene para decir alguien a quién seguramente, a priori, no pensaríamos nunca escuchar.

La mañana del 15 de octubre, un hombre se presentó en el Palacio de Tribunales de Capital Federal y solicitó entrevistarse con el juez encargado del caso. Dijo que venía a “deslindar responsabilidades”. El asesino de los taxistas era su hermano, y en ese mismo momento estaba junto a su padre, desayunando en un departamento del barrio de Caballito. Se ofreció a guiar una comisión policial hasta el lugar. Aseguraba que su hermano estaba desarmado y que se lo podía arrestar sin violencia.
El misterioso homicida resultó ser un joven de veinte años de edad, con un aspecto muy distinto al del identikit. Su nombre: Ricardo Luis Melogno.
Durante el interrogatorio judicial, el muchacho admitió la autoría delas tres muertes y negó haber perpetrado los dos últimos ataques sin víctimas fatales. Los taxistas sobrevivientes no lo reconocieron.
Confesó también otro asesinoa en Lomas del Mirador, cerca de Mataderos pero cruzando la avenida General Paz, del lado de Provincia. Consultada la policía de Provincia, efectivamente informó de un taxista, de apellido T., hallado en idénticas condiciones que los muertos anteriores. O, mejor dicho, posteriores: este cuarto crimen resultó ser, cronológicamente, el primero.

Herodes, Damián González Bertolino

Damián González Bertolino
Herodes

Jorge Montiel es un millonario empresario argentino quien vive recluído en una finca en las afueras de Punta del Este. Vive tan sólo en compañía de Pía, su hija de diez años, lisiada de la cintura para abajo luego de un accidente en el que -se nos confirmará más adelante pero puede adivinarse desde el principio- perdiera la vida Mariana, su madre. Montiel no hace nada, aparentemente, y no tiene necesidad de hacer tampoco. Ha generado suficiente dinero y poder como para pasar varias vidas en la reflexiva inmovilidad en la que lo acompañaremos durante algo más de trescientas páginas. Porque la novela es ni más ni menos que eso: la construcción de Montiel, del alma de Montiel. Ladrillo por ladrillo, iremos descubriendo quién es Montiel, de donde viene, su relación con sus padres -comparte con su hija el haber perdido a su madre a temprana edad- su matrimonio anterior, su duelo constante que lo atormenta desde la muerte de Mariana, lo mucho que le dificulta generar vínculos con Pía o con cualquier otra persona, etc. Con una narrativa desordenadamente temporalmente -la mente de Montiel vaga para adelante y para atrás en el tiempo, despertada por activadores casuales de anécdotas- Damián González Bertolino (Punta del Este, 1980) se propone el difícil desafío de una novela que no es no sólo líneal, sino que no sigue las coordenadas tradicionales a la hora de contar una historia.

De hecho, no es exactamente eso lo que se propone. Por el contrario, no pasa nada en la novela que se adecúe a lo que tradicionalmente entendemos por “una historia”. Una vez presentada la situación de Montiel -ese rey tiránico que se sugiere desde el mismo título del libro- no hay realmente nada que cambie en su vida, o en sus relaciones. Incluso, al recorrer algunos tramos de su vida pre accidente -donde podríamos suponer todo cambió para mal y lo transformó en este ser introspectivo y meditabundo- encontramos que siempre fue así, que las raíces de su manera de ser corren más profundo -y desde hace más tiempo- de lo que uno quisiera creer.

¿Y quién es Jorge Montiel? Esa no es una pregunta fácil de responder y González Bertolino se propone que su novela esté a la altura de la respuesta. Así, cada descripción, cada accionar de Montiel, cada situación en la que se encuentre inmiscuido, será un exhaustivo viaje al interior del hombre, de sus sentires, de sus anhelos, de su personalidad. Las cosas más nimias -el viento en los eucaliptus del terreno, el crujido de los escalones de la escalera, extender un mantel en el césped- dispararán detalladas descripciones del ambiente y su interacción con el hombre. Por su parte, situaciones algo más importantes -la primera menstruación de la niña, un recorrido de Montiel niño acompañando a su padre en un juego de golf (una constante este deporte en la literatura de González Bertolino), la posibilidad de un intruso en la finca- se tornarán linderas al género de horror, disparando verdaderos climas agobiantes y opresivos.

Al igual que en la recientemente reseñada “Casa en ninguna parte” de Horacio Cavallo -con la que comparte algunos aspectos, entre ellos la marcada tendencia en la literatura uruguaya hacia la tragedia- González Bertolino se propone un giro dentro de su propia obra. Luego de la aclamada “El increíble Springer”, “El Fondo” o la policial “Los trabajos del amor” (que sigue siendo su mejor novela), ahora el autor fernandido apuesta por algo a las claras más difícil: una prosa grandilocuente (esto dicho sin ningún tono peyorativo) y detallada, una agobiante descripción de espacios, momentos y personajes (muy a la usanza del argentino Juan José Saer), una desafiante propuesta hacia el lector, a quién no le hace favores nunca sino que por el contrario le exige, pide que responda y esté a la altura. La construcción de un hombre. La construcción de Jorge Montiel. Una novela en la que no hay trama, en el concepto clásico que se entiende por trama. Lo que sí hay, fuera de cualquier duda, es un dominio extraordinario del lenguaje que hace de la lectura de esta novela toda una experiencia.

Primero oyó el golpe repetido sobre el vidrio hasta que los pequeños fragmentos se desperdigaron en el interior con un ruido preciso y breve. Luego sintió como le abrían los labios, forcejeaban entre sus dientes y entonces un líquido caliente pasaba por encima de su lengua y esta se despertaba lentamente, se arqueaba con torpezay empujaba el líquido a la garganta. En el recuerdo, la sensación de Montiel era que el líquido volvía a colocar en el mundo todo lo que tocaba. La garganta primero se contrajo y después expulsó aquello que la anegaba. El calor, o era algo que lo evocaba, se extendió por las comisuras de los labios y el medio del mentón. En la siguiente oportunidad, el líquido continuó su recorrido al interior de Montiel. Todavía en ese punto tuvo un principio de preocupación por Pía y Mariana, pero el sentimiento no llegaba a formarse. Montiel no sabía si él era la persona en particular que debía sobrellevar o desarrollar dicho sentimiento. Ni siquiera comprendía dónde debía hallarse su propio cuerpo. No podía abrir los ojos. Los párpados y las pestañas estaban pegados. Entonces dejaron de meterle el líquido y percibió durante un tiempo incalculable cómo un vago calor tomaba su rostro y el centro de su pecho. La impresión se iba y regresaba como si nunca hubiera alcanzado su inicio real.

La muerte de Pan, Alicia Escardó Végh

Alicia Escardó Végh
La muerte de Pan

El gran dios Pan ha muerto. Su tan repentino como sorpresivo fallecimiento pone al Olimpo de cabeza. Si acaso su muerte es angustiante, preocupante, aquello que haya podido causarla es sin dudas el mayor motivo de inquietud. Porque, se sabe, sólo un dios podría haber matado a otro.

Primero, ¿quién es Pan? Uno de los dioses “menores” de la mitología griega, en apariencia inofensivo cuidador de pastores y rebaños -y muy alejado a aquella terrorífica encarnación de dios pagano que reinventaba el gran Arthur Machen en “El gran Dios Pan”- al que, por principio, nadie querría ver muerto. Pero el aviso ha llegado y no aparece por ningún lado, de modo que Zeus pone en funcionamiento su particular mise en place, un Olimpo que se transforma en tribunal, con los doce principales dioses configurando a los atestiguantes (y, pronto, a los acusados), un jurado compuesto por faunos y ninfas (propicios ellos a Pan por las características del propio Dios) y una corte integrada tan sólo por dos mortales: Herodoto, el historiador más grande de toda Grecia, y Tiresias, su mayor profeta y adivino. Todos ellos, deberán descubrir qué se esconde tras la muerte de Pan.

Alicia Escardó Végh es tanto escritora como gestora cultural. Como lo primero, tiene una larga bibliografía dedicada a la literatura juvenil y, como lo segundo, es la principal factotum de la Semana Negra de Montevideo -el mayor evento sobre literatura y cultura policial en Uruguay- desde hace ya varios años. En cierta medida, “La muerte de Pan” combina ambas inquietudes, a la par de una muy saludable reinvención -y difusión, porqué no- de los Mitos Griegos. Me atrevería a decir que con “Las tres manzanas de oro” de Nathaniel Hawthorne como faro -donde ya el autor de “La letra escarlata” se proponía (y lograba) adaptar los antiguos relatos de dioses y diosas griegos a su actualidad- Escardó reconstruye para su conveniencia algunas de las leyendas más antiguas de la humanidad. Y la combinación del relato tradicional con el invento puntal -es decir, la leyenda tal y cómo la conocemos pero combinada con aspectos puntuales que se resignifican para la narración que aquí nos importa, esto es, la muerte de Pan y qué se esconde detrás- está especialmente bien lograda. No hay diferencia alguna entre las viejas tradiciones orales recogidas durante siglos -y que tantas reescrituras han tenido, desde la propia mitología, pasando por el teatro, el ya mencionado Hawthorne o la más cercana (en tiempo y geografía) formidable escritora argentina Liliana Cinetto- y el relato puntual que compone para su conveniencia (y nuestra) Escardó.

No en vano se suele considerar a Edipo Rey como la primera estructura policial de la historia y algo de aquella tragedia se respira en la situación que se va desarrollando en este Olimpo reconvertido en tribunal -la propia participación de Tiresias, quien revelaba a aquel Rey investigador como asesino, refuerza esta conexión- uno donde pronto se asume un particular clima de whodunit (tal y como se conoce a los “¿quién lo hizo?”, tradicional esquema de la literatura policial más clásica) a medida que los dioses van declarando, opinando y acusándose unos a los otros (porque las rencillas son antiguas y muchas). Y para cuando se revela el misterio, se lo hace con propiedad, aunque sí acaso Escardó prefiere abrazar una solución más filosófica que policial (imposible ponerse a explicar aquí en que se aleja “La muerte de Pan” de las reglas del género en cuanto a policial clásico sin develar parte importante de la resolución, por lo que evitaremos incurrir en el pecado mortal del spoiler) que tiene todo el sentido del mundo y sin dudas que sorprende, aunque no faltará quien la cuestione.

Como sea, “La muerte de Pan” es un valioso aporte y rescate de muchos de los mitos griegos, de sus personajes, de sus relatos clásicos, llevados a un esquema diferente y pasados por el tamiz de una prosa ágil y contundente. Para jóvenes, recomendable sin duda.

-Ya saben todos cuál es el tema de hoy. Lo anuncio con el mayor de los dolores. Nos ha llegado la noticia de que el dios Pan ha muerto.

Todos acusan recibo de esas palabras terribles. El rumor se había difundido por el palacio, pero todavía les resultaba difícil de asimilar. Los dioses del Olimpo son inmortales. Pan no quiso compartir con ellos la vida en el palacio, sino que eligió quedarse en Arcadia, pero era hermano adoptivo de Zeus. Disfrutaba del aire libre, y se dedicaba a cuidar manadas, rebaños y colmenas. Esta vida se adaptaba mejor a su condición, porque era tranquilo y perezoso, le gustaban las siestas y no toleraba que nadie le molestara. Si alguien lo hacía, le lanzaba un grito tan fuerte y sorpresivo que siempre asustaba al insensato que había interrumpido su descanso. Todos los que escuchaban aquel grito quedaban temblando en un ataque pánico.

Bogotá 39, Varios Autores

En el año 2007 Bogotá fue Capital Mundial del Libro y como parte de los festejos conmemorando la ocasión se convocó, seleccionó y editó el primer Bogotá 39, un compilado que servía de muestrario de lo que se estaba produciendo en cuanto a narrativa latina “joven” —las comillas vienen a cuento que en no todas las disciplinas uno sigue siendo joven hasta arañar los cuarenta años— y que presentó en aquella ocasión tempranos trabajos de escritores que luego resonaron fuerte en bateas de librerías, como ser Pedro Mairal (Argentina), Claudia Amengual (Uruguay), Pablo Casacuberta (Uruguay), Junot Díaz (República Dominicana) y Andrés Neuman (Argentina), entre muchos otros. El objetivo por aquel entonces de la convocatoria versaba sobre una “manera de empezar a quitar la larga sombra del llamado Boom literario de los años sesenta. La oportunidad de que a nivel mundial se empezara a hablar de las nuevas voces narrativas del continente, de mostrar la gran variedad de autores, procedencias, temas, filosofías de vida y escritura, estructuras narrativas, intereses literarios”; como rezó la presentación de aquel proyecto.

González Bertolino
Trujillo

A diez años de aquella primera selección vuelve a realizarse esta iniciativa del Hay Festival of Literature and The Arts, en su versión en español, para presentar una antología de similares características. Editada de manera simultánea en 14 países, Bogotá 39 llega a nuestro país de la mano de Casa editorial HUM / Estuario editora, en una decisión extremadamente coherente dado el atento apunte que lleva la misma editorial sobre la producción joven nacional (por ejemplo, los dos autores uruguayos seleccionados para la ocasión —Damián González Bertolino y Valentín Trujillo— ya habían sido publicados con anterioridad por la misma editorial).

Schweblin

La lectura del volumen revela una realidad objetiva: la selección es plenamente exitosa y no hay un solo autor de bajo nivel. Por supuesto, podrán gustar más o menos alguno de los textos incluídos —dependiendo siempre del gusto del lector— pero todos son aportes interesantes, relevantes y, a modo de descubrimiento, especialmente novedosos. Tenemos aquí producción de todo el continente —a cuento de división geográfica: uno de Cuba, uno de República Dominicana, dos de Brasil, seis de Colombia, dos de Ecuador, tres de Perú, seis de Argentina, uno de Bolivia, cuatro de Chile, uno de Costa Rica, dos de Uruguay, uno de Puerto Rico, siete de México, uno de Guatemala y uno de Venezuela; así como veintiseís hombres y trece mujeres— y, al menos en el caso de quien esto suscribe, prácticamente desconocidos con la excepción de los autores vernáculos y Samanta Schweblin (quien, con poca sorpresa, entrega uno de los mejores relatos del volumen). Es, por tanto, un gran libro para conocer escritores y agendarlos para lecturas futuras.

Bogotá 39

Hay un gran eje temático en casi todos los textos y es la literatura intimista, personal, probablemente autobiográfica. Pero esto no quita que Bogotá 39 incluya alguna que otra salida de libreto, con textos de género —ya sea ciencia ficción o fantasía de la más pura— que dan variedad al conjunto. Conjunto que, por momentos y dado el formato de selección del libro, a veces desconcierta: se incluyen cuentos autoconclusivos y, en casi igual número de casos, fragmentos de novela. La razón es obvia: no es una convocatoria de cuentistas latinoamericanos, sino de escritores latinoamericanos y no todos los escritores escriben relatos. Pero a pesar de comprender las razones, muchas veces —casi todas las que son fragmentos, con la notable excepción del aporte de González Bertolino que es un fragmento, sí, pero uno especialmente independiente y uno especialmente emotivo— uno queda como a medio paso, a mitad de una zancada, con más ganas de leer a ese autor, cierto, pero también con ganas de quedarse con un relato en sí mismo, uno que ayudara a colmar la lectura puntual que está haciendo en ese mismo momento.

Báez

Por supuesto, con los tiempos digitales que corren, es fácilmente imaginable que se puede agendar el nombre de la novela presentada a través del fragmento y luego tratar de conseguirla (otro tanto vale para los cuentistas que impactan, de entre los que me voy a permitir destacar a uno solo: al dominicano Frank Baéz) pero a los efectos de este libro puntual, haber buscado más concretividad en sus textos sería la diferencia que hace a una antología por encima de un catálogo.

 

Casa editorial HUM / Estuario editora, Montevideo, 2018
ISBN:

Las niñas de Santa Clara, Gabriel Sosa

Sosa
Sosa
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Gustavo Larrobla es periodista. Supo ser periodista de investigación, de los jugados, de los comprometidos, pero ahora paga las cuentas colaborando con “Posmo”, una revista de “tendencias” (sea lo que sea que signifique esto) capitalina que, de repente, pretende un viraje hacia un periodismo más serio, con la peregrina idea de atraer otro tipo de lectores al medio. Esto le significa a Larrobla la oportunidad de volver a sus viejas artes al momento de investigar una denuncia de abuso infantil en el pequeño pueblo de Santa Clara, en la frontera con Brasil. Santa Clara es apenas un puñado de casas que sobrevive por la instalación de free-shops que motivan escasas visitas del resto del país y es prácticamente -como comproborá el periodista poco después- tierra de nadie dónde el ya mencionado abuso infantil es apenas la punta de la madeja que descubrirá Larrobla. Así, Larrobla -primero a desgano, más convencido a medida que pasa el tiempo- irá descubriendo mucho de lo todo que pasa de malo en ese lugar.

Gabriel Sosa (Montevideo, 1966) es, al igual que su protagonista, periodista y eso le permite recrear con completa verosimilitud una investigación periodística -que además está basada en hechos reales, por lo que uno imagina sin demasiada dificultad a Larrobla como un alter ego del propio Sosa- y compone una novela que en materia de producción nacional puede estar hermanada con la saga que generara Pedro Peña con su periodista Agustín Flores para la colección Cosecha Roja. La diferencia de fondo, si se quiere, entre esta novela y las escritas por Peña, es la investigación y la manera en que sus personajes protagonistas la realizan. Si bien “Las niñas de Santa Clara” se inscribe en el género negro -desde el momento que está editada dentro de la colección temática argentina Negro Absoluto, prologada por uno de los mayores exponentes de este género en ese país como es Juan Sasturain- no se aparta Larrobla en ningún momento de su condición de periodista que reporta los hechos, y no interviene en ellos ni trata de modificarlos en manera alguna. Larrobla viaja hasta allí, constata los hechos, pregunta, consulta y trata de sacar la mejor nota posible (o, al menos, la que “Posmo” le permitirá publicar) pero los hechos -más allá de horrorizarlo o conmocionarlo- permanecerán fuera de su órbita. No es Larrobla un vengador o un justiciero. Es simplemente un periodista y a eso se mantiene Sosa completamente fiel.

Lo hace incluso desde la prosa que elige para narrar su novela. Alejada de cualquier vuelo poético, Sosa apela a una narrativa llana, sencilla y contundente. Reporta los hechos que le acontecen a Larrobla con la misma conciencia de oficio que suponemos tendrá el periodista a la hora de reportar lo que ocurre en ese pueblo de frontera. Los días de Larrobla en Santa Clara van pasando inexorables y Sosa los data como si se tratara de una bitácora más interesada en señalar cada uno de los hechos que ocurren más que de darles profundidad dramática o estilo narrativo. Parecería que confía -y hace bien- en el lector para que haga esto. Sosa, tal como Larrobla, sólo se limitará a narrar los hechos y a nosotros nos tocará darles su justa importancia.

“Las niñas de Santa Clara” es la tercera colaboración de Gabriel Sosa para la colección Negro Absoluto, pero la primera en solitario. Las dos anteriores fueron “El doble Berni” y “Los muertos de la arena”, ambas en colaboración con el afamado escritor rosarino Elvio Gandolfo. Antes de éstas, había publicado los libros de relatos “Orientales excéntricos” y el muy recomendable “Qué difícil es ser de izquierda en estos días”. Dada la costumbre de la colección Negro Absoluto de generar sagas con sus personajes protagonistas -tanto “El doble Berni” como “Los muertos de la arena” eran protagonizadas por Lucantis, una curiosa mezcla entre detective y encargado de una tienda new age-es de esperar el regreso de Gustavo Larrobla (y del propio Sosa) en una nueva aventura. Ojalá.

-Acá lo tenés al Tomate -dijo Saramago, deteniendo el coche frente a un local ubicado al fondo de una explanada vacía y de aspecto sucio. Detrás de sus cortinas metálicas herméticamente cerradas podía haber una carnicería, un taller de motos o cualquier otra cosa-. Es la whiskería más concurrida de acá, la de mejor nivel. Hay un par más, pero son más bien bolichones para paisanos veteranos que caen del campo a tomarse una y visitar alguna puta vieja. Por el Tomate en cambio pasa todo el mundo. Vos tendrías que entrevistar a la Reina Tomate. Se llama Walter, pero si le decís Reina queda contentísimo. Es el dueño, no hay nada que no sepa.

Calificación: bueno.
Negro Absoluto, Ediciones Aquilina SA, 2016
ISBN: 9-789872-679088

La uruguaya, Pedro Mairal

Mairal
Mairal
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Lucas Pereyra es un escritor argentino de cuarenta y pocos años. Ha publicado algunos libros, cuenta con algo de prestigio y acaba de firmar contrato para la publicación de dos libros nuevos en el exterior. Con la excusa de cobrar los adelantos de dichos contratos en mejores condiciones económicas -nos encontramos algunos años atrás, cuando cobrar en dólares en Argentina incluía hacerlo a un cambio oficial que devaloraba sustancialmente la moneda extranjera por sus restricciones cambiarias y no fueron pocos los hermanos del otro lado del Plata que cruzaron a hacerlo en mejores condiciones- Lucas cruza a Uruguay por el día. Pero en realidad cruza también por otro motivo: concretar una infidelidad que viene arrastrando desde algún tiempo atrás, cuando conociera a una joven en Valizas.

Así, a partir de esta premisa, Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) comienza su relato que habla de muchas cosas: la crisis de mediana edad por la que pasa el protagonista, los problemas naturales que tiene un escritor de poco o mediano éxito, el cansancio al que puede llegar una pareja luego de muchos años de relación, ese mismo cansancio construido desde la diferencia de ingresos, etc. Pero lo hace de una manera que incorpora un ritmo feroz -es un hecho que “La uruguaya”, aunque breve (168 páginas), además se lee rapidísimo- y un humor mordaz que hace blanco especialmente consigo mismo, en la carne y piel del personaje principal. Narrado en primera persona, la peor víctima del patetismo de todas y cada una de las situaciones en las que se ve envuelto Lucas, es Lucas mismo.

Para Lucas, Montevideo es como ese romance que no ha logrado todavía concretar: algo idílico y perfecto. Así como imagina -recrea a su propio criterio- a la muchacha, construye Montevideo a partir de los chats con ella, de la música que ella le pasa y las pocas visitas que hizo a la ciudad con anterioridad. Esto, para nosotros, lectores uruguayos, funciona casi que a modo de plus. Como cuando uno mira una película extranjera filmada en nuestra capital y se pasa tratando de reconocer escenarios y lugares, en “La uruguaya” uno reconstruye la ciudad a través de los ojos de Lucas (los ojos de Mairal) y la revisiona. Por supuesto, como todo, cuando es visto de más cerca está lejos de verse tan bien como cuando lo imaginábamos. Le pasa a la ciudad y le pasa también a aquel luminoso romance. Pero en el durante, la Montevideo -y el Uruguay- de Mairal se construye por referencias potentes y extremadamente uruguayas: Fernando Cabrera, el programa de Youtube Tiranos Temblad, Luis Suárez y, obviamente, la obligada mención a Onetti (aparece además un personaje mitad uruguayo-mitad argentino que a quien suscribe le recordó poderosamente a Elvio Gandolfo).

Lucas sale a la madrugada de su apartamento en Buenos Aires y regresa antes incluso de que pase un día. Pero ese viaje tan aparentemente breve, tan cercano, será un parte aguas. Un cambio diametral a quién era, cómo vivía e, inclusive, que esperaba de la vida. Pero a pesar de tratar temas así de intensos -y densos- Mairal imprime a todo el relato un feroz entretenimiento, una pasión por lo que cuenta, que hace de la lectura algo por demás disfrutable.

Mairal saltó a la escena cultural hace unos años con la publicación de su novela “Una noche con Sabrina Love” -que luego tuviera su reconocida adaptación protagonizada por Cecilia Roth- y se ha mantenido presente en años más recientes con trabajos como la reconocida “El año del desierto” y la hermosamente ilustrada por Jorge Gonzáles “El gran surubí”, entre una docena de obras. Es “La uruguaya” una gran manera de entrar a la obra de Mairal, por su caracter tan próximo como accesible, por su prosa vertiginosa y su trama tremendamente entretenida.

Esa guitarrista mínima me apuntaló el alma en todo este año que llevo viviendo solo. Lo que sabía de guitarra me permitió aprender rápido. Es un instrumento simple y puede ser complejo también. La guitarra siempre me quedó grande, me sonaban sucios los acordes, demasiadas cuerdas para tener en cuenta, demasiadas notas en ese puente. Para un autodidacta, para el que toca de oído como yo, el ukelele es ideal. Entendí que prefería tocar bien el ukelele que seguir tocando mal la guitarra, y eso fue como una nueva filosofía personal. Si no podés con la vida, probá con la vidita.

Calificación: bueno.
Emecé, 2016.
ISBN: 978-950-04-3820-9

Invención tardía, Horacio Cavallo

Cavallo
Cavallo
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Si hay un posible mascarón de proa de esa “generación” que algunos insisten en ver en la camada de escritores nacidos antes de 1980 y que han ido ganando espacios -tanto de publicación como de visibilidad- en los años recientes, este se trata sin dudas de Horacio Cavallo. Nacido en Montevideo, en 1977, Cavallo lleva poco más de diez años de publicación ininterrumpida alternando los libros de narrativa (tanto de cuentos como de novelas) con los de poesía, así como mantiene una sostenida publicación en materia de narrativa infantil-juvenil. Son de su autoría libros como “Oso de Trapo” (novela, Trilce, 2008), “Fabril” (novela, Trilce, 2009), “Descendencia” (poesía, Ediciones del Estómago Agujereado, 2012) y el imprescindible volumen de cuentos “El Silencio de los Pájaros” (Alter Ediciones, 2013). Avalado tanto por la crítica como por premios -ha sido merecedor del Anual de Literatura, el Municipal de la IMM y de los Fondos Concursables, por mencionar sólo algunos- Cavallo se posiciona sin discusión alguna como uno de los más importantes narradores y poetas de nuestro presente, un escritor de esos a los que conviene no perderle la pista puesto que no defrauda, sea en una novela, en un relato gráfico infantil o incluso en una presencia breve como parte de una antología variada en autores.

En la novela que aquí nos ocupa, desarrolla la historia de Agustín Salerno, un hombre de treinta y algo a quien le obsesiona la historia de su padre, Enrique, “uno de esos escritores para quien el Estado ha colocado una placa recordatoria en su lugar de nacimiento. Sin embargo, si saliera a la calle y les preguntara a quinientas personas al azar quién lo conoce, no más de uno se animaría a afirmarlo”. Enrique murió en un accidente de tránsito cuando Agustín tenía seis años y desde entonces -y en su vida adulta, con la aparición de Lorena, una estudiante obsesionada también con la figura de Enrique- ha tratado de reconstruir su figura, quién era, así fuera a partir de las pocas anécdotas que logra ir recogiendo y, mayoritariamente, desde su literatura.

Así, el hijo y la estudiante -que irán a su vez desarrollando su propia relación con sus particularidades- irán construyendo una suerte de “puzzle” (como lo describe Hugo Fontana desde la contratapa) que conformará un padre, un autor, un Enrique posible. Pero no es lo único que la novela irá construyendo: por su parte, por voz propia de Agustín, iremos sabiendo más y más de él, aprendiendo que se esconde detrás de su propia búsqueda. Porque no le faltan secretos al propio Agustín, quién se ha construido a sí mismo de la misma manera que ahora construye la figura de su padre: mediante retazos, decisiones a veces equivocadas y una gran cantidad de oscuridad.

Entre novela autoficcional y tenso ejercicio de terror psicológico, Cavallo aporta además una prosa impecablemente bien escrita. Una novela que a medida que avanza se complejiza y a la que son pocas las críticas que se le pueden hacer (acaso esa constante obsesión del autor -y de muchos otros autores nacionales- con la figura omnipresente de Onetti, algo que puede cansar a los menos pacientes). A su manera, entonces, Cavallo construye la historia de un viaje. Un viaje que los protagonistas hacen conformando la figura mítica de un padre, de un escritor idealizado al que irán construyendo mediante especulaciones, imaginación, posibilidades, prueba y error, pero también el viaje que el protagonista hace hacia su propia alma y lo que encuentra allí, entre los recovecos de la memoria.

Mi padre tenía cuarenta y cinco años y tres meses su última noche. De acuerdo a la reconstrucción, que incluyó diagramas en horas de desvelo, buscaba una dirección en las cercanías de Jacinto Vera. Le preguntó a una mujer que quemaba hojas secas junto al cordón de la vereda cuál de aquellas calles era Figurita. Lo he pensado tantas veces que la imagen de la mujer señalando el final de la vereda opuesta y la silueta de mi padre con los brazos a los lados han sido parte de mis sueños las pocas veces que consigo recordarlos. Poco o nada sé de esa mujer que volvió la atención a la hoguera mientras él intentaba sin suerte cruzar Garibaldi. La he imaginado blanca, incandescente, con el rostro hundido en el hombro de su marido que vino al primer grito, que oyó la frenada, el otro grito, y persiguió el pasillo de la casa de otras veces siguiendo el alocado ritmo de su respiración. Esa mujer sin rostro, ese hombre que ha doblegado el tiempo, no pudieron hablarme de mi padre. Nunca supe si él, arrodillado, mareado por la sangre de aquel rostro, oyó una palabra. Si mi padre alcanzó a articular alguna cosa suelta, una frase cualquiera, sobre la cual yo mismo hubiera dado vueltas estos años, como si todo fueran tres palabras, tres palabras posibles.

Calificación: bueno.
Estuario Editora, 2015
ISBN: 9-789974-720206

Las cosas que perdimos en el fuego, Mariana Enriquez

Enriquez
Enriquez
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Una antología de cuentos de horror suena a otro tiempo. A esas recopilaciones decimonónicas o de principios del siglo XX que reúnen los mejores cuentos de un Algernon Blackwood o un William Hope Hodgson, dónde se reúnen una docena de relatos pensados para asustar al más pintado. Da mucho gusto -especialmente si uno, como quien firma, ama el género- encontrar que no, no es privativo de otro siglo este tipo de libros y que es más, puede ser una antología por completo en sintonía con la literatura de este siglo XXI y al mismo tiempo, lograr esa sensación tan grata de sentir cómo se erizan los pelos en la base de la nuca y se nos obliga a movernos incómodos ante el remate de cada relato. Eso -y más- logra el estupendo nuevo libro de Mariana Enriquez “Las cosas que perdimos en el fuego”.

En doce relatos -que orbitan entre medianamente extensos y sorpresivamente breves- Enriquez construye un universo propio, una Buenos Aires tenebrosa y visitas específicas a regiones del interior de Argentina -El Chaco, La Rioja- donde nadie sale mejor librado. Con homenajes explicítos y no tanto -incluye un relato netamente lovecraftiano: “Bajo el agua negra”- y en sintonía con otros autores argentinos de su misma generación como son Leonardo Oyola (la representación villera, la parafernalia de la santería) o Matías Bragagnolo (los horrores de la deep web), Enríquez se va -y nos va- ensuciando las manos, hundiendo más y más en horrores que oscilan entre lo sobrenatural -hay una buena dosis de fantasmas o casas encantadas, una de ellas incluída en uno de los mejores relatos del conjunto: “La casa de Adela”- y lo cotidiano. De hecho, quien esto firma sintió mucho más escalofriantes (pero eso irá en cada uno, por supuesto) aquellos relatos dónde no hay nada fuera de esta mundo pero en los que, por lo contrario, alcanza y sobra para aterrorizar aquello que mora en este.

Es común señalar que toda antología tiene relatos mejores y peores, ya que es muy difícil que todos los que la integran mantengan el mismo nivel. En el caso que nos ocupa, es dudoso entender que haya algún relato “malo” -ya que directamente no los hay- pero si da la impresión que cuando Enríquez tiene más espacio para desarrollar -“El Chico Sucio”, “La Hostería”, “Los años intoxicados”, los ya mencionados “La casa de Adela” y “Bajo el agua negra”, “El patio del vecino”- mejor le va. De hecho, en comparación, los más breves se sienten algo abruptos, y quizá menos logrados. En este mismo tren de destacar, el notable “Tela de araña” se erige como uno de los mejores, así como por ser probablemente el único que incluye cierto remanso de humor (negro, pero humor al fin).

Con horrores de este siglo, con presencias que bien pueden estar simplemente a la vuelta de la esquina, con una intención que va más por inquietar antes de aterrorizar, Enríquez presenta en “Las cosas que perdimos en el fuego” una docena de relatos que dentro de su impronta completamente personal cabe entender como “de género”. Ese tan esquivado género- horror en este caso, pero no faltan los autores que vilipendian el policial o la ciencia ficción- que sin embargo sigue tan vigente como siempre. Una docena de relatos que una vez leídos logran que uno mire nervioso a su alrededor, que vaya al cuarto del nene a escucharlo respirar mientras duerme o hasta la puerta de calle a comprobar que ha cerrado todas las cerraduras.

También vive mucha gente en la calle. No tanta como en la plaza Congreso, a unos dos kilómetros de mi puerta; ahí hay un verdadero campamento, justo frente a los edificios legislativos, prolijamente ignorado pero al mismo tiempo tan visible que, cada noche, hay cuadrillas de voluntarios que le dan de comer a la gente, chequean la salud de los chicos, reparten frazadas en invierno y agua fresca en verano. En Constitución la gente de la calle está más abandonada, pocas veces llega ayuda. Frente a mi casa, en una esquina que alguna vez fue una despensa y ahora es un edificio tapiado para que nadie pueda ocuparlo, las puertas y ventanas bloqueadas con ladrillos, vive una mujer joven con su hijo. Está embarazada, de unos pocos meses, aunque nunca se sabe con las madres adictas del barrio, tan delgadas. El hijo debe tener unos cinco años, no va a la escuela y se pasa el día en el subterráneo, pidiendo dinero a cambio de estampitas de San Expedito. Lo sé porque una noche, cuando volvía a casa desde el centro, lo vi en el vagón. Tiene un método muy inquietante: después de ofrecerles la estampita a los pasajeros, los obliga a darle la mano, un apretón breve y mugriento. Los pasajeros contienen la pena y el asco: el chico está sucio y apesta, pero nunca vi a nadie lo suficientemente compasivo como para sacarlo del subte, llevárselo a su casa, darle un baño, llamar a asistentes sociales. La gente le da la mano y le compra la estampita. Él tiene el ceño siempre fruncido y, cuando habla, la voz cascada; suele estar resfriado y a veces fuma con otros chicos del subte o del barrio de Constitución.

(del cuento “El Chico Sucio”)

Calificación: muy buena
Editorial Anagrama (febrero 2016)
ISBN 978-84-339-9806-4

La casa, Paco Roca

Roca
Roca

Se puede decir sin temor a equivocarse que Paco Roca (Valencia, 1969) es actualmente el más importante autor de novela gráfica (o historietas, a secas) español. Ha construido esta posición en base a muchas obras (“El faro”, “El juego lúgubre”, “El invierno del dibujante” y muy especialmente “Arrugas”) pero también mediante la exposición de la traslación de su obra a otros medios, tal como fue el caso de “Arrugas”, transformada en película animada por Ignacio Ferradas en 2009 y como lo es ahora con la preproducción del filme “Memorias de un hombre en pijama” donde oficiará por primera vez como director de cine o con el anuncio de que su ambicioso libro “Los surcos del azar” -basada en la historia de La Nueve, la división del Ejército de la Francia Libre formada por españoles durante la Segunda Guerra Mundial- será el año próximo una miniserie de televisión en coproducción entre Francia y España. Pero por encima de todo, se puede asegurar que Roca tiene la importacia que tiene debido a que su nivel autoral es envidiable y sus obras no bajan nunca de muy buenas y no son pocos los casos en los que son excelentes. Tal es ahora el ejemplo que nos ocupa: “La casa”.

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En esta nueva novela gráfica, el fallecimiento del padre motiva a tres hermanos (con sus respectivas parejas o familias) a viajar a la casa que fuera de veraneo de la familia y en la que el padre pasó sus últimos días. La intención es arreglarla para poder venderla, pero a medida que avanza el tiempo que los hermanos -primero por separado y luego todos juntos- destinan al lugar, se van despertando anécdotas, recuerdos, momentos vividos en esa casa y momentos vividos junto a ese padre que se va resignificando en la narración con cada punto de vista que nosotros, los lectores, vamos viendo. Este universo cerrado e íntimo creado por Roca remite al suyo propio. Como lo explica el (estupendo) novelista Fernando Marías desde el epílogo: “… “La casa”, que es el libro que un chico quiso dibujar para su padre muerto, es también el libro que ha permitido a Paco Roca dibujar el Tiempo que se va, o que se fue, o que se irá.” es una reflexión del historietista a partir de su propia pérdida personal. No hay que bucear mucho para descubrir al propio autor -más si se ha leído la extremadamente autobiografíca “Memorias de un hombre en pijama”- bajo la identidad del personaje de José, un escritor, y seguramente sus propios hermanos sirvieron de base para los personajes que corresponden.

Pero esto es meramente anécdotico y, en definitiva, sin importancia. “La casa” es una novela gráfica que habla de los afectos, del paso del tiempo, de oportunidades perdidas pero también de la construcción de una familia como la de cualquiera, contada con un pulso y una sensibilidad que pocos artistas logran transmitir. Y Roca lo logra siempre y en esta ocasión, probablemente de una manera mucho más intensa que en otras ocasiones.

Unas últimas palabras para el dibujo. El arte de Roca siempre ha deslumbrado por lo trabajado, por lo definido de un estilo (inserto en lo que se conoce como “línea clara”, muy popular en Europa) que abreva directamente de grandes maestros como puede ser Hergé (autor de “Tintín”). En este trabajo, Roca simplemente la descose. Cada página, cada cuadro, cada personaje, es un placer a la vista. Cada paisaje, cada escenario, tiene la construcción prístina de un maestro. De un autor que ha encontrado dónde yace su talento máximo y lo entrega a nosotros, los afortunados lectores.

 [página 11]

 

 

Calificación: excelente
Astiberri, 2015
ISBN: 9-788416-251001

El auto, Carlos Rehermann

Rehermann
Rehermann
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Alejo Murillo viaja a Rivera a reclamar la magra herencia que le dejara su tío. Tal como se detalla en el primer capítulo de esta, la sexta novela de Carlos Rehermann -autor además de Los días de la luz deshilachada (1990), El robo del cero Wharton (1995), El canto del pato (2000), la aclamada Dodecamerón (2008) y 180 (2010)-, consta de “una radio marca National Panasonic estereofónica, grande. Una radio marca National Panasonic monoaural, portátil, chica. Una caja decuadros, todos con reproducciones de acuarelas de flores en jarrones. Una mesa de comedor, con cubierta de cristal, extensible, y seis sillas de madera con respaldo de esterilla y asientos de tapizado fris de plástico. Una cámara fotográfica marca Rollei, modelo Rolleicord, en su estuche de cuero, y varios rollos vírgenes marca Agfa, de formato seis por seis. Una cajita con dos fuentes plumas marca Sheaffer, una de ellas de mujer o de niño, de carey con punta de oro. Una maquina de escribir portátil marca Smith Corona en su estuche de madera. Un automóvil marca Volkswagen modelo 1962.”

Este último es el auto que da título a la novela -y lo único a lo que Murillo da real importancia de todo lo que hereda (mucha de esa herencia la vende prácticamente regalada)- y en lo que iniciará su viaje de regreso a Montevideo. La distancia entre Rivera y Montevideo es de 497 kilómetros y una estimación standard (tomada del sitio distanciasentre.com) del tiempo que toma recorrerlas es de seis horas y media. Pero Murillo no tiene apuro, el auto es viejo y hay varios puntos en el mapa cercano -Tranqueras, Tacuarembó, Paso de los Toros- que le son significativos tanto a su propia persona como a la historia de su familia, así que se propone recorrerlos. Y a medida que va viajando, el tiempo y la distancia se deforma, toma visos de novela fantástica, mientras Alejo recorre pueblos y ciudades casi que fantasmas, desiertas, se hospeda en hoteles y pensiones escapados de lo más sórdido del imaginario colectivo, come en lugares espantosos donde la grasa ha ennegrecido para siempre los cristales de las ventanas.

Y mientras vive estas variopintas peripecias -todas narradas con humor, un humor sutil, burlón, irónico- Alejo se va cruzando con personajes insólitos que, de a poco, lo van llevando a situaciones cada vez más curiosas. Porque Alejo no tiene prisa -o razón- real para volver a Montevideo demasiado rápido. Porque la ruta atrapa y tiene a Alejo atrapado. Porque es de naturaleza curiosa y se presta a las opciones que aparecen en su camino. Y porque estas mismas opciones se van volviendo más y más extrañas y atrayentes.

No viene al caso detallar más las aventuras que Alejo vivirá en su regreso a Montevideo, porque uno de los mayores placeres que depara “El auto” es el de la sorpresa, el de no poder adivinar que pondrá Rehermann en el camino de su personaje (casi que su alter ego). Justamente eso, la sorpresa, es uno de los grandes alicientes que tiene el subgénero “road movie” (que es, como su nombre lo indica, propio del cine. Ignoro cómo será su nomenclatura en literatura) el ignorar qué espera a cada kilómetro de ruta. Y ese elemento es manejado magistralmente por Rehermann, quien le va deparando a su personaje un tour-de-force que está hermanado con la novela fantástica y la de erotismo.

Entre las muchas situaciones que Rehermann va presentando al paso de Alejo y ante los ojos del lector me quedo con una (no mi favorita, pero esta revelaría de más la trama de la novela): el “Encuentro Gaucho Internacional” que cruza a su paso por Rivera. Las imágenes que crea allí el autor son de esas difíciles de olvidar.

-¿No siente el olor a bosta?- dijo Alejo.
-Los caballos de mierda de los gauchos. O sea: la mierda de los caballos. Espere a la tarde: cinco mil caballos cagando y meando en la avenida, y esta cuadra, que es la zona más baja, es una cloaca. Ah, pero yo cierro al mediodía y me voy a la mierda, caballos de mierda, gauchos putos- aclaró el hombre, ya olvidado de la presencia de su potencial cliente, ensimismado en su destino escatológico.

Calificación: bueno.
Literatura Random House, 2015.
ISBN: 978-9974-732-61-2